Santiago La Rosa y las familias perturbadoras

Por Julieta Grosso

Santiago La Rosa y las familias perturbadoras

El narrador de «La otra hija» se convierte en padre, y mientras va desovillando sus recursos y flaquezas frente a esa experiencia, se interroga sobre el efecto que ha tenido sobre él la figura paterna.

 

En la experiencia de un hombre que se convierte en padre caben pulsiones amables como el amor o el deseo de proteger a un hijo contra los peligros del mundo, junto a otras más incómodas o dolorosas como el miedo a que fallen las señales de alerta y sobrevenga alguna tragedia, sensaciones que corroen al protagonista de «La otra hija», una novela de Santiago La Rosa que narra, con tránsito de policial, los modos en que la paternidad funda vínculos nuevos y replantea los preexistentes.

Alcanzado por el terror que le genera sentir que la vida de su hija puede estar acechada por riesgos que no logra identificar, dibuja una trayectoria errática: el miedo lo paraliza al punto de alejarlo silenciosamente de aquellos a los que ama. Se da cuenta de ese éxodo involuntario hacia sí mismo y piensa que una manera posible de frenarlo es desandar la esquiva relación con su padre hacia un pasado que le permita encontrar certezas o señales.

«Había algo de confianza y algo de ingenuidad en creer que armar la historia de mi padre me iba a librar del miedo por mi hija», dice frente a esa búsqueda que presiente poco esclarecedora, contradictoria: cuando más se acerque a la historia de ese hombre -un psicoanalista que coquetea con las terapias new age- más serán los agujeros negros que surjan a través de los relatos fragmentarios de quienes alguna vez formaron parte de su cotidianidad.

Entre esas nuevos nudos enigmáticos que se instalan hay uno particularmente inquietante sobre el que se pesan leyendas terribles: antes de que él y su hermano nacieran, su padre tuvo una hija y otra mujer que murieron, según los distintos relatos articulados por los testigos de aquella historia, todos disímiles pero igualmente siniestros. Pero el protagonista ya no tiene la posibilidad de cotejar versiones con su padre, que a cierta altura de la trama desaparece sin explicaciones, aunque reaparece cada tanto a través de fotografías o mensajes por Whatsapp que se pueden leer como un gesto disciplinador, para seguir incidiendo sobre la vida de su hijo.

En torno a esa relación tan esquiva con la figura paterna que se construye a través de la ausencia, se define uno de los interrogantes de «La otra hija»: dónde nos sitúa la mirada del otro, en qué medida nos cifra y nos condiciona ese lugar donde el otro nos coloca. ¿Hasta qué punto ese hijo se siente atrapado en la maqueta que ha hecho de él su padre?

En ese recostarse en la figura paterna para configurar el espacio de su propia paternidad, descubrirá que su padre puede aportar algunas certezas desde el antagonismo: no le enseña aquello digno de emular en la experiencia, pero sí parece dejarle en claro con su «anti ejemplo» las cosas que no debería hacer para no dañar a su hija ni a sí mismo.

La Rosa, que además de autor de la novela «Australia», es fundador y editor de la editorial Chai, instala el temor que genera la posibilidad de una genética ineluctable que lleve a repetir patrones o gestos de los padres: el miedo de no poder descorrernos del mandato.

¿Cuáles fueron las primeras imágenes o pensamientos que alimentaron el germen de la novela?

– Santiago La Rosa (SLR): «La otra hija» nace de un tema que siempre me obsesionó: el terror por los hijos. Cómo se los cuida y cómo se los entiende. La imagen inicial de un hijo amenazado, del esfuerzo de un padre por cuidarlo, por mantenerlo con vida, viene de ahí. Hay una tradición de novelas sobre el padre que para mí fue fundamental. Autores que admiro, a los que releo, y que escribieron estos textos sobre padres que fallan, que no entienden ni pueden con sus hijos. Pienso en «Desgracia» de Coetzee, en «Pastoral Americana» de Philip Roth; pero especialmente en «La carretera», de Cormac McCarthy, que lleva al extremo la posición de impotencia y a la vez la pulsión del cuidado, de la función de un padre que inventa con palabras un mundo para su hijo, una esperanza que lo sostenga cuando no queda nada más.

Vivís en un pequeño pueblo cordobés como el narrador y convertirte en padre fue para vos una experiencia relativamente reciente ¿Cuántas de las vacilaciones que acechan al personaje son un desplazamiento de tus propias obsesiones y fantasmas?

– SLR: Quería que lo verdadero de la historia estuviera sostenido por la estructura de ficción. Hay algo biográfico que se filtra, por supuesto: está el escenario familiar de un pueblo chico, las sierras y los ritmos del clima. Y claro que está mi experiencia como padre pero no aparece en el libro en los hechos sino desde las fantasías, los miedos y quizás lo que opera desde el inconsciente.

¿La necesidad del protagonista de indagar en la vida paterna está movida por el deseo de entender a ese hombre o acaso busca la evidencia tranquilizadora de la diferencia, es decir, encontrar en la historia de su padre elementos que lo ayuden a desmarcarse de él?

– SLR: La lectura de los libros sobre la muerte del padre acompañaron la escritura de la novela. A veces pienso que forman un género en sí mismo: en general un hombre, el escritor, pierde a su padre y eso desencadena una reacción: el inicio de un duelo, el hallazgo de verdades que no se conocían, el momento de hacer las paces con una figura que no está. Están los clásicos, como Paul Auster y Karl Ove Knausgard, pero también Mauro Libertella, Pascal Bruckner y el escocés John Burside. Más allá de las particularidades y estilos, son libros de hijos con padres más o menos fallidos.

La pregunta por la herencia en un sentido amplio abarca más que esa suerte de género, porque es una pregunta que me parece especialmente humana y, de algún modo, universal. El pasaje de hijo a padre actualiza el problema para todos los sujetos en todas las generaciones. Qué de lo heredado nos permite pararnos como padres, qué nos los impide, qué cuestionamos de lo que se hizo de nosotros como hijos.

Las indagaciones del narrador sobre la figura de su padre generan relatos encontrados que en algunos casos se neutralizan unos a otros y siembran la paradoja: cuanto más uno intenta aproximarse a la verdad, menos esclarecedora se manifiesta. ¿Qué impacto tiene en el protagonista esa operación?

– SLR: Un amigo leyó la novela y señaló la dimensión casi policial, el ritmo de lo que parece una investigación. Pero no es lo mismo la pregunta sobre un hecho que sobre un sujeto, sobre quién fue alguien y por qué hizo lo que hizo. Creo que en el narrador aparece con mucha fuerza la necesidad de saber sobre el padre, pero en algún momento queda claro que esta pregunta interminable es una fuga de su propia paternidad. Y si sigo pensando a partir de lo que decís, toda esa narrativa que mencionaba de los libros sobre la muerte del padre son libros de hijos que se aíslan para reencontrarse, descubrir o cuestionar a esos padres. De algún modo, lo que mueve el libro es la intención del narrador de hacer algo distinto como padre de lo que hicieron con él como hijo.

¿El protagonista necesita «sellar» esta ausencia para transitar ese duelo que le permita dejar el malestar que genera la ambigüedad? «Cuando no sabés de dónde viene la amenaza, vivís para el otro que acecha», dice uno de los personajes.

– SLR: Cómo confinar a una figura así fue una pregunta a lo largo de la escritura de la novela, cómo cerrar a un personaje tan fuerte como el padre y me parece que lo que el protagonista hace es dejar de pensar en términos de la verdad absoluta porque aparece imposible e inasible pero más que nada como una búsqueda interminable en la que puede perderse y perder mucho. El movimiento para él es llegar a una versión, una verdad subjetiva que le permita poner un freno, ser padre él, cuidar a esa hija que tanto miedo le da.

La existencia de una carta astral que parece preanunciar un destino trágico, la aparición de una víbora entre la maleza que amenaza la estancia de esa familia en las sierras, la historia de esa nena muerta junto a su madre y todas las tragedias laterales que salpican la historia del padre… ¿Te gusta pensar en esta idea de lo siniestro que habita en lo cotidiano?

– SLR: Totalmente, la familia es el núcleo donde me gusta situar las ficciones que escribo, me parece que puede ser un lugar especialmente perturbador. Es ahí donde construimos esa normalidad un poco imaginaria que siempre está amenazada desde dentro y desde fuera. Hacemos un esfuerzo por no pensar la fragilidad en que esa cotidianeidad se sostiene. «La otra hija» trabaja sobre cómo se lidia con la falta y con la tragedia y cómo esa salida deja una marca en todo lo que sigue incluso para las generaciones futuras.

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