Argentina es el único país del mundo donde el Día de la Madre se celebra el tercer domingo de octubre. Aunque integra la enorme mayoría de naciones que dedican un día a la persona que nos dio la vida, el origen de su historia se remonta a la antigua Grecia cuando se veneraba a Rea, la Diosa Madre. Sus mayúsculas potencian la referencia maternal y protectora, y vaya si tuvo dolores de cabeza con pibes como Zeus y Poseidón.
Muchos siglos más tarde, la adopción mayoritaria de la religión católica reconvirtió esta celebración en beneficio de la Virgen María y, aunque otros países buscaron otros meses, nosotros -que somos más papistas que el Papa-, sostuvimos el calendario litúrgico y nos quedamos con el 11 de octubre, festividad de la Maternidad de la Virgen.
La emoción como motor comercial
Dado el fuerte condimento emotivo del Día de la Madre, debemos considerarlo uno de los eventos más relevantes en ventas, solo superado por la Navidad. Los padres estamos en cuarto lugar -dicho sea de paso-, después del Día del Niño. Desde los viveros, que proponen celebrar la vida, hasta las experiencias que regalan un momento íntimo, gratificar a mamá después que ella nos dio todo, es un desafío capitalista.
Una operación de enorme complejidad
Es probable que cierta megalomanía me haya acompañado desde mis primeros años. Esta es la única explicación que encuentro para el regalo de mi madre en 1982. Con seis años de edad, me sentía Zeus, e invertí todo el fin de semana largo en identificar la flor más grande e importante de Carlos Paz, donde pasábamos esos días. Recorrí calles, barrios y zonas alejadas en busca de la mejor metáfora de la feminidad; la más grande e imponente que existiera en mi zona de influencia. Días enteros escudriñando jardines vecinos, parques públicos y decoraciones de comercios arrojaron una conclusión: el Mamey era el monumental obsequio de la naturaleza que necesitaba.
Ubicada cerca del río, esta planta, que moriría luego de la floración, presentaba una columna de tres metros de altura y retoños amarillos, en cincuenta kilos de fertilidad.
Superado en peso y altura, me impuse el desafío de demostrar mi amor materno más allá de mis posibilidades.
La flor más bella
La extracción de este pimpollo en particular requería un serrucho semiindustrial que un niño no suele tener. Para este caso utilicé un cuchillo Tramontina gastado, que esperaba su jubilación en la casa de campo. Varias horas de concienzudo aserramiento obtuvieron un “Fuera abajo» que anuncié en soledad.
La flor más grande del Día de la Madre era una inconcebible rama celeste y amarilla, trasladada a rastras por cuadras. Durante horas de sudor recorrí los trescientos metros siguientes con la Flor del Maguey (cuyo grueso tallo puede alcanzar hasta diez metros de altura, según algunas enciclopedias). No hubo un acto de entrega a la vieja usanza por la imposibilidad de sostenerla en alto, y debí convocar a mi mamá a la vereda donde yacía su regalo.
Ella, tan joven como delgada y frágil, contribuyó con la enarbolación de su propia ofrenda, que no entraba en ningún florero. Tampoco había baldes capaces de recibirla y, dispuesta como obsequio para exteriores, ganó centralidad por la noche cuando, ¿cómo advertirlo en tiempos sin Google?, sus ramilletes resultaron terriblemente atractivos para distintos insectos.
Las miles de abejas fueron una adversidad menor frente a la reunión de todos los murciélagos de la zona. Ellos fueron los primeros en celebrar el Día de la Madre, para espanto de la actriz central y de todos los vecinos de la cuadra.
El inmutable rol de la maternidad en las constelaciones
Tiempo después abrazado a la cálida ternura de los rayos del sol, amanecí con la obligación de ir a la odontóloga. Mi mamá era la capitana de una misión al consultorio de Mirtha, una dentista cuya adhesión a los métodos de tortura de la Edad Media sigue generando debate, y me arrastraba, con auriculares para no escucharla, durante dos trayectos en colectivo para llegar desde Los Carolinos hasta el Hospital Privado de Parque Vélez Sarsfield. Muchas veces este esfuerzo era infructuoso porque me negaba a ser atendido. El solo recuerdo me desespera ¿Cómo podía hacerle eso? Más tarde, mucho más tarde, descubriría que el amor entre los integrantes de una familia, como los planetas en una constelación- es permanente. Y por eso un cuerpo celeste puede desaparecer y millones de asteroides surcar el cielo mucho antes de que mi mamá cambie de parecer.
Yo no quería contar algo gracioso
Casi no queda texto en la nota pero tanto el autor como las lectoras y lectores sabemos que no hablo de mi mamá sino de la nuestra, la de cada familia. Que debemos un homenaje igual de extenso que los miles de kilómetros hacia la odontóloga, el neumonólogo y sobre todo traumatólogos; igual de intenso que todas esas horas en el colegio escuchando nuestros actos de mala conducta; largo como esas noches esperando que regresemos de una salida, de un viaje, de un examen… un homenaje como la Flor de Maguey: que exige paciencia, desesperado, incómodo, e incomprensible, pero con una enorme fuerza de gravedad en nuestra constelación.
