Putin: entre la cabeza y el corazón

Por Gonzalo Fiore

Putin: entre la cabeza y el corazón

¿Cómo piensa realmente Vladimir Putin? ¿Por qué algunos lo acusan de querer reeditar la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) al mismo tiempo de revindicar el legado de los zares? ¿Es de izquierda o de derecha? Son muchos los interrogantes que rodean la figura del presidente ruso, tal es así que desde los medios occidentales no se suele hacer una caracterización correcta de cómo piensa el ex agente de la tan temida KGB. En su discurso del pasado lunes, Putin dio debidas muestras de qué es lo que quiere para Rusia en el mediano y largo plazo. Pero también, cuáles son algunas de sus reivindicaciones políticas y rechazos históricos. Por un lado, se trata de un hombre que abraza el legado de la Unión Soviética, al mismo tiempo que rechaza abiertamente al comunismo. Putin afirmó allí que Ucrania es, básicamente, “una creación de los bolcheviques” ya que “nunca tuvo una tradición de Estado genuino” y de los dirigentes soviéticos que a lo largo del Siglo XX “cedieron a las presiones de los nacionalistas ucranianos”.

En ese discurso, el ruso recordó la desintegración de la Unión Soviética, donde el país, por aquel entonces, se dividió en 11 países. Para Putin, esto se trató de nada más y nada menos que de “una locura”, ya que Moscú “les dio el derecho de salir de la Unión sin términos ni condiciones”. Luego de esto, el presidente fue un paso más allá, definiendo a Ucrania no precisamente como un Estado independiente vecino sino más bien como una parte más de Rusia: «Permítanme enfatizar una vez más que Ucrania para nosotros no es solo un país vecino. Es una parte integral de nuestra propia historia, cultura, espacio espiritual».

Durante el discurso pudo verse, de manera bastante notable, la paradoja de revindicar el legado soviético mientras se lo critica en los términos más duros. Putin se refirió a que Ucrania fue una creación de Lenin, a quién definió como “autor y arquitecto” del Estado ucraniano. Para luego afirmar que desde Kiev se intentó eliminar el legado comunista: «¿Entonces quieres la descomunización? Eso nos conviene. Pero no nos detengamos a mitad de camino. Estamos preparados para mostrarte cómo es la verdadera descomunización».

La principal cuestión ahora será observar atentamente cómo responderá el resto del mundo al avance ruso sobre Ucrania. Washington alertaba desde hace meses respecto de una “inminente” invasión por parte de Moscú. Prometía respuestas “duras” y “severas”, pero, por ahora, nada de eso ha ocurrido, limitándose, apenas, a sanciones económicas. De la misma manera ha sucedido en lo que respecta a los dirigentes de la Unión Europea. Si bien, algunos han sido más confrontativos, como es el caso de Boris Johnson, las respuestas han sido, en general, tibias en cuanto a las medidas tomadas. Para Biden, lo que está sucediendo se trata de una verdadera pesadilla debido a que Estados Unidos se encuentra en una posición débil en la escena internacional, especialmente tras la debacle de Afganistán. China, por su parte, tiene argumentos para reconocer la pertenencia de Donetsk y Lugansk amparado en su propia política de una sola China, aunque podría tenerlo más complicado a la hora de la independencia de estas repúblicas, debido a la situación con Taiwán.

Lo que los diplomáticos del Kremlin afirman sin titubear es que, durante la desintegración de Yugoslavia y la posterior formación de repúblicas independientes, a principios de los años noventa, los países europeos se apuraron a reconocerlas a todas y cada una de ellas casi inmediatamente. Sin embargo, hoy no hacen lo mismo con lo que Rusia considera son repúblicas independientes en el este de Ucrania. Inmediatamente después de su incendiario discurso, Putin reconoció la independencia de las autoproclamadas repúblicas de Lugansk y Donetsk, en el Donbás, al este de Ucrania. Con pocos días de diferencia, en abril de 2014, rebeldes prorrusos, proclamaron ambas repúblicas. Para Kiev, desde entonces son territorios “ocupados” por Moscú. Apenas tres días después, con otro discurso grabado, anunció lo que gran parte del planeta temía: una invasión a gran escala sobre su vecino. De alguna forma, ya había dejado la puerta abierta al negar el estatus de Ucrania como Estado soberano. Lo cierto es que el vecino de Rusia hoy es mucho más que un país cuya territorialidad se ve amenazada. Es, sobretodo, una pieza clave de la pulseada que Putin está librando con Occidente.

Para el líder del Kremlin y su círculo más cercano, al igual que para millones de rusos, la desintegración de la Unión Soviética fue la “mayor tragedia geopolítica del siglo XX”, como dijo alguna vez. Vladimir Putin tiene, hace mucho, la idea de reeditar la “gran Rusia”, una especie de nueva Unión Soviética solo que sin el comunismo, aunque con un Estado fuerte encarnado en su figura. El paradigma de la seguridad internacional, sin dudas, está cambiando. Putin quiere contribuir a cambiarlo en su favor, y en el de los rusos. Cansado de que su país no ostente el rol que, está seguro, le pertenece en la comunidad internacional desde la caída de la URSS, está dispuesto a lo que sea por comenzar a recuperarlo. La invasión rusa sobre Ucrania puede considerarse como el primer paso en ese sentido. Putin supo decir, hace ya tiempo, que “quien quiere de vuelta la Unión Soviética no tiene cerebro” pero que “quien no la quiera de vuelta no tiene corazón”. Esa es la actual disyuntiva del ruso.

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