Hay carreras que ponen a prueba el físico, pero el Spartathlon desafía la propia resistencia del alma. Considerada una de las ultramaratones más icónicas y despiadadas de la Tierra, la prueba busca recrear el recorrido del soldado ateniense Filípides, quien en el año 490 a. C. corrió 246 kilómetros sin parar desde Atenas hasta Esparta para solicitar auxilio militar frente a los persas.
Entre los pocos elegidos en el mundo capaces de enfrentar semejante gesta estuvo el cordobés Facundo Nicolás Navarro (42 años), oriundo de Villa de María de Río Seco. Detrás de cada paso en suelo griego hubo una verdadera construcción colectiva: tras un arduo camino de entrenamiento, el atleta impulsó una rifa vecinal, recibió aportes de comercios locales, empresas de la zona y de su propio lugar de trabajo, además de gestiones del municipio para costear la indumentaria, las zapatillas y la suplementación deportiva que exige semejante desafío.
“La gente sabe lo que hago, siempre he sido muy transparente”, le contó Navarro a Hoy Día Córdoba sobre el respaldo recibido. “Hice una rifa donde recibí una respuesta muy favorable de la gente y me ayudaron mucho en el proceso de entrenamiento y en la compra de todo lo necesario. Las empresas locales, los comercios, la empresa en la que trabajo… todos aportaron su granito de arena para poder cumplir este sueño”, expresó con gratitud.
De los 14 argentinos que iniciaron el recorrido, solo 11 lograron arribar a la meta, situándose Navarro en el sexto lugar entre sus compatriotas.
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Una estrategia en la soledad de la ruta
A diferencia de muchos competidores que cuentan con equipos de asistencia personal a lo largo del trayecto, Navarro encaró la prueba de manera completamente autónoma.
“Fui solo, y por ahí es un poco más heroico, porque tenés que planificar toda la carrera y armar una estrategia”, contó el atleta sobre la logística que implicó distribuir 10 bolsas de equipaje con ropa, abrigo, linternas y suplementación entre los 74 puestos de control de la ruta.
A pesar de que las precipitaciones acompañaron casi el 80% del trayecto, el clima otorgó tregua frente al calor extremo, permitiendo que los atletas rompieran marcas históricas. Sin embargo, la dureza de la montaña no perdonó.
“Tuve un solo quiebre en el kilómetro 180, cuando bajamos de la montaña. Venía mal, mal… fue un quiebre mental. Pero pude salir de esa situación: me llevó un tiempo, caminé, lloré, me desahogué, tomé algo para los dolores y le metí. El abandonar no era una opción”, revivió emocionado.
Solidaridad a paso firme y el beso a Leónidas
Fiel al espíritu de empatía que ha marcado su vida y su recorrido en el deporte, los kilómetros finales no fueron una obsesión contra el cronómetro, sino un espacio de compañerismo. Navarro transitó el tramo de cierre caminando y conversando junto a otros competidores internacionales, asistiendo de cerca a deportistas que sufrían el desgaste extremo.
“Los últimos 15 o 20 kilómetros los disfruté mucho porque venía con tiempo de sobra. Venía conversando con la gente, acompañando a un tucumano que venía bastante mal, haciendo el aguante. Esas cosas quedan guardadas en la retina”, destacó.
El ritual de llegada coronó el esfuerzo: tras cruzar Esparta, Navarro besó los pies de la estatua del Rey Leónidas I, recibió la tradicional corona de ramas de olivo (kotinos) y bebió del cuenco con agua sagrada del río Eurotas, completando así la gesta histórica.
“El solo hecho de estar en la línea de largada ya era algo soñado que venía buscando hace tiempo”, concluyó el deportista, renovando su compromiso de seguir transmitiendo los valores de la vida sana, el esfuerzo y la actividad física a toda su comunidad.
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