Cosquín Rock: el afecto y lo federal como protagonistas

No se vuelve por costumbre, sino por elección. En la montaña, el Cosquín Rock reafirma su lugar como territorio afectivo y cultural de una generación ampliada.

La amistad, una de las tantas expresiones de amor del Cosquín Rock.

La amistad, una de las tantas expresiones de amor del Cosquín Rock.

Antes de que el primer acorde de guitarra logre quebrar el silencio del aeródromo de Santa María de Punilla, el Cosquín Rock ya late a unos kilómetros. En Molinari, bajo el sol que calienta el asfalto y el aroma incipiente del carbón encendido, la música es todavía un eco lejano, pero el ritual ya es absoluto.

No se trata de una grilla de horarios o de la potencia de los parlantes. Se trata de una mesa larga donde los mates circulan sin dueño y la hospitalidad es la única moneda de cambio. Aquí, en la pausa previa al estallido, es donde se gesta la premisa central: el Cosquín Rock no es solo un evento masivo de consumo, sino una comunidad que aprende, en cada edición, mucho más que música.

Allí aparece Tonna, quien desde hace años sostiene la tradición junto a su familia y sus amigos: Pali, Juanjo y Joaco. Lo que comienza como un grupo conectado por una sola persona se transforma en pocas horas en algo más denso. En esas mesas se cruzan hermanos, parejas y amigos de amigos; nombres que se aprenden sobre la marcha mientras se comparten el repelente y las anécdotas.

Al cruzar “la guitarra” en el ingreso al predio, el afecto acumulado se desborda en escenas que desafían cualquier brecha generacional. Más allá de los grandes hits, el festival habilita un espacio para el romanticismo sin cinismo. Así ocurrió con “Puesto” de Babasónicos: una reacción inevitable donde los besos se multiplican, los ojos se cierran y el predio se vuelve un territorio de seducción.

En este territorio común, el cuerpo se manifiesta a través de gestos que valen más que cualquier discurso: la birra tibia compartida en una ronda, la gaseosa que va de mano en mano, el agua que se reparte de un mismo termo. El amor tomó forma de devoción adolescente frente al escenario de Airbag, y de legado frente a Dillom, donde un padre llevaba a su hijo en brazos al costado del pogo, pasando el ritual de generación en generación.

Hay canciones que dejan de ser propiedad de los artistas para convertirse en refugios colectivos. “Las Pelotas es nuestra banda. La elegimos cada vez que podemos”, confesaba una pareja. Miles hicieron lo mismo cuando Fito Páez se sentó al piano para tocar “Brillante sobre el Mic” y “El amor después del amor”. No era nostalgia; era confirmación.

El Woodstock federal

La magnitud social del evento fue sintetizada por Ricardo Mollo antes de tocar con Divididos. En diálogo con Lalo Mir, lo definió como un punto de inflexión que trasciende lo musical: “Es el encuentro cultural federal, es como nuestro Woodstock”. Para Mollo, la música es un vehículo para dar la batalla cultural. Una batalla que se libra en la convivencia de banderas de Catamarca, Mendoza y Córdoba que flamean juntas. El federalismo no es aquí una división política, sino un diálogo de identidades que se funden en un brindis con un desconocido.

Divididos en el Escenario Sur. Foto: Prensa Cosquín Rock.

El abrazo de géneros

El festival no discutió géneros: los abrazó. El cruce dejó de ser rareza para convertirse en paisaje. YSY A compartió escenario con Hernán ‘Cucuza’ Castiello y el tango se encontró con el trap sin pedir permiso. Lali sostuvo su identidad pop con despliegue de estrella y, al mismo tiempo, mostró una potencia rockera que amplió su territorio. En este ecosistema conviven El Cuarteto de Nos, Gauchos of the Pampas, Abel Pintos y Eruca Sativa. Los músicos parecen menos dispuestos a las trincheras y más abiertos a la colaboración. Amor sobre odio.

Cuando el Cosquín Rock era plaza (y después se volvió multitud)

Volver por elección

El regreso a la cabaña, liquidar el asado del mediodía, las mochilas otra vez cerradas. Lo que empezó en Molinari fue apenas una versión a escala de lo que el festival replica: la posibilidad de encontrarse y sentirse parte.

Como cantó Lali en su show: tenemos que volver. No por costumbre, sino por elección. Volver a lo que nos hace bien, a los lugares que nos recuerdan quiénes somos. En la montaña, el amor no fue una consigna; fue una experiencia.

Y fue por ahí.

Salir de la versión móvil