Hay momentos en los que uno abre un libro buscando exactamente lo contrario de lo que termina encontrando. Se llega a las páginas con la ilusión ingenua de hallar una brújula, un atajo para ordenar el caos diario o, en el mejor de los casos, la revelación secreta de cómo lidiar con la incertidumbre. Sin embargo, la literatura casi nunca funciona como una farmacia de turno ni como un manual de instrucciones para la existencia.
La pregunta qué buscamos cuando leemos tiene tantas respuestas como estantes hay en una biblioteca, pero en el fondo esconde una misma sospecha: la incapacidad de habitar la realidad sin un espacio de fuga o de contraste. Para algunos, la lectura no es más que una trinchera, un refugio donde el tiempo se frena y el ruido de la rutina se apaga por un consciente de un espejo que no siempre devuelve una imagen amable, pero que al menos devuelve algo real.
El origen del placer y la magia de la materia
Ariel Ingas —escritor, con tres libros publicados y docente universitario en el área de lenguas y literatura argentina— indaga en esa fuerza primitiva que nos devuelve una y otra vez a los libros. Para él, en el origen de todo lector habita una chispa imborrable: “El lector sabe, de alguna manera consciente o inconscientemente, que en esa actividad va a haber algo de la dimensión del plano del placer. Nadie tiene en su origen mítico como lector el displacer, porque si no, no lo repite. La lectura es eso, una reactualización de esa actividad asociada al placer”.
A ese ritual interior se le suma, además, la dimensión física del objeto, esa sensualidad discreta que solo el papel sabe ofrecer. Sostener un volumen entre las manos, sentir el peso de la historia, percibir el brillo sutil de la tinta recién impresa, el color particular de las hojas y hasta ese olor tan característico tienen un encanto que ninguna pantalla ni algoritmo ha logrado aún replicar del todo. Hoy la lectura convive y disputa su territorio con el frío resplandor de una tablet, la inmediatez de la tinta electrónica o la comodidad soplada al oído de los audiolibros. Y aunque las historias sigan siendo las mismas, la experiencia sensorial cambia radicalmente cuando se pierde el peso del papel entre los dedos.
Desde esa misma fascinación por la materia y el misterio del objeto impreso, el escritor y docente universitario Pedro Santucho —con trayectoria en la UNC, UTN, UNVM y la Sociedad Argentina de Escritores— concibe la lectura como un ritual ancestral y multisensorial que conecta cuerpos e historias a través del tiempo: “Es un ritual con toda la vitalidad de los sentidos a nuestra disposición: la sensualidad del olor al papel, a la tinta y hasta el sentimiento mágico del aroma de una persona que lo leyó anteriormente y que nos transmite, a través de esas páginas amarillentas de un libro pre-amado, algo de su corporalidad, de su amor o de sus congojas. El tacto percibe texturas y pesos; la vista ve paisajes nuevos de caligrafías, de blancos y colores. La imaginación vuela a paraísos o a infiernos; toda obra literaria tiene algo de Divina Comedia”.
Pausas necesarias frente al imperio de la prisa
En el fondo, la pelea no es contra las pantallas ni contra la tecnología, sino contra la prisa. Vivimos con la cabeza llena de notificaciones, mensajes a medio responder y la sensación constante de que llegamos tarde a todos lados. Abrir un libro obliga a desacelerar a la fuerza. Es de las pocas cosas que nos quedan donde nadie nos apura, donde no hay un temporizador marcando los minutos ni una luz intermitente pidiendo nuestra atención.
Desde la perspectiva de la comunicación y la docencia, Fabián Gómez —comunicador visual y profesor universitario— complementa esta visión material recordando que el libro es, antes que nada, un objeto de deseo cuidadosamente diseñado. Para Gómez, la tipografía, la textura de la tapa y la diagramación no son meros adornos, sino canales que condicionan la inmersión: “Me pasa que siento atracción por el libro cuando está bien presentado, bien diagramado; me fijo en la tipografía, la fotografía, la textura y el envoltorio. La presentación es un valor agregado, y cuando la edición no acompaña al contenido, siento que un poco me desconecto”.
Esa búsqueda personal frente al catálogo impreso abarca tanto la evasión a través del humor o la ficción narrativa como el abordaje de relatos con un fuerte anclaje en la memoria y los derechos humanos. En ese recorrido de lecturas, Gómez matiza la idea del libro como una receta rápida para resolver encrucijadas personales, aunque rescata su capacidad de acompañamiento: “Siento que una forma de buscar solución a mis problemas a través de un libro es leyendo relatos, autoficción, o autores que se van a la banquina con algún agregado bizarro. Encuentro la resolución entre la diversión y el entretenimiento, cuando el texto resulta estimulante desde ese lugar”.
Un diálogo que enciende la voz y completa el sentido
A su vez, la experiencia del texto impreso trasciende el silencio individual cuando se convierte en sonido compartido o en un puente invisible con otros. Gómez destaca la dimensión comunitaria y casi vital que cobra la lectura al recuperar la tradición oral: “El ejercicio de la lectura en voz alta genera algo diferente, ni hablar cuando hay oyentes del otro lado. Leer el contenido de un libro en voz alta es darle una especie de luz; me da la sensación de que el libro vive, de que esos escritos se mueven cuando uno los pronuncia”.
En esa experiencia compartida, el papel del lector no es pasivo; la lectura demanda una complicidad activa. “A mí me gusta mucho que una obra me habilite a construir sentidos”, reflexiona Ingas al pensar en su propio recorrido frente a las páginas. “Me gusta el juego estético del lenguaje de la palabra, los desplazamientos de sentido, las metáforas. Y también una cuestión bastante visual: me engancha mucho la literatura donde yo pueda ir construyendo de una manera gráfica, visible. Si me habilita a crearla, a ejercitar mi creatividad, yo ahí me quedo. Ese tipo de lectura a mí me seduce”.
Sobre este punto, Santucho coincide en que el acto de leer es, en esencia, un encuentro de dos voluntades donde el lector completa y reescribe la obra original, superando cualquier barrera geográfica o temporal: “Leer un libro es entablar un diálogo con gente que vivió en el pasado o que es contemporánea y jamás se acercó a nuestra residencia, viviendo a miles de kilómetros. Como lectores somos sujetos necesarios para significar aquello que con alguna intencionalidad escribió quien quería comunicarse con nosotros. Nosotros los lectores humildemente resignificamos, reescribimos a través de la interpretación lo que aquel ser humano largó a los vientos para que sus papeles sean encontrados casualmente. Escribir es desnudar el alma, y leer es verla en su profundidad”.
Perderse en la lectura: la infancia recuperada
Pretender que un libro resuelva nuestros problemas suele ser el primer paso hacia la decepción. Los libros rara vez arreglan la vida, en todo caso, enseñan a nombrarla de otra manera, a darle un ritmo a los dolores, las alegrías o las dudas que hasta ese momento eran solo un murmullo difuso. No leemos para encontrar respuestas definitivas, sino para descubrir que nuestras preguntas no son tan raras ni estamos tan solos al hacérnoslas.
Tal como señala Ingas, el valor de la literatura muchas veces prescinde de los artificios o los giros inesperados: “La sorpresa no me gusta en la vida ni en ningún lado, no me suma puntos que me sorprenda el final del libro. El tema está en ese habilitarme a que yo participe, a que yo construya, a que me imagine lo que el texto me propone”.
En las antípodas de esa búsqueda estructurada, el poeta y ensayista cordobés Carlos Surghi propone una mirada donde leer es, esencialmente, perderse. En su visión, el acto de lectura no busca orden ni utilidad, sino un refugio caótico y profundamente primario. Surghi lo describe de forma rotunda:“Hay un lector que lee para dejar de hacerlo, para evitar un destino profesional, una distracción nueva o un regreso de la melancolía. Lee de forma desordenada, lleno de distracciones, buscando la interrupción; lee sin orientación clara, se extravía y desaparece. Lo que no sabe es que leer así es la única forma de leer, porque una y otra vez recae en la acción que no puede evitar: fidelidad a una forma, reiteración de una postura, apuesta por un desvío. Si busca algo en la lectura no lo encuentra. Si ansía algún tipo de perfección moral se arruina a sí mismo. Yo soy un poco ese lector. ¿Qué hay entonces en leer? Me arriesgaría a decir que pura infancia, licencia ante cualquier sentido, gratuidad contra un mandato de lo útil. Por eso, quienes dicen ‘cada vez se lee menos’ tienen razón. Fatalmente uno crece, deja atrás al niño de la concentración inmanente, se vuelve un adulto con intereses. Pero como la lectura es el arca de la infancia, menos es más. Vuelvo a ciertos libros. Solo cuando en lo que me rodea no hay más maravillas, cuando el atisbo sagrado de la vida -único libro por leer- no está próximo. Leo entonces el día que se retira. El rostro de una chica. Mi espejo sin palabras”.
Un acto de resistencia silenciosa
Entre la evasión pura, la gratuidad desordenada que plantea Surghi, el gozo estético de Ingas, la valoración gráfica de Gómez y la vocación de diálogo y asombro que destaca Santucho, se despliega toda la verdadera magia de la lectura. Como concluye el propio Santucho, la literatura es una liturgia mutante pero indestructible: “Es una liturgia que con el tiempo va cambiando sus formas, de la oralidad a la escritura o a los métodos digitales. Pero la lectura sobrevive y mientras no perdamos la capacidad de disfrutar, seremos capaces de asombrarnos al leer aquello que posiblemente cantaba Homero para aquellos que tuvieron la dicha de escucharlo con admiración y deleite”.
Se lee para espiar vidas ajenas, para viajar sin salir del sillón, por puro gozo o simplemente para matar el tiempo antes de dormir. Y en ese gesto cotidiano, casi anacrónico en un mundo dominado por pantallas que todo lo aceleran, leer sigue siendo un acto de resistencia silenciosa. Tal vez el único secreto que oculta un libro sea ese: recordar que siempre hay otra forma de mirar las cosas.
Al final del día, nadie nos toma lección por las páginas leídas ni nos entrega un trofeo por terminar un tomo pesado. Tampoco pasa nada si dejamos un libro por la mitad porque no nos enganchó; la lectura no es una obligación de la que haya que rendir cuentas, sino un lugar al que se vuelve por gusto.
Por eso, cuando nos preguntamos qué buscamos en los libros, la respuesta más honesta suele ser la más simple: buscamos una compañía callada. Un par de hojas que nos hagan un hueco en el día para recordar quiénes somos, qué nos emociona o, sencillamente, para dejarnos en paz un rato.
