La ola

Por Nelson Specchia

La ola

(…) … por todo ello, señor Ministro, acudo a Usted, porque mis colegas académicos han decidido darme la espalda, y porque estoy moralmente obligado a guardar el secreto para no desencadenar una alarma que, bien lo sé, generaría un pánico del que no puedo responsabilizarme. Descargo, entonces, en Usted la oportunidad de la acción, porque el peligro del que le advierto cambiará la entera faz de la Tierra, pero hay, aún, el tiempo suficiente como para prever acciones desde el gobierno y las administraciones, con discreción para no desencadenar la histeria desesperada, que puedan minimizar un tanto los daños. Aunque éstos sean, como lo serán, incalculables e incomparables a nada sufrido antes en la historia de la humanidad. Mis otrora amigos de la Honorable Sociedad Mineralógica, como también aquellos del alguna vez afamado Club Vulcanófilo, han decidido hacer oídos sordos a las conclusiones de mis investigaciones; cuánto duele comprobar que aquellos que, por espíritu y capacidades deberían ser las mentes más abiertas a las posibilidades más inauditas –incluyendo entre ellas aquellas fuerzas que la naturaleza libera sin freno material alguno–, se rebelan silenciosamente contra su vocación y su sino, aferrándose a las seguridades de sus verdades probadas y repetidas una y otra vez hasta que forman un ritual, una cadencia jaculatoria, un muro inmutable sobre el cual reposar tranquilos. De las dos docenas de doctores de la Sociedad Mineralógica, que de honorable le va quedando poco, no pude encontrar uno solo que estuviera dispuesto a poner entre paréntesis su manual de afirmaciones y derivadas; antes bien, me han hecho a un lado con la mirada de desprecio reservada a los dementes, antes de volver a sus círculos de puros habanos, vasos de mistela y esos dulcesitos de la Sierra con que amenizan sus reuniones académicas. De mi otro cenáculo de referencia científica, el Club Vulcanófilo, donde se mezclan entre los académicos en física, en química y en las tecnologías aplicadas también los vocacionales eruditos, los autodidactas, los astrónomos, los cazadores de tornados y tormentas, y hasta un cierto números de simples cultores del ocio de la curiosidad, tampoco pude sembrar ni siquiera la sombra de una duda: sus miradas, todas, se dirigen hacia tierra adentro, tanto en el sentido de las coordenadas de latitud y de longitud, como en el sentido de profundidad. Hay grupos dedicados al estudio de las rocas ígneas del Tutupaca de Tacna; hay seminarios enteros centrados en la actividad térmica del Ubinas; y la crème–de–la–crème del Club se limita a escribir una y otra vez sobre el Cinturón de Fuego del Pacífico y de sus tres estrellas arequipeñas, el Misti, el Sabancaya y el Coropuna. He intentado, señor Ministro, mover aunque sea levemente la mirada de estos supuestos sabios, les he dicho en todas las maneras en que me fue posible que sus tres montañitas tan protagónicas tienen más de doscientos millones de años, y han estado expulsando esas pequeñas dosis de piro lastos, que tanto los entusiasman, desde que hay memoria y registros, o sea, al menos desde hace quinientos años; que nada más puede esperarse de ellos; que dejen de escribir una y otra vez las mismas observaciones y las mismas monografías sobre esas pocas cenizas que una o dos veces por década enturbian los vientos de la Sierra; que –y esto lo he gritado a voz de cuello– el Cinturón de Fuego del Pacífico es eso: del Pacífico, que dejaran de mirar tierra adentro y giraran su mirada hacia el mar, hacia el agua, hacia el agua…

Pero todas mis advertencias han sido en vano, señor Ministro: he sido expulsado del Club, y antes ya la Mineralógica me había sacado la bolilla negra: nadie quiere escucharme. Nadie quiere abandonar sus seguras cátedras y manuales. Nadie quiere dejar ni por un momento esa relación simbiótica que el amante del saber genera con el objeto de sus desvelos. Y sin embargo esa miopía, esa cerrazón, los va a perder, porque ahí seguirán, mirando hacia la Sierra y hacia la tierra cuando desde el agua llegue el agua.

En fin, señor Ministro, yo nunca he creído demasiado en los sistemas políticos ni en las administraciones públicas, eso también lo sabe Usted: me he desentendido de ello tanto como he podido. Porque siempre he sentido que en los despachos del poder anida la estulticia y todo el abanico de corruptelas imaginadas por unos pocos para lucrarse de la buena fe de las mayorías. Le recuerdo mi ideología para que pueda Usted estimar la desesperación que me lleva, pensando como pienso, a estacionar mi natural ácrata, inclinar la frente, y apelar a su intervención mediadora. Pero es que nos va nuestra vida en ello, no la individual, biológica y limitada, sino la social y cultural de nuestro pueblo, eso que, con pompa o con humildad, reconocemos como civilización. Acompaño a ésta el sucinto informe que le he preparado, con la descripción de mis principales experimentos, las observaciones en las islas, y el –lamentablemente terrible– conjunto de mis principales conclusiones. Son apenas un centenar de páginas mecanografiadas; he intentado ser tan concreto como sintético, ya que la información que he logrado recabar en el archipiélago de las Galápagos, primero; en la isla de Juan Fernández, luego; y por último en la península de Baja California, es de una densidad y de una cantidad abrumadora. Pero todos los datos van en la misma y fatídica dirección. El informe que le hago llegar lo he tipeado yo, personalmente, en esta misma máquina Underwood que me ha acompañado, en su caja de madera negra, por los trópicos y los mares, y que utilizo ahora para escribirle esta misiva. Y he redactado un único ejemplar, sin copia carbónica, que queda en sus manos en mi partida.

Somos criaturas a merced de los elementos (¡oh!, cuanto probaremos este aserto en los tiempos que vienen), pero también debemos responder al rol que la comunidad en la que nacimos nos asigna: en Europa la guerra terminará por desencadenarse en cualquier momento, y he sido llamado a filas. A pesar de que mi ánimo libertario me lleve a aborrecer de todo gobierno, debo ponerme a disposición del que hoy conduce a mi patria; he de dejar, entonces, las amables y generosas extensiones de este trópico americano. En estas dos décadas que llevo caminando sus costas, subiendo a sus montañas y auscultando las calientes arterias de sus volcanes, he llegado a quererlo tanto como a las frías oquedades de Bohemia. Dicen que el Kaiser quiere una guerra corta, que sólo se trataría de poner coto a las desmesuras nacionalistas de los eslavos de los Balcanes, y en algunas semanas, meses a lo sumo, todo habrá terminado. Quizás así sea; si acaso, podré volver a subirme a un vapor que me devuelva al Callao. Pero una guerra es, por definición, imprevisible, y si no vuelvo, dejo en sus manos todo lo que he descubierto: junto a esta nota va mi informe, y en los anaqueles atiborrados de estas habitaciones limeñas que han sido mi hogar durante dos décadas, las docenas de cartapacios con mis apuntes, anotaciones, gráficos, mediciones, coordenadas… Dejo todo, con la esperanza de que tenga Usted la sabiduría y el valor de bien usarlo.

Como verá, he distribuido mi resumen en tres partes. Le describo, a una manera de índice, o de ordenación taxonómica, lo que encontrará en ellas. Comencé mis indagaciones en Galápagos enfocado en los minerales erupcionados de sus tres tipos de volcanes, tanto los de escudo como los de caldera y los de cono monogenético. Había desarrollado mi tesis en Innsbruck sobre los basaltos raros, y la moderada erupción del Darwin por aquellos años me dio la excusa perfecta para llegar hasta las islas; una oportuna invitación del Club Vulcafónilo (sí, ese mismo Club que ahora me da la espalda) para que diera una disertación sobre mi tesis terminó por completar la agenda, y me embarqué en Róterdam con destino al Callao.

Han pasado, desde entonces, dieciocho años. Y no volví a las aulas de Bohemia por una única razón, que tiene usted desarrollada allí, en esa centena de páginas. En aquel primer viaje, luego de haber recogido varias piezas de basaltos raros de las paredes del Darwin, escuché, casi al pasar, que nuestro guía –un experimentado baqueano del Ecuador– comentaba ciertos disturbios térmicos advertidos en el cercano volcán Alcedo, también en la isla de la Isabela. Pedí que me llevasen a verlo desde cerca.

La ascensión al Alcedo es relativamente liviana, sus laderas son de pendiente suave, así que cubrimos los mil metros de su altura en un par de jornadas. Cuando llegamos al borde de la caldera pude, efectivamente, comprobar una actividad térmica en exceso inestable en el flanco Sur–Este. Pero no era ese, sin embargo, el dato que iba a transformar de raíz todas mis investigaciones desde ese primer momento en los suelos americanos, sino otro, más preocupante, que parecía haber estado aguardando mi llegada para revelárseme: era evidente que el piso de la caldera era reciente. El volcán se estaba elevando.

Fijé, en aquel primer viaje a la bellísima Isabela, una serie de mojones de colores, marcas, indicaciones, zonificaciones relacionales y demás estrategias para establecer la altura de los pisos basálticos de la caldera; me traje, además, otro conjunto de muestras. Y contra lo que había planeado para mi paso por estos trópicos, dejé de lado mi billete de vuelta, alquilé estas dos habitaciones limeñas que hasta hoy me han acogido y que recién ahora me preparo a abandonar. Aquí desarrollé, con el trabajo de casi diez años y con una multiplicidad de aciertos y errores cuyos detalles le evitaré, la construcción de este aparato, que he denominado inferómetro mercurial, y con cuya asistencia pude probar, finalmente, aquella intuición que tuve desde el primer momento que subí a las fauces abiertas del Alcedo: estos volcanes crecen, se expanden, se elevan desde el nivel del mar, desplazan masa líquida.

Cuando –hace de esto apenas un lustro– conseguí que mis colegas de Innsbruck lograran construirme una columna mercurial de cuarenta y siete centímetros, la precisión de mi inferómetro aumentó exponencialmente, y entonces pude medir, con él, la velocidad de esta emergencia de superficies basálticas autogeneradas. Espero, señor Ministro, que su imaginación alcance a dimensionar, así sea en un sueño en vigilia, la bomba mineral que se está incubando en el Oriente sudamericano, y que las alarmas del terror que seguramente salten en su conciencia, como saltaron en la mía al proyectar los cálculos de esa emergencia caliente desde los lechos abisales del fondo del mar, no lleguen a inmovilizarlo.

Debe permanecer alerta y con la guardia alta, porque sigo: la comprobación inferométrica de las montañas de las Galápagos creciendo a un ritmo asombroso y en una curva cuántica me llevaron a sospechar que ese fenómeno monstruoso no podía estar limitado a las bellas islas de la Fernandina y la Isabela, y a ese conjunto relativamente pequeño de volcanes: el Darwin, el Alcedo, el Wolf, el Cerro Azul y el Sierra Negra. Y como comprobará en el segundo cuerpo de mi informe, fue precisamente analizando el interior del cráter de este último pulmón del demonio, el Sierra Negra, cuando descubrí un patrón.

El escudo elíptico de la garganta del Sierra Negra, en el Sur de la Isabela, tiene una caldera muy profunda; en el fondo de ella crece una cresta sinusoidal, que se eleva por más de cien metros hacia el cielo (y creciendo permanentemente, como pude establecer con mi inferómetro). Esta cresta, que exuda una fumarola caliente, está partida por miles de fisuras, algunas circunferenciales y otras rectas, que se generan, según mi hipótesis, por la velocidad de crecimiento de la roca basáltica desde el profundo lecho marino. Dejé de lado las fisuras en forma de circunferencia, pero tracé un mapa de las direcciones que asumen los surcos rectos de la roca al partirse. Como ya lo habrá advertido Usted, todas las fisuras rectas del Sierra Negra tienen dos orientaciones exclusivas: o son Nor–Noroeste, o son Sur–Suroeste, con ángulos prácticamente idénticos. Fui comprobando una a una todas las laderas y los bordes de las calderas, y no encontré una fisura recta que distorsionara la orientación de las demás. Con una brújula, el sextante de la Sociedad Mineralógica, y el preciso reloj Airman que Joseph Thaddäus Winnerl armó para mi padre, pude proyectar las líneas meridianas que, como indicaciones luminosas pero secretas, señalan las fisuras en la roca volcánica de las Galápagos. Y Usted ya lo sabe: en el extremo Suroeste de esa línea imaginaria el trazo se topa con el solitario archipiélago de Juan Fernández, a unos setecientos kilómetros de la costa chilena, mientras que el trazo imaginario hacia Septentrión se hunde en la uña mexicana de la península de Baja California.

Hacía ellos navegué. Y los datos recogidos en mis navegaciones, así como las mediciones térmicas, físicas e inferométricas que tomé en los puertos de las cabeceras de línea de mi carta naval están resumidas en el informe: las de Juan Fernández en la segunda parte, las de Baja California en la tercera. En ellas, sin embargo, no encontrará un solo dato que se separe de lo revelado por las gargantas basálticas de Galápagos: la tierra crece y se expande velozmente, las anomalías térmicas revelan un aumento exponencial de temperatura en los flujos de lava, en las columnas de humo, y en los escapes de gases por las fisuras.

Las páginas finales, apretadas y dolidas, contienen mi advertencia. Esa misma que mis antiguos colegas de las sociedades científicas y de los clubes tecnológicos se han negado a admitir, a considerar como mera posibilidad estadística, a escuchar siquiera. Estamos, señor Ministro, a las puertas de una nueva era tectónica.

La fractura denominada Falla de San Francisco no es, como se cree, una línea de contacto entre placas geológicas coexistentes y sin adherencia física. No: la “falla” es una larga y angosta zanja abisal de diez mil kilómetros lineales, que secciona en dos partes a la mar que mal llamamos “Pacífico”, siendo, como es, la más violenta e inclemente de todas las masas líquidas de la Tierra. Esa enorme cuneta de abismos, ese quiebre, esa fractura cubierta de agua salada, que para no confundirla con otros accidentes orográficos conocidos, pero también por necesidad cultural de nominar (mi padre, que creía en el dios de Cristo, habría agregado: “y por mandato bíblico”) he llamado KRAKEN, está emergiendo.

El Kraken –me disculparán los antiguos escandinavos, pero aquel animal terrible de sus pesadillas ilustra muy ajustadamente lo que veremos surgir desde las honduras marinas– emergerá como una potente cordillera, un macizo que correrá casi en paralelo a la cadena de los Andes, desde los hielos polares hasta las latitudes del Trópico de Cáncer, allá, hacia los veinte grados por encima de la línea ecuatorial.

De la misma manera que las placas que se abrieron y chocaron a fines del Cretácico tardío para formar las cumbres de los Andes, la emergencia del Kraken tendrá sus mayores alturas en el extremo austral: fíjese en la diferenciación porcentual de las medias aritméticas entre los tres conjuntos de mis tablas térmicas e inferométricas: los valores de las variables descienden un tercio entre Juan Fernández y las Galápagos, y otro tercio entre éstas y California. Aunque, si bien más bajas que en el Sur, las nuevas montañas septentrionales que se unirán a la península mexicana tendrán la suficiente altura como para cerrar el mar. Se generará, así, un sexto océano: el que quedará comprendido entre los Andes y el Kraken, partido el Pacífico en dos mitades.

Esas páginas finales de mi informe, esas páginas malditas, esos trozos de texto que han supuesto mi baldón y mi expulsión de todos los círculos intelectuales de esta, mi tierra de acogida, no podían terminar con asépticas formulaciones científicas, como si se tratara de un manuscrito para enviar a una revista especializada, esas que retroalimentan los feudos y los cotos de caza de los académicos laureados. No, debía escribirlo, aunque Usted y los hombres como Usted, que deberán tomar las decisiones que cambiarán todo y que –quizás– logren atemperar los efectos de este terremoto cósmico ya lo sepan. Pero yo debía escribirlo, y ahí lo tiene, escrito: los desplazamientos sísmicos que parirán al Kraken generarán la ola.

La ola: un volumen hídrico tal no se ha movido, junto, en la Tierra desde la Glaciación Würm, hace unos doce mil años; serán múltiples las desinencias que, durante los próximos siglos, la ola terminará por generar, ya que alterará la dirección de todas las corrientes marinas, y la temperatura de la roca ígnea que surgirá desde el lecho magmático calentará el resto de los océanos, con su secuela de devastación climática.

Estas desinencias ambientales irán apareciendo antes: toda la superficie de la Tierra se irá calentando, año a año, a medida que las rocas hirvientes del Kraken vayan ascendiendo desde los fondos abisales del océano. Y, aunque catastróficas cada una de ellas por separado, no constituirán una conflagración planetaria, por lo que intentarán ser ocultadas y disimuladas por el poder y los gobiernos. En definitiva, la Tierra puede adaptarse, en el transcurso de las largas eras geológicas, a los pequeños cambios en sus variables y características. Pero esa capacidad de adaptación no podrá aplicarse a la emergencia violenta de la nueva cordillera y al desplazamiento de una casi infinita masa líquida: la ola será inmediata.

En el brevísimo transcurso de unas horas, o de unos días apenas, el Kraken generará una fuerza oceánica desplazada a una velocidad inaudita: frontones líquidos de hasta cincuenta metros de altura llegarán, como bombas marinas, a cada uno de los miles de kilómetros de las costas americanas. Nada detendrá a la ola, arrasará toda vida animal y vegetal a su paso, y no disminuirá el énfasis de su fuerza sino hasta chocar contra otra montaña: con la Cordillera de los Andes, ella será el límite del Kraken.

No puedo, por mucho que lo he intentado, calcular siquiera la profundidad de este nuevo mar, de este inmenso lago salado que tendrá su puerta austral en el Estrecho de Magallanes y su salida borel entre ambas Américas (porque el istmo de América Central necesariamente ha de quedar sumergido). Pero sí puedo asegurarle que nada, nada, nada entre los picos de ambas cadenas montañosas emergerá por sobre la superficie marina.

A Usted, señor Ministro, a su generación y a la que la continúe les cabe la heroica e inaplazable tarea de organizar la migración: la costa Oeste de América ha de ser evacuada. Nadie que haya quedado al Occidente de los Andes sobrevivirá al Kraken.

Tienen, en todo caso, una posibilidad: si la columna mercurial de mi inferómetro ha sido leal, la apertura de la raja geológica y la emergencia del Kraken comenzarán hacia mediados del próximo siglo. Tienen ustedes cien años para mover la mitad de América hacia el otro lado de los Andes.

Dejo estos folios en sus manos, a las mías las reclama la patria. Y la guerra.

 

Nelson Specchia

(Las Breñas, Chaco, 1965) Vivió en Santiago de Chile, Buenos Aires, Estados Unidos y Barcelona, y actualmente reside en Córdoba. Alterna la creación de ficciones con la cátedra universitaria y las columnas en los periódicos. Entre otras distinciones recibió el Premio Internacional Max Aub de literatura por «La cena de Electra» (Valencia, 2015); el Julio Cortázar de cuento (La Habana, 2020); la mención de honor en el Ricardo Rojas (Buenos Aires, 2021); y el Jerónimo Luis de Cabrera por el conjunto de su obra. Es autor de la novela «Giuseppe» (Barcelona, 2001), de los cuentos de «Cómo un vaso sin whisky entre las manos» (Buenos Aires, 2021) y “Traficantes de sangre” (Yammal, 2022), de nueve títulos en poesía publicados en América y Europa, y de una obra ensayística en política internacional de dos docenas de volúmenes.

En tiempos de crisis, miseria y cambio climático, Nelson Specchia nos trae La ola: un relato en forma de informe oficial que advierte sobre la inminente llegada del Kraken, heraldo de una nueva era geológica que causará una devastación sin precedentes. A la manera de Verne pero con un tono admonitorio y oscuro, más cercano a Wells, La ola se permite imaginar una original advertencia sobre los desastres ecológicos que estamos cursando en el presente y las terribles secuelas que llegarán en el futuro.

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