El primer viernes fresco de agosto, con las ventiscas imponiéndose sobre la ciudad, El Kuelgue volvió a encontrarse con el público cordobés en la Plaza de la Música. A pocos metros de la Costanera, la banda encabezada por Julián Kartún llegó para presentar por primera vez en Córdoba Díscolo, su más reciente producción, lanzada a fines de mayo.
La encargada de preparar la pista fue la cordobesa Salma Nair, integrante de Los Caligaris, quien cerca de las 20.20 calentó el escenario antes de darle paso a la banda. Para entonces, el espacio ya estaba colmado por un público tan heterogéneo como la propia propuesta de El Kuelgue: parejas que buscaban refugio en el abrazo, niños y niñas, familias y grupos de amigos compartían la espera.
Pasadas las 21, la banda abrió el show con “Epifanía”, una de las nuevas canciones de Díscolo, y enseguida dejó una de sus frases más reconocibles de esta etapa: “Que viva el hoy”. Después llegaron “Ir derecho” y “Circunvalación”, hasta desembocar en “Bossa & People”, coreada por buena parte del público, mientras la trompeta y el saxo comenzaban a ganar protagonismo.
Entonces Julián hizo una pausa para saludar. “Buenas noches. Muchas gracias. Nosotros somos El Kuelgue, muy contentos de estar acá de nuevo. Siempre hay un recibimiento increíble. En este caso presentando Díscolo, que es nuestro disco nuevo”, dijo ante los gritos de la gente. Y anticipó lo que vendría: “Vamos a hacer varias canciones. La que viene ojalá que les guste”.
Con “Nos entendemos” volvió el movimiento y, casi sin corte, llegó “Buena Tela”, la canción que abre Díscolo. El repertorio avanzó entre canciones nuevas y otras ya instaladas en la memoria del público, con esa combinación de funk, rock, pop y humor que caracteriza al grupo.
Uno de los momentos más descontracturados llegó cuando Kartún reparó en la cantidad de familias presentes y lanzó, con su habitual capacidad para improvisar, la propuesta de hacer un “pogo de niños”. La idea no prosperó de inmediato, pero quedó flotando como una de esas ocurrencias que terminarían encontrando su momento hacia el final de la noche.
Más adelante, Salma Nair volvió al escenario, esta vez para ocupar el lugar de Zoe Gotusso en la interpretación en vivo de una de las canciones que El Kuelgue grabó junto a la cantante cordobesa: «Carta para no Llorar».
Después, el clima bajó algunas revoluciones con “Tiovivo”, antes de darle espacio a dos de las canciones más sensibles de Díscolo: “Loquero Viejo” y “Pléyades”, esta última atravesada por una historia de amor.
El cambio fue abrupto con “Paraíso de los perros”. Allí la distancia entre escenario y público prácticamente desapareció: no hubo frase que no fuera devuelta en coro. Como suele suceder con esa canción, también hubo espacio para la improvisación, uno de los territorios en los que Kartún y la banda parecen moverse con mayor comodidad.
Pero la noche todavía guardaba una sorpresa. En medio del repertorio se coló una canción de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, en un homenaje al Indio. Con las luces teñidas de rojo, los músicos dejaron que fuera el público quien tomara la voz. Durante unos minutos, la Plaza de la Música se convirtió en un coro multitudinario, mientras la guitarra cerraba el momento con una interpretación especialmente destacada.
La lista de visitas inesperadas tuvo otro capítulo con “Spaghetti del rock”, de Divididos, esta vez interpretada por Julián. Así, entre canciones propias, homenajes y desvíos del repertorio, el show fue mucho más que una presentación formal de Díscolo: fue también una demostración de la libertad con la que El Kuelgue construye sus conciertos.
Y aquella ocurrencia que había quedado pendiente finalmente tuvo su revancha. Sobre el cierre llegó el pogo de niños, que después se transformó en pogo de adultos. El frío de agosto quedó afuera de la pista mientras el público saltaba, bailaba y despedía a una banda que, una vez más, hizo de la improvisación, el humor y la música un mismo territorio.
