Vivir juntos, pero no revueltos: lo que el cohousing intergeneracional le hace al cerebro

El modelo de vivienda compartida entre distintas generaciones plantea una alternativa a la soledad y al aislamiento, con espacios pensados para fortalecer los vínculos y la vida en comunidad.

Compartir espacios también transforma la manera de envejecer.

Compartir espacios también transforma la manera de envejecer.

Por Vanina Salinas. Especial para El Club de la Porota

Cuando imaginamos dónde vamos a vivir de grandes, casi nadie se imagina rodeado de niños corriendo, jóvenes que vuelven tarde, familias con horarios imposibles. La vejez, en el imaginario colectivo, es sinónimo de quietud. De pares. De separación. Ganamos décadas de vida y las estamos viviendo solos, no siempre por elección, sino porque los espacios que habitamos fueron diseñados para eso: cada generación en su lugar, cada etapa con su propio territorio. En 2014, cinco mujeres de entre 39 y 64 años en Asturias se animaron a hacerse una pregunta que muy poca gente expresa en voz alta: ¿cómo quiero vivir cuando envejezca? Con nombres, vecinos, espacios compartidos y decisiones colectivas. Lo que construyeron a partir de ahí dice mucho sobre lo que el diseño todavía no terminó de entender sobre la vida.

El cohousing intergeneracional es un modelo donde distintas generaciones comparten espacio de manera deliberada: viviendas privadas completas con espacios comunes significativos — cocina, huerta, sala de reunión, talleres — gestionados colectivamente por quienes los habitan. La mezcla de edades es una decisión de diseño, no un resultado espontáneo de quién pudo comprar o alquilar. Esa distinción tiene consecuencias concretas en cómo se diseña, cómo se distribuye y qué tipo de vida hace posible.

Axuntase, ese proyecto asturiano, es uno de varios casos que muestran un patrón consistente. Las comunidades intergeneracionales que llevan décadas funcionando en los Países Bajos, Dinamarca y Alemania confirman lo mismo: cuando el espacio facilita el encuentro entre generaciones, todos salen beneficiados, y de maneras que la investigación puede medir.

Las personas mayores que habitan entornos con redes sociales activas muestran menor declive cognitivo con el tiempo y mayor sentido de propósito dentro de la comunidad. Las familias jóvenes acceden a redes de cuidado informal que alivian una de las tensiones más extenuantes de la vida contemporánea: criar, trabajar y sostener vínculos sin red. Y los niños que crecen en entornos intergeneracionales tienen modelos de referencia que el diseño urbano convencional fue borrando cuando empezamos a separar todo — los mayores allá, los jóvenes acá, los niños en otro lado. Lo que le pasa al cuerpo y al cerebro cuando esa separación se revierte es exactamente lo que estudia la neuroarquitectura: qué condiciones espaciales necesita el vínculo social para suceder.

El vínculo no nace solo de poner gente junta. Los espacios de paso compartidos aumentan la frecuencia de lo que los investigadores llaman interacción débil — esos cruces cotidianos de baja intensidad que, acumulados, producen cohesión y bienestar subjetivo. Los espacios verdes y de huerta activan mecanismos de restauración atencional. La gestión colectiva del espacio — decidir juntos cómo se usa la cocina, qué se planta en la huerta, qué se hace con el patio — le devuelve a quien habita la sensación de que sus decisiones tienen efecto en el entorno. Y eso, sostenido en el tiempo, regula el estrés de maneras que el sistema nervioso registra. Todo esto ocurre cuando hay decisiones de diseño consciente detrás.

El sociólogo Ray Oldenburg llamó terceros lugares a los espacios que no son la casa ni el trabajo — la plaza, el café, el mercado — donde la vida social se teje sin agenda. En un cohousing intergeneracional que toma en serio el encuentro, esos terceros lugares están adentro del propio edificio. La cocina compartida, la huerta, el pasillo ancho donde alguien siempre está pasando son el programa central. El edificio deja de organizar unidades privadas y empieza a organizar vida compartida.

Vivimos más años que cualquier generación anterior. La longevidad que ganamos como especie no vino acompañada de un rediseño de los espacios donde esa longevidad transcurre. Seguimos proyectando como si la vida tuviera dos actos bien separados — la juventud activa y la vejez retirada — cuando la realidad es más larga, más porosa y más interesante que eso. 

El cohousing intergeneracional toma en serio lo que el cuerpo y el cerebro necesitan para funcionar bien a lo largo de toda la vida, y construye a partir de ahí. Son todavía pocos los proyectos que lo hacen. Los que existen muestran que la pregunta de cómo queremos envejecer tiene respuestas concretas, y que esas respuestas se pueden diseñar.

Vanina Salinas es arquitecta y urbanista, especialista en neuroarquitectura y fundadora de CON-NEUROARQ®.
Investiga y enseña sobre neurociencia y psicología aplicadas al diseño en América Latina y Europa.

Literatura, narración y poesías para todas las edades

Jueves 2 de julio | Kumelen 360° | Una Escuela para Todas las Edades. 16:00 a 18:00 hs|Parque de la Biodiversidad de Córdoba. Literatura, narración y poesías para todas las edades, junto a Karina Suárez y María Luz Maiztegui.

Una invitación a encontrarnos, escuchar historias, compartir lecturas, cantar, conversar y seguir construyendo comunidad entre personas de distintas edades. Actividad organizada por El Club de la Porota y Kumelen Escuela. Requiere inscripción. Pedinos el formulario o pasanos tus datos para inscribirte al celular de El Club de la Porota +54 9 3513 26-0243.

El Club de la Porota llegó a TikTok

Abrimos nuestra cuenta en la red social TikTok con un objetivo claro: seguir demostrando que no existen edades para aprender, crear, divertirse o habitar nuevos espacios. La iniciativa forma parte del trabajo que impulsamos con la comunidad para promover nuevas miradas sobre la vejez, la longevidad y seguir hackeando el viejismo, también en las redes sociales ¡Seguinos en @elclubdelaporota!

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