La cuenta regresiva para la final de Belgrano movilizó a miles de hinchas en Córdoba, pero también a fanáticos que viven a miles de kilómetros y decidieron atravesar provincias, países e incluso continentes para estar presentes. Desde Estados Unidos, Dinamarca y otros puntos del mundo, varios Piratas emprendieron largos recorridos para acompañar al equipo en un partido que muchos describen como un momento esperado durante toda una vida.
Entre ellos está Christian, quien viajó desde Washington DC para regresar a Córdoba y vivir el encuentro junto a otros hinchas celestes. Su itinerario incluyó un vuelo con escala en Panamá, aunque asegura que las horas de viaje pasan a segundo plano cuando aparece Belgrano.
«Desde la juventud los fines de semana íbamos a todos los partidos con mis amigos: La Tona, La Flaca y Ger», recordó.
Con los años, esa pasión se transformó también en una herencia familiar que hoy continúa en distintas ciudades estadounidenses.
«Es una pasión que pude pasar a mis cinco hijos y cada uno sigue a los Piratas desde Boston, Chicago y Washington DC», contó.
Con la entrada asegurada desde comienzos de semana, resumió su vínculo con el club en una frase que, para muchos hinchas, excede lo futbolístico: «Amo Belgrano, la hinchada, el equipo, la pasión y la actitud. Jueguen a lo Belgrano, total ya ganamos».
Otra de las historias llegó desde Aarhus, una ciudad del interior de Dinamarca. Juan tardó casi 48 horas en llegar a Córdoba: tomó cuatro trenes, dos aviones y un colectivo de larga distancia para poder estar presente.
«Por suerte llegué y mi hermano con mi viejo me recibieron con la camiseta de Belgrano. Apenas nos vimos nos largamos a llorar los tres y nos abrazamos porque esperamos este momento toda nuestra vida», relató.
La historia familiar aparece como uno de los motores principales de ese viaje. Según contó, su abuelo —ya fallecido— fue quien les transmitió desde chicos una idea que todavía permanece intacta.
«Nos inculcó que Belgrano era más que un club: era familia, amigos, alegría, unión, barrio y compartir», expresó.
En su caso, la relación con el club terminó atravesando todos los aspectos de la vida.
«Belgrano me dio mi esposa, me dio mis amigos y me dio la posibilidad de vivir algo que puede ser la alegría más grande de mi vida», dijo.
Cuando intentó explicar por qué recorrió miles de kilómetros para ver un partido, encontró una definición sencilla: «Belgrano no es un club, es una forma de vida».
También recordó el momento exacto en que decidió viajar. Mientras seguía el último partido desde Dinamarca, sincronizando la televisión con los relatos cordobeses, recibió una sorpresa inesperada: su esposa apareció llorando para avisarle que ya tenía el pasaje para venir a Argentina.
Más allá del resultado, para muchos el objetivo parece haberse cumplido antes del pitazo inicial. Después de décadas siguiendo al club, de acompañarlo en distintas etapas y de sostener el vínculo incluso a la distancia, la posibilidad de estar presentes ya representa una victoria.
«Después de todo lo que pasamos, viajar 48 horas para venir no es nada», resumió Juan.
