El disparador de esta columna, como no podía ser de otra manera, es un hecho terrorífico: puesto en la tarea de retratar la obra y figura de Mariana Enriquez, compruebo que faltan sus dos libros en mi biblioteca. Una espantosa certeza, cuya conmoción se incrementa frente a la incertidumbre sobre más libros desaparecidos. Ausencia, dolor, angustia, pobreza, todos condimentos del universo Enriquez.
Una biografía llena de lugares en los que no sabemos qué va a pasar
Mariana Enriquez, autora argentina que ganó el Premio Herralde de Novela en 2019 con Nuestra parte de noche (un trabajo que reúne el terror a lo sobrenatural con el horror real de la dictadura militar), nació en Buenos Aires en diciembre de 1973.
Hija de la clase media, la democracia llegó a su infancia como Un lugar soleado para gente sombría. Integrante de una generación que vio como la heladera sufría los ataques de la hiperinflación, ascendió a universitaria como antídoto de la pobreza y la exclusión. Ya licenciada en comunicación, ha sido editora de diversos medios, actividad que se dio en paralelo a su crecimiento como autora.
Hoy es una de las voces argentinas más escuchadas del mundo, además de referente indiscutido de la nueva narrativa nacional. Recientemente se trasladó a Tasmania, en Australia, ámbito nativo de su esposo, el fotógrafo Paul Harper.
Crítica del gobierno actual de La Libertad Avanza, también se manifestó desencantada del gobierno kirchnerista, independientemente de haber colaborado en el área Letras del Fondo Nacional de las Artes durante ese período.
Tal vez su mejor definición llegue a través de sus dos abuelas porque mientras Hilda -su abuela materna- era una correntina, cultora sincretista de mitos guaraníes, supersticiones afrobrasileñas y santería católica, Carmen -su abuela paterna- encarnaba una racionalidad femenina, delicadamente anticlerical y decididamente antifascista.
Todos dicen su nombre
Esta semana, Netflix estrenó la maravillosamente opaca Mis muertos tristes presentada como miniserie de cuatro episodios, mientras que -en formato de largometraje- la misma pieza compitió por la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián. Protagonizada por Mercedes Morán y Dolores Fonzi, con la dirección de Pablo Larraín, es un cadáver exquisito de cuatro cuentos de la autora.
Pero esto no es todo: La virgen de la tosquera, película dirigida por Laura Casabé y basada en un cuento de Los peligros de fumar en la cama (2009) -por cierto, uno de los ejemplares desaparecidos de mi biblioteca- ha sido seleccionada por la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas para representar a la Argentina en los Oscars 2027.
Luz oscura
Las razones para ver sus películas y su serie, y especialmente leer sus libros, se dejan seducir por la desnudez de distintas formas de violencia no ficcionada: la violencia social, educativa, o urbanística, nos enfrenta a la putrefacción de la economía nacional y la descomposición social. Esas condiciones no son una escenografía para el relato, sino la materia prima, la anatomía de las heridas con las que Enriquez trabaja. Hay un brillo sombrío que hace de la oscuridad un refugio, cuando Enriquez tipea tu historia. Nuestra historia.
La fuerza de la clase media
Los comunes, las personas de a pie y sus penumbras son poseedores, en su literatura, de una condición sobrenatural porque corporizan los temas de agenda global. El discurso de género y los cuerpos, por ejemplo, integra el mapa de las inconsistencias sociales puesto que son las chicas, tantas veces, las víctimas de una violencia que no es marginal sino central.
Nos enfrentamos a historias donde los disparos salen de su lapicera y suenan fuerte en las páginas de un volumen de lomo amarillo de Anagrama, pero matan en nuestras mentes y se lloran en pantalla.
Bastante punk, no tiene hijos pero es madre de toda una prosa profunda, atrapante pero consciente de la coyuntura actual.
Gramática del dolor en el conurbano
Plástica, pictórica, incluso poética pero llena de transparencias, su literatura es una suerte de versión superadora y contextualizada al conurbano de Stephen King, porque ella es la hechicera de grandes guiones e inquietantes paletas de grises donde uno de los protagonistas es la locura como tema y discurso.
Lejos de la pornopobreza y la marginalidad edulcorada, estamos frente a una voz soprano con sensibilidad social, capaz de transformar una invasión zombi en un desgarrador plano secuencia donde la Negra Sosa, con letra de Félix Luna, evoca una argentinidad flagrante.
Maravillosa e inquietante, retratista de un naufragio social y madrina del terror contemporáneo, nos exige ver Mis muertos tristes para dilucidar la sintaxis de las ciudades. El conurbano, y Piedrabuena, centro gravitacional de Villa Lugano, es una metáfora de cualquier barriada del país cuyo lenguaje edilicio oculta una historia en cada ventanal.
María Teresa Andruetto recibió el título de Doctora Honoris Causa en Mendoza
