¡Mamá, no era una etapa! My Chemical Romance regresó a la Argentina

Entre nostalgia, catarsis y emoción compartida, el Estadio Huracán fue escenario de una noche que confirmó que el emo sigue siendo parte de quienes lo vivieron.

¡Mamá, no era una etapa! My Chemical Romance regresó a la Argentina

Tras casi 18 años de espera, la banda estadounidense My Chemical Romance regresó a la Argentina con un concierto inolvidable en el Estadio Huracán, desatando una oleada de entusiasmo y nostalgia que atravesó generaciones. La banda liderada por Gerard Way, ícono indiscutido de la cultura emo a nivel global, protagonizó un reencuentro largamente esperado y dejó en claro que el movimiento emo sigue más vivo que nunca.

Nacido a mediados de los años 80 en la escena hardcore punk de Washington D.C., el emo —abreviatura de emotional hardcore— se consolidó como un movimiento cultural que puso en primer plano la sensibilidad, la introspección y la catarsis emocional. En Argentina, encontró terreno fértil a comienzos de los 2000, cuando My Chemical Romance se convirtió en la banda sonora de una generación adolescente que encontró en sus letras un espacio de identificación y desahogo. Más que un género musical, el emo se transformó en una forma de habitar el mundo: vestimentas oscuras, delineador corrido, peinados asimétricos y canciones que hablaban sin rodeos del dolor, la angustia y la búsqueda de identidad.

Esa identidad fue protagonista absoluta en Huracán. Uno de los rasgos más marcados del concierto fue la sensación colectiva de libertad para ser uno mismo: mostrar la personalidad a través de la ropa, el maquillaje y el estilo sin miedo a ser juzgado como “raro” o “diferente”. En el estadio, todos parecían compartir la misma sintonía emo, esa complicidad silenciosa que se reconoce sin necesidad de explicaciones.

Las tribunas y el campo se poblaron de referencias visuales a la estética de la banda: camisas negras combinadas con corbatas rojas, chaquetas inspiradas en las que utilizan los integrantes de My Chemical Romance en el videoclip de Welcome to the Black Parade, maquillajes pálidos con rostros de calavera, ojos intensamente delineados de negro y sombras rojas. Entre el público también se destacaron muchas jóvenes caracterizadas como Helena, el personaje del videoclip de uno de los temas más aclamados de la banda, con vestidos negro y rojo, maquillaje fúnebre, velos, corsets y una impronta fúnebre que remite al imaginario estético de My Chemical Romance. Cada look parecía contar una historia personal atravesada por la música.

Con un setlist que atravesó distintas etapas de su discografía, My Chemical Romance abrió el concierto sumergiendo al público en el universo conceptual de The Black Parade. La primera parte del show estuvo dominada por ese álbum emblemático, con canciones clave como “Welcome to the Black Parade”, “Mama” y “Famous Last Words”, que instalaron un clima épico y teatral desde el arranque. En el segundo tramo llegaron canciones históricas de la banda —“I’m Not Okay (I Promise)”, “The Ghost of You” y “Helena”, elegida para el cierre—, todas coreadas a pulmón por un estadio que acompañó cada verso como parte de un ritual colectivo.

Sobre el escenario, Gerard Way se movió entre lo teatral y lo íntimo. Su voz, potente y cargada de sensibilidad, alternó gritos desgarrados con pasajes casi susurrados, capaces de erizar la piel y conmover al público. A su lado, Ray Toro aportó solidez y precisión desde la guitarra, Frank Iero imprimió energía y actitud, y Mikey Way sostuvo la base con un bajo firme y constante, logrando un sonido compacto que mantuvo la intensidad durante todo el concierto.

Más allá de la música, la banda desplegó un universo visual y narrativo que alimentó teorías y lecturas entre los seguidores más atentos. La gira Long Live The Black Parade sumerge al público en la ciudad ficticia de Draag, una urbe opresiva inspirada en estéticas autoritarias, concebida como una sátira de la democracia contemporánea. Uniformes militares, simbología inquietante y una puesta en escena oscura acompañaron cada canción, alejándose de lo convencional.

En ese marco aparece Keposhka, un lenguaje simbólico creado especialmente para el universo de la gira, presente en carteles, anuncios y materiales visuales del show. Estos elementos no solo decoran el escenario, sino que funcionan como piezas de un relato mayor, convirtiendo cada concierto en una experiencia inmersiva y casi teatral. En otras palabras, se trató de un espectáculo donde la música se fusionó con una propuesta artística, conceptual y narrativa pocas veces vista en la historia de la banda.

El concierto de My Chemical Romance dejó ese gustito inevitable de “quiero vivir esta experiencia otra vez”. Fue un ritual de reencuentro, una celebración colectiva y cultural, en la que cada canción fue cantada a pulmón por un estadio colmado de unas 30.000 personas. La banda dejó dos postales imborrables: una tangible, entregada a cada fan en la entrada del show, y otra emocional, al reunir en un mismo espacio a quienes crecieron con su música en la adolescencia y a las nuevas generaciones que recién comienzan a descubrirla.

Si algo define a la cultura emo es la pasión por la música y la emoción compartida a través de ella. El domingo, en el Estadio Huracán, el público argentino demostró que ese sentimiento sigue tan vigente como siempre.

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