La ternura del ridículo

Frente al ahogo que produce la búsqueda constante de perfección, existe otra posibilidad mucho más liviana: la entrega.

rídiculo

Si hay algo a lo que le tememos profundamente es al ridículo. A quedar expuestos, tirados a merced del escrutinio ajeno, mientras alguien se ríe desde la platea de nuestro pequeño accidente humano. Nos imaginamos esa escena como una especie de tribunal invisible donde todos observan, juzgan y, en el peor de los casos, se regodean un poco con nuestra vulnerabilidad.

Entonces hacemos lo que podemos: desterramos el ridículo. Lo ridiculizamos —valga la ironía—, lo empujamos fuera del escenario de lo aceptable y proclamamos su expulsión inmediata de nuestras vidas. Lo tratamos como si fuese un error del sistema, algo que debería desaparecer cuanto antes.

Sin embargo, hay un pequeño detalle que solemos olvidar: el ridículo forma parte de nuestro ADN. Somos ridículos. Quieras o no. Lo aceptes o no. No hace falta que lo pongas en tu biografía de Instagram o en LinkedIn —aunque sería una sección bastante honesta—, pero la vida probablemente sería mucho más amable si lo aceptáramos. Y no solo la vida: también nuestra forma de comunicarnos. Porque cuando dejamos de pelearnos con la posibilidad de quedar en ridículo, la comunicación se vuelve más libre, más genuina y, curiosamente, más efectiva.

Si uno observa el ridículo con un poco más de atención, descubre que en realidad se construye sobre acuerdos sociales. Sobre las normas de lo que se espera, de lo correcto, de lo que debería suceder en una determinada situación. El ridículo aparece cuando esas expectativas se exageran o se rompen. Cuando algo se sale del guion y deja ver lo que supuestamente debía permanecer oculto.

De pronto irrumpe en la escena como un pequeño absurdo: una torpeza, una exageración, un gesto fuera de lugar. Algo que provoca risa, burla o, en algunos casos, cierto desdén elegante.

Ese temor se convierte rápidamente en combustible para la vergüenza y para todo tipo de bloqueos. Desde muy temprano escuchamos advertencias que funcionan como pequeñas alarmas internas: “antes de hablar, pensalo”, “no te pongas esa camisa violeta”, “no digas eso”, “no hagas aquello”. Con el tiempo, una parte de nosotros se vuelve experta en editar, censurar y criticar cada gesto antes de que llegue al mundo.

En esa sala de control imaginaria se proyectan todo tipo de escenas posibles donde somos protagonistas del ridículo: caídas inoportunas, palabras que se traban, chistes que no funcionan, miradas que juzgan, dedos que señalan. Todo parece demasiado arriesgado.

El miedo, en el fondo, es a la burla.

Pero la burla también tiene algo tramposo. Ese gesto de superioridad que a veces aparece cuando alguien se equivoca suele esconder otra cosa: la dificultad de aceptar en uno mismo ciertas rarezas, torpezas o imperfecciones. Entonces elegimos el camino más sencillo y las proyectamos en los demás.

Aunque, si somos sinceros, todos hemos empujado alguna vez una puerta que decía tire. Y también hemos dado cátedra de caídas gloriosamente absurdas en la vía pública. Nadie está realmente a salvo.

En ese territorio entra una figura entrañable: Marcelo Fabián Pereyra, más conocido como Fabián Show. El documental sobre su vida comienza con una pregunta simple: “¿A cuántos les gustaría triunfar haciendo lo que aman?”. Y lo cierto es que él solo quería eso: cantar, llegar a su público y regalar un momento de alegría. Ese instante en el que uno se olvida un poco de las deudas, el cortisol baja algunos puntos y la vida se vuelve una pequeña fiesta.

Con el tiempo se volvió viral. Su figura circuló en videos, memes, stickers y remeras, atravesando con facilidad los límites de Bell Ville y sus escenarios de cuarteto. Y aunque la imitación puede parecer, a primera vista, una forma de burla, muchas veces también es otra cosa: un reconocimiento, una forma de homenaje, un pequeño tributo a la autenticidad.

Porque, si lo pensamos bien, todos hemos sido un poco Fabián Show en algún momento. Todos cantamos como si fuéramos estrellas internacionales cuando estamos solos en la ducha. Todos fuimos Rosalía durante treinta segundos en una clase de zumba. Todos protagonizamos pequeñas escenas donde el entusiasmo le gana al perfeccionismo.

Y ahí aparece algo interesante. Frente al ahogo que produce la búsqueda constante de perfección, existe otra posibilidad mucho más liviana: la entrega. La posibilidad de reconocer en el ridículo algo profundamente humano, algo que también nos ocurre cuando nadie nos está mirando.

El ridículo puede encontrarnos en cualquier parte: en una reunión, en una charla, en un escenario o en la vereda de casa. Tal vez el secreto no sea evitarlo a toda costa, sino dejar de dramatizarlo tanto.

Porque cuando uno logra abrazar un poco el ridículo, empiezan a pasar cosas inesperadas. Muchos proyectos se animan a ver la luz, muchos artistas se suben al escenario y muchas conversaciones encuentran finalmente a alguien dispuesto a escucharlas.

Incluso textos como este.

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