En los pasillos donde habitualmente manda el silencio o el eco del dolor, un día empezó a sonar una guitarra, un repique de tambor y el murmullo de voces que se animaban a cantar. Lo que nació en 2007 como un humilde taller de música del área de rehabilitación del Hospital Neuropsiquiátrico Provincial de Córdoba —impulsado por la asociación civil Abracadabra: creatividad, arte y salud— terminó rompiendo paredes, diagnósticos y etiquetas. Para 2011, esa juntada de canciones y mates ya tenía nombre, vuelo propio y una convicción inquebrantable: constituirse como una banda de música autónoma, autogestiva y libre.
Allí conviven, codo a codo, usuarios de los servicios de salud mental del hospital, familiares, profesionales y vecinos del barrio. En ese cruce sin jerarquías ni etiquetas, la agrupación alcanzó un hito de relevancia internacional: convertirse en la primera banda del mundo en filmar un videoclip desde el corazón de un establecimiento neuropsiquiátrico. La canción, bautizada “Subite al Tren”, se grabó en Unquillo en el estudio del músico Ramiro Sanz y hoy forma parte del portal oficial Identidades del Ministerio de Cultura de la Nación.
Entre escenarios locales, proyección internacional y la organización del masivo Festival Picante: Artistas por la Inclusión en el Centro Cultural Graciela Carena, Los Pickles demostraron que la música no es un adorno terapéutico: es una herramienta de emancipación.
El nacimiento de una identidad picante
Con el correr de los años, aquel taller de hospital fue sumando a pacientes ambulatorios y estudiantes universitarios. “La banda se forma por una necesidad de los mismos integrantes. En un momento, Ramiro Sanz propuso armar una banda y nos invitaron a tocar en Cocina de Culturas; fue el primer show por fuera del hospital y hubo que ponerle un nombre”, recuerda Diego de la Torre, productor artístico del espacio.
En esa búsqueda surgió la anécdota que definiría la impronta del grupo. Diego repasa el origen del nombre: “Uno propuso llamarnos Los Beatles, pero otro le dijo: ‘No, ya existen Los Beatles’. Entonces, enojado, respondió: ‘Bueno, si no nos podemos llamar Los Beatles, ¡nos llamamos Los Pickles!’. Nos gustó porque los pickles tienen ingredientes y sabores distintos que juntos hacen algo que está bueno. Hacemos distintos estilos y cada uno propone para hacer algo mejor que por separado; jugando también con que éramos cordobeses y más picantes que Los Beatles”.
Sin embargo, detrás del nombre y las presentaciones, la consolidación del espacio debió atravesar múltiples miradas externas. Juliana Zapata, coordinadora general y facilitadora de la banda, señala que existieron resistencias en dos niveles: “Hay un estigma social por el simple hecho de ser usuarios de servicios de salud mental. Pero también en lo cercano, como las propias familias, existía cierta descreencia. Recién cuando los veían sobre un escenario, cantando o tocando con otros, comprendían que efectivamente eran músicos. Hasta no verlo en vivo, quedaba el prejuicio de pensar que solo era un decir”.
Actualmente, el grupo reúne a unas 20 personas bajo una dinámica donde el prejuicio no tiene cabida. “En el grupo nos cuidamos mucho, ya somos prácticamente una familia. Si algo nos caracteriza es la falta completa de pudor. No hay nadie que sienta vergüenza de cantar, de tocar o de subirse a un escenario. No hay lugar a pisarnos las sábanas entre fantasmas”, enfatiza de la Torre.
Más allá del consultorio: la red comunitaria como pilar terapéutico
Frente a las limitaciones del modelo médico tradicional, el proyecto se posiciona como un engranaje clave para la reinserción social. “Nos consideramos un complemento que ayuda al vínculo social, algo fundamental para vivir dignamente. El tratamiento de los sufrires físicos o la angustia se trabaja en psiquiatría y psicología, y está muy bien. Pero nosotros complementamos dando una actividad que estructura como la música, que nos apasiona y nos conglomera”, explica Diego.
Esa reconstrucción de lazo es la fibra íntima del espacio. Juliana remarca que en el padecimiento subjetivo se cortan los vínculos familiares y sociales, por lo que la banda opera como un amparo afectivo directo: “Los Pickles se perciben como una gran familia; se apoyan, se cuidan y viven la contención desde ese lugar. Ninguno habría podido grabar dos discos, tres videoclips o cantar en escenarios muy bonitos estando solo; lo lograron por el lazo fraterno y artístico que construyeron”.
A su vez, la facilitadora reflexiona sobre el impacto que la experiencia tuvo en su propia historia personal: “Llegué como practicante antes de recibirme de psicóloga y el trabajo comunitario fue la base de todo lo que construí después. Pero además me permitió volver a conectar con el arte, tocar instrumentos con otros y ver la transformación de mis compañeros. En lo más personal, en Los Pickles conocí a mi pareja y papá de mi hijo. Toda esta comunidad se transformó en mi familia”.
Esta contención trasciende lo simbólico e impacta de lleno en la economía y la logística cotidiana de sus miembros: “Entregamos bolsones de alimentos y hacemos viajes a Mar del Plata o al interior provincial. Son experiencias en grupo que individualmente no podríamos hacer: tocar instrumentos de primera calidad o tener nuestra propia sala de ensayo. Esa es la potencia de lo grupal y lo vincular”, agrega Diego.
Cuidado mutuo y sostenibilidad en el tiempo
Sostener una estructura de esta magnitud implica enfrentar momentos complejos y distribuir el peso de la organización. Para evitar que el liderazgo recaiga de forma piramidal, Juliana aclara la metodología de trabajo del equipo: “Con Diego no nos gusta la palabra ‘coordinadores’, nos gusta ‘facilitadores’, porque facilitamos que ocurran los sueños. La herramienta por excelencia es la horizontalidad: todo se debate en asamblea y se decide por mayoría. Eso nos ayuda a repartir la responsabilidad en la toma de decisiones y en sostenerlas”.
Esa corresponsabilidad se traduce en dinámicas concretas de autocuidado antes de subir a tocar. Diego detalla las precauciones asumidas: “Hemos ido aprendiendo cómo disminuir riesgos. Por ejemplo, los días de mucho calor no tocamos más al sol tras una experiencia con una integrante. Cuidamos mucho el encuadre cuando vamos a tocar: que no nos cancelen, que haya agua y merienda. Eso nos permite después un juego de libertad y pasarla bien”.
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