Cabeza de vaca, el primer libro de cuentos de Paulina Cruzeño, oscila entre el realismo y el fantástico, entre las obsesiones de la mente y la potencia de una mitología capaz de modificar el curso de la vida. Esposas que sienten el llamado de la sangre, niñas con delirios místicos, jóvenes atemorizadas por un embarazo no deseado: cada historia escarba en problemáticas sensibles que tienen a la mujer como protagonista.
El escenario que predomina, ya sea como marco para la trama o como recuerdo, es la llanura pampeana. El campo y sus costumbres orientan las decisiones que se toman, como si una fuerza opresiva (y, en ocasiones, liberadora) impidiera pensar el mundo fuera de las coordenadas del lugar de origen.
En “Cabeza de vaca”, el relato que abre el libro, una mujer mayor encuentra en la puerta de su departamento un cráneo vacuno, limpio, sin cuero, similar a los que podían hallarse en el medio del campo. Sin dudarlo, entiende que está ahí para ella y decide usarlo como interlocutor para entender el enojo que marca sus días.
A disgusto en la ciudad en la que viven sus hijas, y con un marido incapaz de comprender las razones de su angustia, la mujer encuentra en esta especie de amuleto un aliado para descubrir sus deseos más profundos. Y, cuando por fin lo hace, la cabeza de vaca empezará a hablarle para guiar sus pasos.
Las supersticiones populares reaparecen en “Los daños”, “Apolinario” y “Guadal”. En el primero, una pelea entre abuelas, madres y tías, impacta en una niña que crece ante la amenaza constante de ser víctima o medio de alguna brujería. La mirada infantil capta, con sutileza y precisión quirúrgica, los efectos de una depresión posparto no tratada a tiempo.
“Apolinario” aborda la extraña muerte de un joven y su parecido con un santo. Y en “Guadal” se recuperan creencias indígenas y un ritual ancestral transforma la lógica del duelo a tal punto que una hija puede enfrentar la pérdida de su madre desde un lugar alternativo. En este último cuento, acaso el más dotado de imágenes poéticas, se desdibujan las fronteras entre el sueño y la vigilia, el cuerpo y el espíritu, la vida y la muerte.
“Y yo que creía que un duelo solo era llorar, que mientras vos estabas enferma y postrada y yo en mi vida, lejos, en otra ciudad, te perdía”, dice la protagonista, para pronto descubrir su error. “Pero no, vos todavía estabas acá.”
Si en los cuentos anteriores priman elementos propios de lo fantástico, “El parto psíquico” se construye con una óptica más realista. Allí aparece una mujer que decide separarse de su esposo, aunque sigue conviviendo con él, y realiza un tratamiento psicológico para dar a luz a sus necesidades de mujer, guiada por una médica forense que ha llegado de la ciudad y se revela poco ortodoxa.
Del mismo modo, “Ella está muerta y yo no” también se mantiene dentro de los bordes de lo real, aunque no de la cordura. Porque la protagonista, una trabajadora no docente, interpreta los cambios que siente en sus senos como signos de un embarazo. Y por más que tenga una menstruación regular, por más que haya pasado mucho tiempo de su última relación sexual (con preservativo), por más que cada test que se haga dé negativo, ella sabe que está embarazada. Y no quiere tener un hijo.
La intertextualidad y el peso de la historia irrumpen en “Acá no hay gente”, un cuento con notas borgeanas donde dos amigas reniegan de dormir la siesta. En ese pueblo pampeano en el que, en otra época, estaba trazada la frontera con el territorio de los Ranqueles, nadie sale después del almuerzo, sin excepción.
Tras una serie de referencias a la conquista, a los malones y a la violencia propia del nacimiento de la nación, se desata el conflicto: una de las niñas huye de su casa sin que nadie lo note y se encuentra sola, en la calle, enfrentada al silencio temerario del espacio vacío. Entonces, pasado y presente se funden y los temores que suelen asolar a la mujer se hacen visibles en el horizonte.
El último cuento, “La llanura, la violencia y el silencio”, es el más extenso. Aquí se funden los distintos tópicos que atraviesan el libro, desde la mística religiosa y la superstición hasta las coacciones que padecen las mujeres, en particular dentro del propio seno familiar.
Con una prosa desprovista de rodeos y una economía de recursos, Paulina Cruzeño consigue en Cabeza de vaca construir historias que arraigan en la memoria del lector. Cada cuento, además, da cuenta de distintas sensibilidades, donde la ternura convive con la locura y la desolación de la llanura pampeana se proyecta sobre el paisaje humano.
