Lucio Domicio Enobarbo, nuestro protagonista, es famoso por su seudónimo: Nerón. Nació un 15 de diciembre del año 37 en Antium, al sur de Roma. Era hijo de Agripina la menor y Cneo Domicio Enobarbo, un político tan poco querido que el historiador Suetonio lo describió como “un hombre despreciable en todos los sentidos”. Su madre, que fue su mentora y luego terminaría siendo una de sus víctimas, descendía de Augusto y era hermana de Calígula.
Una familia tan jodida que el padre diría sobre su hijo “Es imposible que ningún hombre bueno salga de mí y de esta mujer”. Y tenía razón.
Para continuar describiendo el grupo familiar se puede mencionar que la mamá, al enviudar, no lloró durante el luto sino que rápidamente se casó con su propio tío, el emperador Claudio (que acababa de ejecutar a su esposa). Así fue el entorno familiar de Neroncito, adoptado como hijo por su tío abuelo y mandatario, cuando cumplió 12 años. Pocos meses más tarde, enredado en lo que parece el guión de un film gore, se instaló como posible heredero y dio un discurso en el senado. Iniciaba así su vida política y su condición de celebrity. Todos los días sumaba miles de seguidores hasta que, a los 17 años, en lugar de tramitar su carnet de conducir fue designado emperador.
Una biopic de terror
Sus primeros días al mando del imperio estuvieron caracterizados por un importante respaldo popular (que luego le obsesionó), tanto por su juventud, como por su ánimo de poner fin a una saga de mandatarios déspotas y autócratas. Un buen comienzo, seguramente sugerido por Lucio Anneo Séneca, su tutor, reconocido por su aporte a la filosofía estoica.
Pero su comportamiento sensible duró poco tiempo. Resumiendo, Nerón mató a sus esposas (una a patadas, estando embarazada), a su hermano -no sin antes hacerle imposible la vida-, al propio Séneca, y a su madre, entre una numerosa cantidad de opositores políticos, o sencillos desafortunados que se cruzaron en su camino.
En cuanto al matricidio, diversos historiadores coinciden en el ánimo imperial de presentar ese horrendo crimen como una victoria sobre una traidora. De esta manera la muerte de su madre fue el pretexto para organizar unos espectaculares juegos y celebraciones que incluían desde obras de teatro, hasta carreras de carros.
Desbloqueado el control materno, Nerón empieza una fase artística, presentándose en acontecimientos públicos tocando la lira o cantando. A estas prácticas se le sumó la interpretación teatral e incluso participar de carreras. Emperador e influencer, su popularidad creciente chocó con la seriedad que se espera de un hombre público. La desconfianza entre los senadores e intelectuales también se elevó mientras él -esmerilado frente a las críticas- les descalificaba y perseguía. Suena actual, ¿verdad?
Todo parecido con la actualidad no es pura coincidencia
Además de sus deseos actorales, Nerón profundiza su farandulización al mismo tiempo que su vida privada se descontrola. Protagonizando un espiral de atrocidades, su egomanía y despotismo se desentiende de la necesaria participación de otros órganos públicos.
En esta etapa personal y de gobierno, Roma se incendia y, aunque intentó responsabilizar a los cristianos -en ese entonces un grupo religioso tan minoritario como resistido-, la condena social cayó toda sobre él. Mucho después la historia inmortalizó una imagen del autócrata tocando el violín en pleno incendio -algo poco probable porque ese instrumento de cuerdas se inventaría quince siglos más adelante-, pero que simboliza el desprecio por su persona y gestión. Por entonces también comienza a ser denominado “la bestia” debido a que las letras de sus nombres, según la cábala hebrea, sumaban 666.
Discursos incendiarios
Su vocación conflictiva e insensible contribuyó con una gran cantidad de revueltas en diferentes puntos del imperio y, al mismo tiempo, numerosos conflictos políticos en la propia Roma con un final casi siempre idéntico: ataque y persecución para los opositores. El senado se transformó en el blanco de su furia, sencillamente por su papel representativo.
En los últimos dos años de su vida y mandato, el emperador realizó su único viaje al exterior: se trasladó a Acaya, en Grecia, para competir en las olimpíadas. Como era de esperar, en las pruebas que participó, recibió el oro. Spoiler: después de su muerte, esas medallas fueron anuladas por tramposo. Su voracidad, violencia y crueldad -que costaron muchísimas vidas- fueron la causa de su debacle política.
Solo y perseguido, se quitó la vida después de declamar “¡Qué artista muere en mí!”.
El gobierno transformado en un espectáculo
La historia de Nerón es tan remota como vigente. Al imperio romano le tomó muchos siglos diferenciar al gobierno del Estado, una enseñanza que se extendió a todo el globo aunque en estos años los mandatarios -tanto los lejanos como los cercanos- vuelven a confundir el ejercicio de un cargo público con una extensión de sus deseos y necesidades. Desidia, nepotismo, así como la egomanía, son los ingredientes de discursos incendiarios y la desacreditación de quienes piensan distinto. Una época teñida de furia, con el debate público anulado, confirman una democracia en decadencia. Con una parte de los referentes sociales denostados y transformados en memes para alimentar la hoguera de las redes sociales, con la mentira y la difamación como herramienta, sólo sobreviven los aplaudidores obligados, y la ciudadanía se transforma en audiencia. Es la historia de Roma, la vida de Nerón, pero también pareciera la biografía de Trump, Maduro, Netanyahu o el Ayatolá Alí Jameneí.
