Si esta columna fuera una película, en el último fotograma aparezco a toda velocidad por la bajada de Cerro manejando la bici sin manos. Me impulsa el excitante viento de la ciudad por la espalda y las cicatrices ya son una memoria de lo vivido. Las terribles imágenes del accidente, la operación y los meses de postoperatorio, se rinden frente a la felicidad sobre dos ruedas.
Advertencia. No hay una sola palabra que sea ficción en esta nota: los dramas y alegrías que se relatan son una rigurosa historia real.
Un milagro rodante
Uno de los momentos más maravillosos de mi vida fue cuando Papá Noel me trajo mi primera bicicleta. Era una despampanante cinzia roja marca Aurora que también era plegable. Muchos años después me enteraría que no había venido del Polo Norte sino que la adoptaron en el Palacio del Rodado.
Lo cierto es que esa navidad se festejó en la casa de mi Tío José y, aunque esa belleza venía con rueditas, aquella misma noche me lanzó al piso como una fiera salvaje. Tenía un carácter vibrante como el color de su piel, pero mi insistencia ganó y pude domarla.
Muchos fines de semana incluyeron doblar la Aurora y recostarla con delicadeza en el baúl trasero de la Renault 12 Break azul que mi viejo deslizaba por el pavimento a velocidades impensadas.
Esa bicicleta y yo nos amamos tanto que todas las fotos juntos están empañadas por el vapor infantil y el éxtasis que me producían las curvas más sensuales de mi infancia. Otros analistas consideran que su peso desmesurado, parecido al del R12 familiar, también influía en la sudoración de las imágenes.
La roja sufrió una infección de óxido en el garage familiar que no le impidió seguir siendo fundamental para huir de invasiones alienígenas cada tarde, así como de los monstruos marinos -muy comunes en mi barrio-, que sólo atacaban a mi bandita de amigos.
La última vez que nos vimos, ella ya estaba en manos de mi hermano menor y le impulsaba hacia una brutal lesión en la bajada más aguda del mundo. Pero esa es otra historia.
La felicidad sopla fuerte en tu cara
En 1989 volví a conectar el deseo con la realidad en otro de los momentos más felices de mi vida: Había pasado meses viendo a los chicos más grandes hacer piruetas en un circuito de bicicross y llegaba mi momento, o al menos eso creí yo. Mis viejos vivían al día y no podíamos permitirnos comprar marcas internacionales, por eso fuimos a la bicicletería “Los Tres Hermanos” donde fuimos atendidos por “El Chuña”, cuyo apodo ya daba indicios de poca solidez.
Las creaciones de dos ruedas que allí se armaban, luego eran exhibidas en la vereda, bajo un sol tremendo, y con la única protección de una cadenita que les unían a un poste. Con mi viejo habíamos merodeado bastante el poste y ya teníamos elegida una candidata que me acompañaría en competencias y triunfos de diferentes colores. Aunque nos vimos obligados a regatear por pedido de mi mamá, toda la ciudad sabía que esa bici multicolor se volvía a casa con nosotros.
Una vez acordado el precio en tres cuotas cuyas cifras fueron estampadas con un palito en la tierra -aun hoy tengo una nítida visión de esa transacción terrenal-, hubo un apretón de manos, un rollito con varios australes, y salí a bordo de mi nuevo vehículo mágico. Esa noche no dormí, obsesionado con acariciar los tapones de las cubiertas todo terreno.
Porque la nostalgia, al escribirse redime, e incluso pasa a ser una forma de compartir, confieso que puse a prueba la calidad de los materiales del rodado desde el primer día. Y acá les dejo un dato de enorme utilidad: cuando uno se cae en bicicleta no pone las manos y el rostro impacta directamente contra, por ejemplo, el pavimento.
Yo venía controlando el “willy” y cuando llegó la hora de hacer un “front wheel tap” que consistía en levantar la rueda delantera para luego golpearla con fuerza, la creación de Los Tres Hermanos no resistió y separó el manubrio de la horquilla, lanzando a su conductor contra la calle con toda la furia de su peso multiplicado por su velocidad.
Sonó como un martillazo
Después de la conmoción y la asistencia de los automovilistas que se detuvieron “¿estás bien pibe?” pude regresar hasta mi casa caminando por mis propios medios. Mi papá, que regaba plácidamente el patio, intentó limpiar la sangre empuñando una manguera amarilla sin poder evitar que borbotones rojos continuaran su alegre burbujear. Mientras que el coautor de la compra me aplicaba agua corriente y sugería que “no pasó nada” (frase de cabecera de los 80s) se comprobó que debíamos ir, al bicicletero, pero antes a cirugía.
Cuando te quebrás la mandíbula, generalmente es necesario que te operen para reordenar los huesos -como si fueras un boxeador- y seguidamente te atan los dientes de abajo con los de arriba para que se suelden de acuerdo con tu contextura facial. Además, como se te aflojan absolutamente todos los dientes, nunca más necesitarás ortodoncia.
Resultado final: tres meses sin comer sólidos, tres meses sin hablar, sólo murmurando. Y la vergonzosa ayuda de una pequeña pizarra personal para comunicarse en clase.
La evolución del comprador y la preferencia del hermano menor
Due a mi compromiso con la verdad que exige publicar en este prestigioso diario, y sin que tenga nada que ver con celos, unos años más tarde, mis padres compraron una bicicleta para mi hermano menor. El padre había aprendido la lección y se inclinó por una mountain bike no apta para piruetas e importada, no sólo por su calidad y precio, sino porque la bicicletería del barrio había cerrado. Jamás se rompió y la carita de mi hermanito sólo tiene una pequeña cicatriz de un hamacazo que le propiné involuntariamente una tarde.
El milagro de andar en bicicleta
No sólo regresé a las andanzas ciclísticas sino que, mucho después la heredé a mis hijos. Coincidimos en que no es una forma de traslado sino una poderosa aproximación a la amistad, un recurso de seducción para las pibas del club, la mejor manera de regresar a los brazos de tu casa, de ingresar por las puertas del corazón de tu mamá y, recorrer los pliegues más sensuales de la ciudad mientras ella, como una abuela, sopla tu pelo con el perfume de las tipas cuando acaricias La Cañada con tus ruedas.
