Una tarde de juguete

Nacido del impulso comercial pero inmune a la tacañería, el juego transformó patios en campos de batalla inolvidables. Una defensa del imperio de la imaginación.

juguete

El día del niño inició su andadura en 1958, durante la presidencia de Arturo Frondizi, luego de una recomendación de la Organización de las Naciones Unidas para promover el bienestar de la infancia. Cada país interpretó las sugerencias abordándolas junto a organizaciones de la sociedad civil. En Argentina, la Cámara Argentina de la Industria del Juguete impulsó la celebración, un dato que históricamente facilitó la tacañería de algunos familiares con el argumento de combatir una efeméride estrictamente comercial. Claro: el socialismo les crecía justo cuando había que regalar.

Sin embargo, el maleficio tacaño-marxista no impidió infinitas tardes habitadas por muñecos protagonistas de batallas épicas, autitos capaces de rescatar a nuestro yo diminuto de un alienígena, y bloques suficientes duros para proteger un castillo entre los geranios.

Eterno resplandor del juego

En la película Eterno Resplandor de una mente sin recuerdos (2004), Michel Gondry instala la idea de un equipo de profesionales capaces de borrar zonas de la memoria. Una metáfora cinematográfica que cobra actualidad con la amenaza del tiempo en pantalla derritiendo los depósitos de imaginación en varias generaciones.

Enfrentado al exterminio de recuerdos, defendería con toda mi fuerza una tarde de agosto de 1985, en el patio de mi casa, rodeado de juguetes y amigos.

El patio, campo de batalla

Quienes tuvimos la suerte de heredar un muñeco G.I. Joe -gran seductor de las barbies de mis primas-, contábamos con un héroe de unos 30 cms. de alto, uniformado en tela y con articulaciones en piernas y brazos, capaz de liderar la invasión al patio. Mi G.I.Joe tenía un brazo fijo debido a un accidente nada bélico que le infligió mi archienemigo el vecino: un pisotón sospechosamente accidental.

Esta condición corporal le permitía conducir al resto de soldados, de una escala sensiblemente menor. Las tropas estaban compuestas por una colección de soldaditos provenientes de dos universos: una mayoría comprada en bolsitas, de costo reducido y colores planos, históricamente verdes o azules (en posición de francotirador acostado, atacante con ametralladora, o vigía con casco y fusil en alto) y un grupo muy reducido de coleccionables, igual de rígidos pero pintados con lujo de detalle, cuya pérdida azarosa o ingesta del perro, suponía un amargo reto.

Después de horas preparando el campo de combate, justo en el comienzo de las hostilidades, cuando desde minichocitas surgían valientes soldaditos monocolor, y mientras empezaba una banda sonora plagadas de onomatopeyas babosas que salían de mi boca con perfume a Nesquik, en el momento de mayor tensión, llega un ataque inesperado de bolitas de vidrio provenientes de las demoníacas manos de mi vecino. Los soldaditos, rígidos e imposibilitados de huir, resultaron derribados sin accionar sus armas imaginarias y todo mi esfuerzo escenográfico se vio reducido a unas poderosas ganas de llorar.

Las risas de mi vecino suenan en stereo surroundy justo cuando siento que no voy a poder contener las lágrimas de la impotencia, mi amigo Huguito Carrer -que se acaba de bajar del auto de sus padres para pasar la tarde en casa- lanza un jeep Hot Wheels desde varios metros de distancia con suficiente puntería para sumar recursos a mi alicaído ejército. Con la aparición de más autitos -algunos marca Matchbox y una camioneta F100 Majorette, cuyo capot y puertas se abren-, la batalla se inclina a favor de los buenos.

Nos invaden desde la tele

Con el transcurrir de la tarde, el relato de la batalla se amplía con las voces de mis primas que traen sus muñecas y otros integrantes de universos paralelos como He Man y sus amigos, unos Pequeño Pony pacifistas, pitufos y los Transformers que consiguen acabar con todo vestigio bélico.

Es la hora de comer unas galletitas. Son absolutamente imaginarias y han sido preparadas en una cocinita de muchos colores plásticos con barro, ingrediente que vuelve muy desaconsejable su degustación. Más lejos de la tierra, en la galería de cerámicos rojos, comienza a erigirse una nueva civilización mixta porque un grupo de playmobiles llega en una ambulancia y un camión de bomberos (seguramente han sido comprados en cuotas, por una madrina, para el cumpleaños de su ahijado).

Estalla un muro de rastis que funcionaba como el canal de Ormuz y una muñeca Yoly-Bell, ubicada en la bandeja de una sillita para niños, recibe la misión de supervisar la reyerta. Uno de los mayores riesgos es la pérdida de un playmobil, sin dudas, una pequeña gran tragedia familiar.

Accidente y radiografía

Somos varios usando todo tipo de juguetes y nos atraviesa una cierta paz hasta que alguien se cae de un árbol. Intentamos hacerle una radiografía con un dispositivo ViewMaster que, por antiguo, estaba al fondo de la caja de juguetes. Las imágenes 3D del accidentado, superpuestas con un episodio de Tom y Jerry que estaba en el visor, indican que no hay huesos quebrados.

Un grupo de ositos cariñositos queda encargado del cuidado del caído, a quien se le entrega un cubo rubik para su sanación definitiva.

Destino lúdico

El atardecer llega con la promesa de una inminente lavada de manos y rodillas -que los grandes ni sueñen con bañarnos- y, mientras uno de nosotros conduce un gran camión Duravit rojo recogiendo los personajes que requieren atención médica o mecánica, frente a nuestros ojos, aparece la milagrosa visión de una gran fuente de carne asada al mediodía, pero fría y cortada en pedacitos tan chiquitos como las fichas de El Estanciero, nuestro próximo destino lúdico.

[Estos eran algunos de nuestros tesoros de la infancia: podés compartir los tuyos en @pmarchiaro]

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