Y el pichoncito voló (en el San Jerónimo)

Su figura no era la más agraciada de Córdoba. Su cuerpo robusto pesaba unos 140 kilos. En la niñez, la viruela había dejado sus marcas en la piel para siempre. Y por alguna extraña razón uno de sus ojos estaba defectuoso, chueco, casi inservible. Sus pelos rojos cerraban el círculo del hombre bautizado José María Llanés y que prontamente pasó a ser reconocido, de modo obvio, como el Cabeza Colorada.

pichoncito

José María Llanés nació en El Abrojal, ese festival de la pobreza, en 1890. Poco agraciado físicamente y escasez en los bolsillos, el destino le indicaba un camino sin retorno, de acuerdo a lo que establece el manual de los prejuicios: marginalidad, pobreza y conflictos con la ley penal.

Pero el Cabeza Colorada, que vivió siempre en la atmósfera de los márgenes cordobeses, agarró una guitarra y se convirtió posiblemente en la figura más destacada de la bohemia arrabalera de la Córdoba del 1900. Guitarrista y cantor, después de su exilio en el impenetrable Chaco -a donde había huido tras algunos contratiempos en su, nuestra ciudad-, durante unos 20 años, fue para la noche cordobesa lo que hoy representa, por caso, Carlos Giménez: el gran animador de la nocturnidad mediterránea.

El maestro Roberto Ferrero, en un perfil biográfico que es también un cuadro de época, cuenta que el Cabeza nunca andaba solo. Mecha Vila, la calandria cordobesa, ponía el candor femenino de su voz en algunas presentaciones de Llanés. No sería la única estrella mujer de la noche cordobesa. Pocos años después la rompería en los escenarios de Córdoba Alcira Britos, la primera bandoneonista de nuestra historia. Para 1935, Alcira crearía su Orquesta de Señoritas, en donde una sobrina la acompañaba en batería.

Pero volvamos al Cabeza Colorada, que tenía sus laderos, fieles aliados en cada show y que lo seguían como la sombra al cuerpo -y qué cuerpo-: uno era el ‘Negro ‘e la Juana’ -muchacho de tez oscura cuya madre se llamaba Juana-, quien se encargaba de llevarle la guitarra. El otro tenía nombre propio y artístico; un jovencísimo Chango Rodríguez aprendió al lado del Cabeza Colorada los secretos del escenario y otros más, inconfesables. No sólo aprendió la habilidad del gran hombre para entonar y afinar la viola, también escuchó la interminable cantidad de anécdotas que envolvían de un halo misterioso y cómico al gran artista marginal de Córdoba. Como aquella noche de 1917, cuando en pleno recital de Llanés, llegó Carlos Gardel y el pelirrojo le dijo:

_ Pibe, por fin tiene el honor de conocerme. Yo también oí hablar de usted. Siga así que algún día triunfará.

La gran estrella de la canción (Gardel), lejos de tomarlo como una ofensa, se rió de la ocurrencia del cordobés y desde entonces se convirtieron en íntimos amigos, aun cuando el zorzal criollo ya era una estrella en el firmamento universal.

Otra noche, recuerdo Ferrero, en As de Copas, en la esquina de Rincón y Rivadavia, el Cabeza Colorada con sus 140 kilos a cuestas y su presencia intimidante, se había disfrazado de angelito. Alguien del público le gritó, poco cortés:

_ Che angelito, ¿por qué no volá’?

A lo que él, el más rápido de la noche cordobesa, le respondió:

_ ¿No ves que soy pichoncito?

Sus recorridos nocturnos eran infinitos. De gira siempre que la luna reinara, el Cabeza Colorada tocaba donde su público lo reclamara. Su impulso tanguero generó que Córdoba llegase a tener alrededor de 30 orquestas típicas. En el circuito La Tablada, al noroeste de la ciudad y alejado del centro ruidoso, lo esperaban como la estrella que era: ponía música y también una ocurrencia que completaba una noche ideal. En uno de sus recitales en el circuito cercano a la 14, mientras entonaba el tango La Muchacha del Circo y el artista repetía la estrofa que dice “yo soy la muchacha del circo”, alguien desde la pista de baile le tiró:

_ Si vo’ sos la muchacha, cómo será el lión.

El Cabeza, que siempre era más rápido que sus oponentes, en ésta se rindió y eliminó del repertorio la canción en cuestión, según se relata Ferrero en su obra La Mala Vida en Córdoba.

Muerto en 1937 y en la más oscura de las miserias, el ataúd que fue su último aposento era de la peor calidad posible. Para mal de males, el Cabeza, al momento de su muerte, andaba por los 160 kilos. Como última obra artística, mientras algunos amigos lo despedían en el San Jerónimo, el cajón se desfondó. El angelito esta vez sí voló: ya no era un pichoncito.

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