Carlos Alonso: entre la brutalidad y la poesía

El artista mendocino, radicado en Unquillo, murió a los 97 años y dejó una obra atravesada por la figura humana, la memoria, el dolor y el compromiso con su tiempo.

Carlos Alonso: entre la brutalidad y la poesía

Una persona alevosa

Hace una buena cantidad de años tuve la oportunidad de tomar un café con el maestro Carlos Alonso. El motivo era una exposición, pero no recuerdo prácticamente nada de lo hablado por la fortísima impresión que me causó su persona. Además de su imponente condición física -alto, elegante, pausado, reflexivo-, tenía una tonalidad de voz profunda, grave y honda que magnificaba su condición de Maestro con mayúsculas.

Estaba vestido con ropa de arqueólogo y detalles de inventor, aunque tenía las manos de un artista (acumulaba diferentes capas de pintura, indicando que el límite entre el pincel, su anatomía y la paleta era impreciso). Tenía una llamarada de pelo, perfectamente acorde a su colosal mirada, y su sombrero sobrevolaba, tal vez, unos diez centímetros por encima de sus ideas. La primera palabra que lanzó, y una de las pocas de su deliberativo silencio, estableció la frecuencia de la charla e inició una enorme fuerza centrífuga en torno a su persona. Todos los asistentes percibimos en las vísceras que estábamos en presencia de una energía contundente y apasionada. Incluso erótica.

Me hubiera gustado compartir otros cafés con Carlos Alonso, pero no los hubo. Sin embargo, cada vez que me enfrento a uno de sus trabajos, siento parte de su presencia junto a mí. Pienso en alevosía -un término muy cordobés- como agravante de su voz grave, y concluyo que su pintura es alevosa.

Entre los más grandes

El arte argentino acaba de inmortalizar a uno de sus autores más importantes.

Nacido en Tunuyán, Mendoza, el 4 de febrero de 1929, vivió en Unquillo hasta el final de sus días. Pintor, dibujante, grabador e ilustrador, es un protagonista fundamental de la figuración argentina contemporánea.

Inició su formación, con tan sólo quince años, en la Academia Nacional de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Cuyo, aunque la abandonó en el momento adecuado: poco después de comenzar. Eligió el sendero, como buen caminante, de la compañía. Discípulo y alumno de los grandes maestros, conectaría a los luminosos como Lino Eneas Spilimbergo, con los desafíos de su época. Experto en la figura humana, desarrolló una técnica que se apoyaba en sus años como ilustrador para hacer de los cuerpos una caja de resonancia social. Un instrumento capaz de interpretar el dolor, la poesía y la política (si para Alonso había diferencia entre ellos).

Llevaba la destreza a niveles superlativos: cada personaje estaba mejor tratado por dentro que por fuera. Incluyendo una sociedad que supo retratar plasmando sus angustias y pérdidas. En 1977, mientras Alonso gritaba pinturas desde el exilio, su hija Paloma fue secuestrada y desaparecida. Tenía veintitrés años. La violencia de Estado argentina no solo arrebató a su heredera: le produjo una herida que cicatrizaría -sin dejar jamás de doler- en gran parte de sus actos creativos. Desde ese momento, cada línea que trazó llevaba el color del trauma. Un referente de figuras desaparecidas, que siempre estará presente.

En su legado -caracterizado por la exploración de los cuerpos y el recorrido de las sociedades- quedan, además de una infinidad de obras, premios y reconocimientos, sus ilustraciones del Quijote (1957) y del Martín Fierro (1959) que le dieron un primer reconocimiento internacional, al igual que su versión de La Divina Comedia, una obra que lo posicionó entre los grandes ilustradores mundiales, junto a Doré y Daumier.

Manos Anónimas

Esta serie de treinta y ocho pasteles al óleo integra, desde 2007 la colección del Gobierno de la Provincia de Córdoba y compone desde 2024 la exposición estable del Museo Superior Evita – Palacio Ferreyra. Fueron adquiridas por el gobierno de Córdoba como una suerte de testamento visual del terrorismo de Estado y, aunque poseen una condición estética apabullante, quienes las observan quedan atrapados en un limbo de dolor y conmoción imposible de describir con palabras.

Los círculos del infierno

Felizmente coincidente, desde el 30 de Julio de este año (día de la desaparición forzada de Paloma Alonso) el mismo Museo Evita Palacio Ferreyra sumó al testamento de «Manos Anónimas» un conjunto de obras facilitadas por la familia y algunos coleccionistas para integrar la muestra monográfica y homenaje que se exhibe en el nivel superior del edificio. Se trata de un tránsito dantesco por piezas emblemáticas de su producción que van desde el más luminoso recuerdo de su hija, hasta figuras infernales que completan la conexión entre la tragedia personal y el compromiso ético. Esta exposición está diseñada con una cercana, cómplice y cálida curaduría de Romina Noelia Cerví, apoyada por el área de exposiciones del Museo.

Carlos Alonso se reúne con sus maestros, con sus amores que lo esperaban desde hace tiempo y, mientras enciende el cigarro del silencio en ese paraíso alejado de la crueldad humana, integra su memoria al descanso en lo que es, sin dudas, su última obra.

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