El arte argentino atraviesa una jornada de duelo por la muerte de Humberto Carlos Alonso, uno de los grandes referentes de la pintura, el dibujo y la ilustración del país. El artista falleció este lunes en Córdoba, a los 97 años, dejando una extensa trayectoria atravesada por la memoria, el compromiso político y una notable capacidad técnica.
Nacido en Mendoza, Alonso mantuvo un fuerte vínculo con Córdoba, donde se radicó tras su regreso del exilio. Desde allí desarrolló buena parte de su producción y construyó un legado que trascendió las fronteras nacionales.
El director del Museo Palacio Ferreyra, Pancho Marchiaro, lamentó la muerte del artista y destacó la dimensión de su obra. “Es, sin lugar a dudas, uno de los grandes maestros argentinos; tal vez uno de los últimos que conectó un legado con la actualidad”, sostuvo.
Marchiaro remarcó especialmente el lugar que Alonso ocupó como testigo y protagonista de una de las etapas más dolorosas de la historia argentina. Según explicó, el artista logró representar “el horror de los años de plomo” con una mirada directa, atravesada por sus propias experiencias.
Una obra atravesada por la memoria
Uno de los trabajos más representativos de esa dimensión es Manos anónimas, una serie que actualmente se exhibe en el Museo Palacio Ferreyra, en el marco de las actividades por los 50 años del golpe de Estado de 1976.
La elección de la obra, explicó Marchiaro, respondió a su enorme potencia testimonial y a la capacidad de Alonso para transmitir el dolor de una época. Sus dibujos y pinturas no solo registran hechos históricos, sino que buscan interpelar al espectador desde una dimensión humana y emocional.
La historia personal del artista estuvo además profundamente marcada por la desaparición de su hija Paloma, ocurrida en 1977 durante la última dictadura militar. Alonso se encontraba en Italia cuando ella fue secuestrada. Paloma era militante y pedagoga, y su desaparición se convirtió en una de las experiencias que atravesaron de manera decisiva la producción artística de su padre.
La muestra de Manos anónimas incluye incluso las últimas cartas intercambiadas entre ambos.
Para Marchiaro, la fuerza de la obra de Alonso puede percibirse incluso antes de conocer su contexto histórico. Su dominio del dibujo y, particularmente, de la figura humana genera un impacto inmediato en quienes observan sus trabajos.
“Es un trabajo que te abraza y te deja en tu lugar: el de un ciudadano, el de un argentino”, señaló el director del Palacio Ferreyra al describir la experiencia frente a las obras del artista.
Mucho más que el dolor
Aunque la memoria y las heridas de la historia argentina ocuparon un lugar central en su producción, la trayectoria de Alonso estuvo lejos de limitarse a esa temática.
A lo largo de su carrera realizó reconocidas ilustraciones de obras como Martín Fierro y La Divina Comedia, además de homenajes a grandes maestros de la historia del arte.
Entre sus trabajos más recientes se encuentra una serie presentada en el Museo de Arte Contemporáneo de Unquillo (MACU), donde rindió homenaje a algunos de sus referentes. Allí, por ejemplo, recreó a Vincent van Gogh en un paisaje serrano, demostrando que su producción también podía detenerse en la belleza, la naturaleza y aquellos artistas que marcaron su formación.
Para Marchiaro, esa capacidad de transitar entre el dolor, la memoria, la naturaleza y la tradición artística explica buena parte de la vigencia de su obra.
La muerte de Carlos Alonso deja un vacío en la cultura argentina, pero también un extenso patrimonio artístico que continúa vigente. Sus pinturas, dibujos e ilustraciones permanecen como testimonio de una época y como parte de la memoria cultural del país.
435 obras integrarán el 2° Festival Estudiantil “Nuestro Arte es Trabajo”
