Murió David Hockney: adiós al maestro que reinventó el color y la mirada

A los 88 años falleció en Londres el artista británico más influyente de su tiempo. Dejó un legado que abarca desde el Pop Art y sus icónicas piscinas hasta la experimentación digital de vanguardia.

Murió David Hockney: adiós al maestro que reinventó el color y la mirada

(1937- 2026).

David Hockney, el pintor que llevó el color a nuevas dimensiones y capturó la esencia del hedonismo californiano y la calma de la campiña europea, falleció a los 88 años en su residencia de Londres. Su partida, confirmada este viernes, cierra una trayectoria de más de siete décadas marcada por la observación minuciosa y una curiosidad técnica inagotable que lo mantuvo vigente hasta sus últimos días.

Nacido en Bradford en 1937, en el seno de una familia trabajadora, Hockney mostró desde joven una rebeldía creativa que lo llevó a destacar en el Royal College of Art de Londres. A lo largo de su carrera, se consolidó como un genio versátil que dominó el óleo, el grabado, la fotografía y, en su etapa final, el dibujo digital en iPad, siempre bajo una premisa sencilla pero inquebrantable:

«Pinta las cosas que amas».

Del realismo pop a la libertad californiana

La fama internacional de Hockney se cimentó en la década de 1960, cuando se mudó a Los Ángeles. Allí, fascinado por la luz resplandeciente y el estilo de vida de las colinas de Hollywood, creó su serie más icónica: las piscinas. Obras como «A Bigger Splash» (1967) y «Portrait of an Artist (Pool with Two Figures)» (1972) se convirtieron en símbolos de una era. Esta última alcanzó en 2018 el precio récord de 90,3 millones de dólares en una subasta, convirtiéndolo en ese momento en el artista vivo más caro del mundo.

A Bigger Splash» (1967), de David Hockney.

En California, Hockney no solo encontró una nueva paleta vibrante, sino también la libertad para representar la intimidad y la diversidad sexual de una manera «sin concesiones». Su obra fue pionera en la visibilización de la homosexualidad, celebrando el hedonismo en un momento en que aún era penalizado en su país natal. «Amo contemplar el mundo», solía decir, una pasión que trasladó a retratos dobles emblemáticos como el de sus padres o el de sus amigos Christopher Isherwood y Don Bachardy.

La obsesión técnica

Lo que distinguió a Hockney de sus contemporáneos fue su negativa a estancarse en un solo estilo. Experimentó con foto-collages de Polaroid para desafiar las reglas de la perspectiva tradicional, buscando un cubismo actualizado inspirado en su héroe, Pablo Picasso. En sus últimos años, abrazó la tecnología con entusiasmo juvenil, utilizando iPhones y iPads para capturar el paso de las estaciones.

Durante el confinamiento por el covid-19 en 2020, refugiado en su casa de Normandía, produjo una serie de paisajes digitales que envió diariamente a sus amigos como un acto de resistencia poética. En aquel momento, dejó escrita una frase que hoy resuena como su testamento espiritual: “Podrán detener todo, pero no podrán cancelar la primavera”. Su capacidad para adaptarse a los nuevos instrumentos, desde la cámara oscura hasta las aplicaciones de dibujo, demostró que para él la técnica era simplemente un medio para profundizar en la visión bidimensional de la realidad.

El último acto de un visionario

Tras años de vivir entre Estados Unidos y su granja francesa en Lisieux, Hockney regresó a Londres en 2023 para estar más cerca de la atención médica, aunque nunca dejó de trabajar. Su reciente retrospectiva en la Fundación Louis Vuitton de París, que reunió más de 400 obras, fue una confirmación de su vitalidad y popularidad masiva, mostrando desde sus primeros retratos en Yorkshire hasta sus inmensos lienzos inspirados en los tapices de Bayeux.

A pesar de haber sufrido un ictus en 2012 que afectó temporalmente su habla, su voluntad de crear permaneció intacta. En una entrevista concedida en 2016, el artista resumió su relación con el oficio: “Cuando estoy pintando me siento como si tuviera 30 años, como Picasso. Cuando no estoy pintando me siento como si tuviera 60 o así”. David Hockney se marcha dejando un vacío en el arte contemporáneo, pero cumpliendo el deseo que expresó antes de una de sus grandes muestras en la Tate Britain: que la gente extraiga de su obra “un poco de alegría” y que disfruten del mundo tanto como él disfrutó mirándolo.

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