La hijastra malograda de Yrigoyen

Una perturbante historia trasciende hasta la actualidad sobre una joven que Yrigoyen quiso como hija.

Yrigoyen

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De Hipólito Yrigoyen conocemos poco, o nada, de su vida privada. De Perón sabemos de sus tres esposas; de Alfonsín, de su Chascomús natal; de Carlos Saúl absolutamente todo (no queríamos saber tanto). De Yrigoyen, nada. Tampoco de su hijastra.

Hay pocas imágenes del líder radical. Jamás se ríe, no queda el registro de su voz. Un enigma del hombre que casi no hablaba y que sin embargo condujo revoluciones y se convirtió en el primer presidente (semi) democrático del país. ¿Se casó Yrigoyen? ¿Tuvo hijos o hijas? ¿Fue feliz don Hipólito?

Pese a su rostro siempre asediado por la solemnidad, Yrigoyen tuvo muchas parejas. Muchas. Y a varias las abandonó. El líder radical llegó a tener tres parejas estables (no a la vez) en épocas en que el matrimonio aspiraba, por mandato divino, a ser para siempre. Pero él no fue hombre de pasar por el Registro Civil. Y con sus tres parejas más estables, el radical llegó a parir ocho hijos, a muchos de los cuales no reconoció jamás como propios. Y además de estos ocho, tuvo también una hijastra a la que quiso como propia y que pasó a la posteridad no por la relación con el padrastro radical. De ella, de su hijastra malograda, vamos a hablar ahora.

La última pareja de Hipólito fue la artista austriaca Luisa Basichi, que fue quien lo acompañó desde 1897 y soportó junto a él tanto las persecuciones como el disfrute del poder. Luisa fue la tercera mujer de Yrigoyen. Previo a esta relación, ella había estado casada con el escritor Eugenio Cambaceres, con quien había tenido a su hija Rufina. Cuando Rufina tenía 14 años, su mamá se emparejó con Yrigoyen. Y cinco años después, la joven Rufina, a sus jóvenes 19, el mismo día en que cumplía esos jóvenes 19, murió de modo súbito.

El diario La Nación cronicó aquel momento desesperante:

_ Después de despedir a sus amigas, la Señorita de Cambaceres pasó a sus habitaciones a fin de vestirse para ir a la Ópera y, cuando todavía vibraba en el ambiente el eco de sus risas casi infantiles, una afección fulminante la derribó, rígida y yerta entre las galas con que se disponía a ataviarse. No intentaremos describir el cuadro. La fatalidad tiene a veces estas crueldades implacables que exceden en su ensañamiento a toda imaginación.

Desde entonces, Rufina Cambaceres, la hijastra de Yrigoyen, es uno de los más grandes mitos urbanos del cementerio de La Recoleta. No faltan quienes, cada tanto, la ven, a Rufina, caminando por las calles de la necrópolis con olor a historia y muerte.

La leyenda indica que a Rufina, la hijastra de Yrigoyen, la enterraron viva. Que sufría catalepsia y nadie lo sabía. ¿Dónde nace esta versión? Del relato del sereno del cementerio. Sereno que cuidaba las tumbas la primera noche de estadía de la joven muerta. Esa primera noche y desde el propio panteón de la familia Cambaceres, se escucharon gritos, pedidos de auxilio, desesperación en voz de una joven de 19 años. Al día siguiente, luego de escuchar lo que el sereno había sentido, se abrió el ataúd y el cuerpo de Rufina estaba dado vuelta. Además, el interior del féretro estaba dañado por la fuerza de una juventud asfixiada. En ese momento, y para siempre, nació el mito y con él las preguntas sin respuesta:

_ ¿Fue enterrada viva?

_ ¿Su cuerpo había sido profanado?

¿Había sido víctima de necrofilia?

Alguna versión infundada señala que la joven estaba enamorada del caudillo radical, el futuro presidente de Argentina. El hecho es incomprobable. Sobre lo que no caben dudas es que su tumba es una de las más visitadas de La Recoleta. Y que su figura y su extraña levedad flotan cada tanto en el mismo cementerio donde también reposa su padrastro, don Hipólito Yrigoyen.


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El hijo peronista del líder radical

Poco sabemos de Hipólito Yrigoyen. Apenas conocemos que se casó tres veces. Que tuvo 8 hijos. Que la de mayor trascendencia no fue hija sino hijastra y que su fama llegó después de muerta. Pero hay más, mucho más.

Cinco años antes de la muerte de Rufina, en 1897, nació su hermanastro de apellido Yrigoyen: Luis Hernán Yrigoyen Bacichi, octavo y último hijo del futuro presidente, del que sí, esta vez, se hizo cargo. Era hora dos Hipólito.

Vale destacar la figura de Luis Hernán. No sólo por haber sido el último hijo del gran caudillo. No sólo por ser el medio hermano de la malograda Rufina Cambaceres. Sino porque además fue el único de la descendencia del líder radical con militancia política y actuación pública considerable.

Luis Hernán Yrigoyen Bacichi.

Agrónomo y botánico, la carrera científica y académica de Luis Yrigoyen se interrumpió cuando ingresó al universo de la diplomacia. Y, paradojalmente, ese ingreso fue como funcionario de segunda línea durante la Década Infame, la misma que golpeó mortalmente a su padre y lo condenó al naufragio. No obstante, lo que vendría después sería más contradictorio aún (o quizás no, cada cual sabrá): el momento cumbre del hijo de Yrigoyen llegó cuando fue nombrado embajador argentino en Alemania por Juan Domingo Perón. Sí, el hijo de Yrigoyen, embajador argentino durante el peronismo desde 1952. Ocupó ese cargo en la Alemania dividida pos guerra hasta 1956, momento en que la dictadura de Aramburu lo reemplazó.

Luis Yrigoyen volvería a ocupar el mismo cargo en el mismo país algunos años después, pero esta vez con un gobierno radical y claramente antiperonista, como el de Arturo Illia. Una vez más interrumpida la democracia, Yrigoyen hijo sobrevivió en el cargo de embajador en Alemania durante la dictadura de Onganía y se mantuvo hasta 1970.

La pregunta es: ¿por qué tanto vínculo con Alemania? Al viejo don Hipólito Yrigoyen siempre se lo mencionó como germanófilo -por supuesto, esto suponía cierta admiración por el carácter e idiosincrasia de la nación alemana y no tenía nada que ver, por entonces, con el genocidio nazi que el líder radical jamás llegó a ver-. En Córdoba, durante 1917, el escaso progresismo de la ciudad realizó más de una marcha para que el presidente argentino anulara su neutralidad durante la Primera Guerra Mundial y se mostrara opuesto a Alemania, algo que Yrigoyen nunca hizo. Tampoco negó, jamás, su condición de krausista.

En torno a su hijo, integrante de la embajada argentina durante buena parte de la Segunda Guerra, recayeron acusaciones varias. Si bien el joven Luis Hernán no era, en tiempos del conflicto bélico, el embajador, algunas investigaciones periodísticas señalan su negativa a proteger a judíos alemanes que huían de las garras del Tercer Reich. Las versiones son muchas y contrapuestas y el tiempo sólo ha ayudado a que la confusión y ciertos intereses particulares prevalezcan sobre la verdad.

Pero sobre lo que no hay dudas es que el hijo menor del fundador del radicalismo fue funcionario del mismísimo Perón y el peronismo. Los cruces de la historia: Ricardo Alfonsín, hasta 2023 embajador argentino en España e hijo del último caudillo radical, fue funcionario diplomático de un gobierno peronista. El lado B de la misma historia. Una historia interminable de cruces entre los dos partidos mayoritarios de Argentina.

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