Argirópolis, fue el mayor sueño sarmientino. Un sueño que soñó en su exilio en la época rosista y que plasmó en uno de sus libros: Argirópolis o los Estados Confederados del Río de la Plata, publicado en 1850. ¿Qué pretendía Sarmiento con Argirópolis? Emular, como siempre quiso, en todo aspecto, a Estados Unidos. Y así como allá se habían unido a muchísimos estados -muchos a la fuerza-, acá, el maestro mayor también quería unir. Unir Argentina, Paraguay y Uruguay para conformar un solo gran estado, enorme como el del Norte, pero al Sur del Sur, con la capital en la pequeña isla Martín García.
En su libro -que no firmó, porque pretendía que fuera un testimonio anónimo-, Sarmiento es un Sarmiento distinto al que conocimos posteriormente: se muestra pacífico y deseoso de una unión en concordancia y amor. “Entremos a un régimen cualquiera -dice el sanjuanino-, que salga de lo arbitrario, de lo provisorio, de los inconstituido y el tiempo, la tranquilidad, la experiencia, irán señalando los escollos y apuntando el remedio”. Un Sarmiento sosegado y armónico buscaba una unidad en base a acuerdos, amistad y amor. ¿Cuánto duraría eso?
El título completo de la obra, a quien reconoció como propia en 1851, era: Argirópolis: Solución de las dificultades que embarazan la pacificación permanente del Río de la Plata por medio de la convocación de un congreso y la creación de una capital en la isla de Martín García de cuya posesión (hoy en poder de la Francia) dependen la libre navegación de los ríos y la independencia, desarrollo y libertad del Paraguay el Uruguay y las provincias argentinas del litoral.
Esos sí que eran títulos de libros.
Razonado, bien documentado (muchos conocimientos de geografía tenía Valentín, su verdadero y olvidado nombre) y apacible. Así definen a las páginas de Sarmiento quienes las han estudiado. Su propósito era el de terminar la guerra, constituir el país, acabar con las animosidades, conciliar intereses y dar a cada provincia y a cada estado comprometido lo que le pertenece. Sarmiento buscaba el Nobel de la Paz en esta idea que conjugaba el sueño bolivariano de la gran Colombia y los planteos que previamente habían hecho Alberdi y el cordobés Mariano Fragueiro, entre otros.
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A la hora de poner ejemplos, el futuro presidente siempre miraba a Estados Unidos y contaba las proezas de los inmigrantes que llegaban a Nueva York a hacer la América. Y si Estados Unidos era el ejemplo, la contracara la representaba la avanzada de Rosas contra los originarios, aquella primera Campaña del Desierto (que sólo le facturamos a J.A. Roca):
_ Nuestras expedicioncillas a los indios -dice Sarmiento en Argirópolis- para volver con historias y paparruchas son especulaciones ruines de gobernantes para arrancar contribuciones y enriquecerse, o para preparar con ellas medios de engrandecimiento personal. No son los indios los que quedan cautivos; son los pobres pueblos, que suministraron soldados y dinero.
Páginas siguientes, Sarmiento abandonaba su bravura acostumbrada y volvía al Sarmiento piola en camino al Nobel de la Paz y les aclaraba a los hermanos paraguayos y uruguayos:
_ Lejos de nosotros la idea de querer someter a Uruguay o al Paraguay. Por eso, pedimos un congreso general en que todos los intereses sean atendidos y que el pacto de Unión y Federación se establezca bajo tales bases.
En el inicio de Argirópolis hay una razón al porqué pensar la unión de los pueblos. Se pregunta el sanjuanino:
_ ¿Cuántos años dura la guerra que desola las márgenes del Plata? ¿Cuánta sangre y cuántos millones ha costado ya y cuántos ha de costar aún? ¿Quiénes derraman esa sangre, y cuál es la fortuna que se malgasta? ¿Quién tiene interés en la prolongación de la guerra? ¿Por qué se pelean y entre quiénes? ¿Quién, en fin, puede prever el desenlace de tantas complicaciones? ¿No hay medio al alcance del hombre para conciliar los diversos intereses que se chocan?”
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Paradojas. Ese Sarmiento exiliado de 1850 quería paz. 18 años después, ese mismo Sarmiento sería presidente del país que lo había expulsado. Para entonces, lejos de la paz buscada, el país, Argentina, nosotros, junto a Uruguay y Brasil, masacrábamos al pueblo paraguayo. ¿Sería el Sarmiento de Argirópolis el que pondría fin al terror de la batalla?
No. Sarmiento, siendo presidente, volvió a ser el de siempre, lejos del Nobel de la Paz y tan cerca de la guerra, a la que ahora definía “necesaria, legítima y honorable”.
Del libro Argirópolis y la concordancia latinoamericana no quedaban más que algunos ejemplares que ya nadie quería leer.
