Una perdida discusión sobre Joyce y Hemingway en Córdoba

Por Diego Tatian

Una perdida discusión sobre Joyce y Hemingway en Córdoba

¿Qué es una generación? Para que la haya no basta la mera coexistencia en el tiempo de un conjunto de personas –cosa que sucede siempre de hecho. Se define más bien por una marca (literaria, histórica o política) que, para bien o para mal, un grupo de contemporáneos le imprime a una ciudad, a un canon o a un país. Ello ocurre raras veces. Así, hablamos por ejemplo de la generación del 27, de la generación del 80, de la generación del 70…, pero no hay muchas más.

El último libro de Sebastián Scolnik (publicado el año pasado por Lobo suelto, Cordero Editor y Tinta Limón), se llama “Nada que esperar” y traza, como lo enuncia el subtítulo, la “historia de una amistad política” (también la amistad, si animada por un deseo común de sacudir lo que está dado, puede producir una generación). Un libro precioso -marcado por una experiencia generacional, que desembocará en el 2001-, pero precioso sobre todo por poner en obra una interlocución entre generaciones distintas.

Su lectura comienza con un capítulo sobre la importancia cultural y militante de los bares en la Buenos Aires que buscaba dejar atrás los efectos la dictadura, y conferirle vitalidad a la promesa democrática reciente. La Giralda, La Cigüeña, La Academia… que en los años 90 alojaban la intensa efervescencia política de los grupos militantes, de algún modo son la desembocadura de una larga y heteróclita tradición, desde el Richmond del grupo Florida y El Japonés del grupo Boedo, hasta el Tortoni, La Biela, La Paz o el Británico frente al Parque Lezama. En ellos era seguro encontrarse a David Viñas (siempre absorto en los documentos de la clase dominante argentina, sobre todo el diario La Nación), Nicolás Casullo, Alejandra Pizarnik, Fogwill, Walsh, María Moreno u Horacio González, discutiendo o leyendo en soledad. En Buenos Aires los bares atesoran buena parte de la historia cultural de la ciudad.

Mientras leo el libro de Sebastián me pregunto si es posible nombrar así bares en Córdoba. ¿Los hubo? ¿La generación de la Reforma discutía en bares? ¿Existieron bares en los que se imaginó y organizó la revuelta de Mayo en el 69 (aunque la clase obrera no discuta sus asuntos, precisamente, en confiterías)? ¿Cuáles fueron? ¿Cuáles los bares de la revista Clarín, de la revista Pasado y Presente, de la revista Jerónimo? El Tango Bar, el Castelar, el Royal, el Rincón de Mendoza, el bar Unión, La cuba de oro, El boliche de Santiago, el Bar del Teatro, la Peña del Chito y otros importantes lugares de reunión de artistas, escritores, intelectuales, de diversas épocas, carecen sin embargo de una connotación o de una marca que los vincule a nombres o hechos culturales y políticos que marcaron la ciudad. O tal vez una arqueología urbana más precisa sea capaz de hallar ese vínculo.

La vieja confitería Via Veneto, en la entrada de la Galería Cinerama, fue durante algunos años el lugar de reunión del grupo Pasado y Presente (que contaba con un local de trabajo en esa misma galería). Allí se encontraban Pancho Aricó, Carlos Giordano, Oscar del Barco, María Teresa Poyrazian, Toto Schmucler, el “Gordo” Juan José Varas (asesinado junto al Negro Atilio López en septiembre de 1974 por la Triple A, en los 60 Varas llevaba las cuentas de PyP). Digna de ser atesorada en el no muy extenso relicario cultural de la ciudad, una noche memorable pudo haber tenido lugar en el Via Veneto, o en un bar incierto del centro de la ciudad.

Lo que al parecer sucedió fue esto: en una mesa larga que compartían amigos y amigas de la República de las Letras vernácula, Ulises Guiñazú y Néstor Sánchez (que pasaba ocasionalmente por Córdoba), subieron el tono por una desavenencia literaria. La discusión escaló hasta una cachetada del segundo al primero, que la intervención del resto de los compañeros impidió pasar a mayores. El objeto de la disputa era, en efecto, literario. Ulises Guiñazú sentenció la superioridad de Hemingway sobre Joyce, en tanto que Néstor Sánchez -que acababa de publicar Siberia blues y era el agasajado de esa noche-, tomó semejante opinión como un agravio a la inteligencia de cualquiera y un ultraje a la evidente superioridad del escritor irlandés. Las posiciones no se agotaban en la simple defensa de un escritor u otro; lo que había realmente en juego era una política de la literatura: si debía ser accesible a todas las personas o ser un puro trabajo en la materia del lenguaje, autónomo de sus efectos.

¿Podemos imaginar una Córdoba en la que una discusión sobre Hemingway y Joyce termine a los gritos, y casi a las trompadas? Escena al mismo tiempo ridícula y maravillosa, pretenciosa y preciosa, rareza cultural en una ciudad escondida y sin muchos bares donde se la haya imaginado de otro modo, deberá formar parte de esa arqueología cuando se haga alguna vez.

 

[En la pintura de Daniel Santoro -se llama “Teoría y Praxis en el Bar”, 2020- pueden verse a David Viñas, Nicolás Casullo, Horacio González, Ricardo Piglia, María Moreno -en segundo plano a Germán García y Juan Sasturain-… en la confitería La Paz de la Avenida Corrientes]

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