La leyenda de Facundo Cabral, el sin edad ni porvenir (2da parte)

Rara avis de músico exitoso, Facundo Cabral mordió la gloria, pero la devolvió una y otra vez. También el dinero. Borges, el príncipe Rainiero, el amor libre, Krishnamurti, la muerte. Una leyenda tan incomprobable como posible.

Facundo Cabral

Cabral le compró una casa a su madre y en pleno éxito musical y económico se acordó, en aquellos ‘60, que quería hacer la revolución. Entonces abandonó todo por un tiempo y se dedicó a dar vuelta el mundo. Cuando advirtió que esa revolución no era un lecho de rosas, retornó a la canción. De aquel cruce con Eva Perón a sus 9 pobres años sumó relaciones con el príncipe Rainiero, la viuda de Pancho Villa y cuanto millonario o pobre, excéntrico o intelectual, haya existido.

Siempre acompañado de la renguera por su pierna derecha inhábil (un accidente automovilístico, una debilidad congénita, dos balazos de un marido despechado en Santo Domingo), un día la madre Teresa lo llamó durante un programa de televisión en México invitándolo a orar con ella. Y el editor de Borges le dijo:

_ Me dijo Borges que le diga que le gusta lo que usted hace y que lo invite algún día a casa.

Y fue a la casa de Borges y charlaron hasta las 3 de la mañana.

_ Señor Cabral -le dijo Borges-, me conmueve su inocencia. Yo conozco su forma de vivir, usted no es una artista popular, usted adhiere a lo popular. Usted, camino a la cancha de Boca, se detiene en la Biblioteca Nacional.

Borges siempre acertaba.

Sexópata reconocido, a la mujer que fue su gran compañera, Cabral la conoció en un restaurante. Ella estaba con sus padres. Él se acercó y dijo:

_ Miren, esta mujer se tiene que ir conmigo porque a partir de ahora es mi mujer.

Ella se levantó y se fue con él. Pero la mujer le aclaró:

_ Sospecho que te voy a amar mucho, pero quiero que sepas que yo no soy fiel.

Y Facundo, que le iba a decir lo mismo, solo le sonrió. Supieron que cada cual tendría sus propias historias individuales, pero también en pareja fueron a ver ballenas con Jacques Cousteau y viajaron a Vietnam con la BBC y la Cruz Roja, en plena guerra. Ella sería, después, Miss América y tapa de Playboy y madre de la hija de ambos. Y con su hijita de un año, ella, la pareja de Cabral, se tomó un avión para reencontrarse con su amor. Pero el avión cayó al vacío con madre e hija. Era 1978. Cabral, exiliado, que sabía ocho idiomas, los olvidó a todos. Perdió 30 kilos y también la vista. Buscando una cura, fue a verlo a Krishnamurti, que le dijo:

_ Te envidio, Dios siempre te quita lo que más amas. ¡Cómo te envidio! ¿Qué tarea debe tener pensada para vos? Toda pérdida es una liberación. La vida no te quita cosas, te libera de cosas.

Raro lo de Krismamurti.

Volvió la democracia y volvió Cabral a la Argentina. En 1983 presentó su espectáculo llamado Ferro Cabral, donde decía: Este es el viaje más extraordinario, vean qué espectáculo: a la derecha, los reaccionarios; a la izquierda, los revolucionarios y en el medio los hombres, los que deciden su propia vida, es decir tres o cuatro. Y cantaba al cierre:

_ No soy de aquí, ni soy de allá.

Tenía 46 años. Esa noche conoció a Rodolfo Cabral, su padre, el que los había abandonado. Se hicieron amigos. Según su propia leyenda, recorrió 165 países. La historia final es más conocida. Balas equivocadas le pusieron fin a su vida. Posiblemente haya sido el final que él mismo pensó para que la leyenda se volviera inmortal.

 

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