Tres tenores

Por Leandro Calle

Tres tenores

El título que usted acaba de leer seguro lo llevó, directamente, a pensar en aquellos grandes recitales que dieron la vuelta al mundo y tuvieron su inicio en el concierto de las Termas de Caracalla, en Roma, en 1990. ¿Recuerda? Luciano Pavarotti, Plácido Domingo y José Carreras, bajo la batuta del maestro indio Zubin Mehta. Pero no, hoy no me refiero a ellos. Hoy vayamos un poco más atrás, porque en este 2021 se celebra el aniversario de los 100 años del nacimiento de Giuseppe Di Stefano; Franco Corelli y Mario Lanza. Tres tenores que dejaron una huella imborrable en el campo de la ópera.

Comencemos con Lanza, ya que nos vincula con otro aniversario. Mario Lanza terminó siendo conocido en la década del 50, más por haber encarnado el papel de Enrico Caruso en el film de Richard Thorpe, que por su trayectoria en el mundo operístico.

Justamente el mismo año que Mario Lanza nacía en Filadelfia, fallecía en Nápoles el gran Enrico Caruso del que se celebran cien años del fallecimiento. Podríamos decir para nuestra nota, el cuarto tenor. Ambos murieron jóvenes.

Mi primera reacción hacia la ópera fue de rechazo. ¿Quiénes son ésos que gritan? Joven e inexperto, también ignorante, caí por suerte en manos de un sujeto que aceptó el desafío de desasnar” un poco a quien venía de múltiples recitales de Rock Nacional en el estadio de Obras Sanitarias, allá por los 80.

Tito, que así se llama, me introdujo al mundo de la ópera en un viaje de ida y vuelta en auto entre Buenos Aires y la ciudad de Santa Fe. En ambos casos eligió el repertorio verdiano: a la ida fue La Traviata; y a la vuelta, Rigoletto. Yo quedé impresionado por Rigoletto. Tenía 19 años. Tito iba explicando, sin agregar mucha cosa: esto es un concertante”; acá entra el coro; escuchá este clima de fiesta; o sentí el área de la soprano en Gualtier Malde”. (Claro, el aria estaba interpretada nada más y nada menos que por María Callas).

La ópera venía en una hermosa caja cuadrada, creo se llamaba Alla Scalla de Milan”. Uno de los tríos más recordados de la historia de la lírica es este, de Callas como soprano, Tito Gobbi como barítono (un inolvidable Rigoletto), y -aquí entra nuestro segundo tenor en cuestión- el magistral siciliano que naciera hace 100 años: Giusepp Di Stefano.

Rigoletto es mi ópera preferida. Claro: detrás del libreto está Víctor Hugo. Pero más allá del argumento, la unidad que logra Verdi entre el dramatismo de la música y el dramatismo de la letra, conjuntamente con la voz de una Callas o un Di Stefano, tuvo un efecto estético en mí, inolvidable. Ver la llanura santafesina, la ruta más o menos cargada, y las áreas de Rigoletto resonando ante la permanencia indolente de unas vacas que mastican su pasto de olvido, me siguen todavía acompañando.

Me gustaba mucho el papel de Rigoletto que, a mi humilde juicio, Gobbi interpretaba bien, pero no en los niveles magistrales de Callas o Di Stefano. Más tarde encontré la versión de Sherrill Milnes, interpretando al célebre bufón con una fuerza arrolladora. También me picó el bichito de la comparación, y Di Stefano empezó a compararse con las versiones del canario Alfredo Kraus, el tenor con más técnica del siglo XX, según dicen los que saben.

Di Stefano, el timbre de su voz, es perfecto para el repertorio verdiano. Claro que uno lo escucha en esos registros ya muy viejos, o en los vinilos, con interferencias de sonidos de púas y parlantes…

Nada hay como escuchar ópera en la misma ópera. Alguna vez tuve la suerte de ver un Werther” cantado por ese mismo Alfredo Kraus, el perfeccionista de la técnica.

Pasemos al tercer tenor en cuestión. Cumpliría 100 años Franco Corelli. Tenor spinto”, es decir: potencia, ímpetu y avasallamiento de la voz. Fuerza arrasadora.

Hoy, con la tecnología que tenemos al alcance, podemos disfrutar de varias áreas de Corelli. Hay una, muy particular, que pertenece al repertorio verdiano: Di quella pira”, de la ópera Il Trovatore. El final de esa aria repite un verso: All’armi”. Lo repite junto al coro, varias veces, y el último All’armi”, en su más agudo tono, corta el tenor en la r” y vuelve a retomar la nota. Ese corte, hiato (no sé cómo se dirá técnicamente hablando en el ambiente musical), es de una dificultad terrible, y no todos los tenores lo pueden realizar. Es casi imperceptible. Al parecer ese tono final (entiendo que se trata de un do sobreagudo) no está en Verdi.

Pero bien podemos dejar eso para los historiadores y músicos; lo cierto es que esa Cabaletta” es un gran desafío en los tenores de todos los tiempos: hay interpretaciones magníficas de Mario del Mónaco y de Carlo Bergonzi. Me quedo, de todos modos, con la fuerza interpretativa de Corelli.

Se puede también verificar, en una versión de Riccardo Muti, en la Scala, con un tenor que desgraciadamente falleció muy joven, Salvatore Licitra, cómo los sobreagudos tan esperados por el público no existen, y se respeta el aria original. Sin embargo, el sobreagudo del tenor es la hazaña más celebrada por el público. Corelli, dejó varios registros de su heroica y magnífica interpretación.

Si bien muchos pretenden que la ópera sea un terreno de exquisitos, la cuestión no tiene por qué ser necesariamente así.

Hubo tiempos de ópera en Córdoba. Más allá de la pandemia, ¿volverán aquellos tiempos?

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