Noche de las lecturas en la ciudad de Córdoba. En la Librería del Palacio, Martín Cristal lee un cuento fantástico. La gente reunida escucha los avatares de un hombre que lucha por salir de su casa mientras fuerzas extrañas se complotan para detenerlo. La tensión crece. El protagonista debe ir a ver a su madre, que está lejos, sola e incomunicada, probablemente enferma, probablemente mal. El agobio del protagonista frente a esa realidad hostil encuentra respuesta en los gestos de quienes escuchan. Pero la voz que narra no se pliega a la ansiedad, la angustia, la intranquilidad. Durante casi media hora, mantiene en vilo a los presentes y, cuando llega al final de la historia, hay sorpresa, alivio. Sí, todo eso, y la certeza de haber transitado uno de los fascinantes laberintos de la ficción.
Con más de quince libros publicados y una amplia obra crítica que circula en medios gráficos, analógicos y virtuales, Cristal atrae diferentes lectores. Porque sus textos incursionan en todos los géneros, desde la crónica de viajes hasta el cuento infantojuvenil, desde el realismo hasta la ciencia ficción.
“Lo variado de mi exploración responde al deseo de enfrentar desafíos nuevos”, comenta. “Me aburre hacer siempre lo mismo. Por otra parte, creo que, para no anquilosarse, a un artista le hace mejor no estar parado en el centro de lo que ya conoce, sino en el borde de lo que desconoce”.
A lo largo de los años, su obra ha obtenido distintos reconocimientos, tanto a nivel nacional como en internacional. La novela Las ostras, por ejemplo, recibió el Premio Alberto Burnichon al libro mejor editado en Córdoba en 2011-2012. Aplauso sin fin, por su parte, ganó el Premio de Novela Corta de Cáceres, España, en 2017; y su volumen de cuentos La música interior de los leones obtuvo el Premio de la Fundación El Libro en 2019.
Al hablar de los concursos literarios y los premios, reconoce que representan “una alternativa válida para que el escritor pueda ver su libro publicado y mostrarle su trabajo a un círculo más amplio de lectores”. En este sentido, “los premios dan cierta cuota de difusión, mayor o menor según el alcance de cada convocatoria. Pero nada garantiza la calidad de la obra a los ojos de sus futuros lectores. Para ellos, lo único que vale es su propia experiencia de lectura”.
El punto de partida
Tras recibirse de Licenciado en Publicidad, Cristal armó una revista para una agencia publicitaria cordobesa y pronto descubrió que el diseño editorial le atraía más que la profesión que había estudiado, así que fue incursionando en la maquetación, en la redacción y otras cuestiones vinculadas al mundo de la literatura. En cuanto a la escritura, descree que haya un momento exacto en el que se empieza a ser escritor, “sino un cúmulo de pruebas y acercamientos más o menos dispersos, más o menos concatenados o superpuestos”.
Sin embargo, al indagar en la memoria, apunta algunos acontecimientos importantes. El primero es un diario íntimo que llevaba a los ocho años en un cuaderno hecho en Shanghái: “Era de mi papá ese diario, y al parecer él estaba empezándolo, aunque solo dejó escrita una página. Y en esa página suelta, fechada en 1981, dice que ha decidido regalarme el cuaderno a mí. Llevé el diario por una década”.
Ya en la secundaria, en la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano, hubo una redacción que leyó en voz alta y recibió la aprobación de sus compañeros. Y luego vino el despertar como lector, ya no de libros que se daban en la escuela sino de otras búsquedas personales. “Sería largo detallar la secuencia, pero en resumen consistió en leer cada año un poco más que en el año anterior. Libros de autores canónicos —Cortázar, Borges, Sabato, Arlt y siguen las firmas—, pero que, en su primer encuentro, dejaron su marca y resultaron estimulantes”.
A los veinticinco años, Cristal autoeditó su primer libro en una imprenta de Buenos Aires en donde trabajaba en la maquetación de revistas de medicina veterinaria. De aquel conjunto de cuentos rescata, fundamentalmente, que fue un libro “valiente” en el sentido de que manifestaba la voluntad de ser escritor.
“Sin pedirle permiso a nadie y sin buscar la bendición ni la aprobación de nadie, solo por las ganas de hacerlo. Poco impacto hacia fuera, pero un compromiso importante hacia dentro.”
Los días en México
Antes del cambio de milenio, Cristal se fue a México de mochilero. En el camino hizo amistades y consiguió que le prestaran una computadora y un lugar para escribir. “Yo repetía: me gustaría escribir una novela. Me gustaría, me gustaría… Bueno, dijeron ellas: aquí tienes una computadora, aquí tienes una habitación. ¿Y ahora, qué? Basta de excusas: ¡escribe de una vez!”.
De aquellos años en el DF es Bares vacíos, su primera novela. En estos años obtuvo su primer premio por el libro de cuentos Manual de evasiones imposibles, publicado en el mismo sello editorial mexicano que el anterior.
“Entonces me quedé. Y después aparecía algo para quedarme un año más… Y de repente ya iban cinco. Fue ahí cuando hice una introspección muy grande y, entre otras cosas, pensé: ¿qué puedo seguir escribiendo como escritor argentino en México? ¿Voy a escribir “en mexicano”, a cambiar mi lengua?
La disyuntiva -que María Teresa Andruetto aborda en Extraño oficio respecto a los escritores argentinos exiliados en España-, sumado a algunas cuestiones personales, fueron trazando el itinerario de regreso a Córdoba, en 2003.
Elogio del lector
El camino del peyote y otras crónicas de viaje recupera aquellos años en México, años de aventuras, de nuevas amistades, de descubrimientos gastronómicos y etílicos, de encuentro con la cultura taurina. También aparecen los sentimientos encontrados a la hora de buscar un editor, de corregir una novela en tránsito.
Ya en Córdoba, Cristal construyó espacios de encuentro con lectores en los que fue compartiendo sus lecturas e intereses. Uno de ellos es el blog El pez volador, que opera como un diario de lecturas, o la columna “Libro recomendado” –que apareció durante años en el diario La voz del interior.
Al respecto, expresa que no hace crítica literaria. “No estoy formado para eso y nunca me interesó ser un crítico. Lo que sí he sido es reseñista, y un entusiasta recomendador de libros.
En esta misma línea gestó, junto con Alejo Carbonell y Diego Vigna, El lince miope, un espacio virtual dedicado a la literatura cordobesa. Y, como si fuera poco, sostiene desde hace más de una década talleres de lectura –actualmente, en la Librería del Palacio- en el que se generan grupos de personas unidas por una misma pasión.
“Disfruto encontrarme con otras personas que aman la ficción, en un espacio horizontal donde socializar la lectura potencia su goce. Los grupos sirven para descubrir textos y autores nuevos, conocer gente y saber más sobre literatura. Los participantes suelen ser, o bien personas que habían abandonado la lectura y así logran retomar el hábito y volver a tejer un mapa de referencias literarias; o bien, gente que quiere luchar contra el celular y garantizarse un tiempo y espacio fijos para la lectura”.
El mejor libro
Después de revisar su trayectoria, Cristal se resiste a pensar su recorrido como una “carrera”. “No lo tengo claro, quizás porque de entrada no acepto la idea de ‘carrera’ —tan deportiva— para un escritor o un artista. Si el arte fuera una carrera, sería una absurda”. En este sentido, las reglas fijas y los caminos predeterminados atentan contra lo esencial de la escritura: “A la larga cada uno construye su camino, con sus propias reglas y según su personalidad y su entorno”.
Esa idea se refleja también en su vida cotidiana. Sus días se organizan entre la escritura, los talleres, las lecturas compartidas y la crianza de su hija. Las mañanas —cuando puede resguardar ese tiempo— están dedicadas a escribir; las tardes, a enseñar, coordinar grupos o corregir textos. En el medio se filtran las urgencias domésticas, las redes, las noticias. La literatura, sin embargo, persiste como eje que se sostiene en el oficio más que en la inspiración.
En esa continuidad se inscribe también su última novela, Perpetua en Eribea, en la que imagina una Argentina futura atravesada por la catástrofe, la desigualdad y la pregunta por la culpa. Allí, como en buena parte de su producción, convive la reflexión y la aventura, juegos intertextuales, la tradición literaria, la exploración de nuevos registros.
Pero si hay algo que marca el ritmo de Cristal no es un punto de llegada sino el movimiento. Por eso, cuando se le pregunta por su libro preferido, no duda: “Mi libro preferido es siempre el que viene”.
