Mientras esquivamos diversos aprestos de obra en construcción, confirmamos que volver a La Cañada y bulevar San Juan tendrá siempre un condimento especial. No es lo mismo cruzar de día, entre empleados que corren a sus trabajos, conductores estresados, estudiantes que van y vienen de sus clases o abogados inmersos en sus rutinas de bufete, que hacerlo de noche, cuando los bares se despiertan y el movimiento toma otro pulso.
Puntuales y entusiastas, nos encaminamos al subsuelo de siempre. Pétalos de Sol, abierto hace treinta años, sigue sumando su aporte a la identidad alternativa de la música de Córdoba. Bandas consagradas, proyectos que comienzan o necesitan una prueba de fe transcurren por ese escenario noble. El público se renueva. Muchos vuelven quizá atravesando nuevas etapas de su vida -o tal vez procurando estirarlas-; otros, más jóvenes, se descubren a sí mismos mientras construyen su propia memoria.
La convocatoria del último Viernes Santo era especial. Un tributo a Riff, interpretado por un cuarteto de lujo: Claudio Strunz, Marcelo Bracalente, Guillermo Gorosito y Lucas Simcic.
La gran banda argentina fundada por Pappo Napolitano, Michel Peyronel, Vitico Bereciartúa y Boff Serafine nació en 1980, liderada por el “Carpo”, que eligió compañeros de ruta curtidos por experiencias en Europa. Con la convicción de auténticos pioneros, construyeron un repertorio, un sonido, una lírica y una estética. Rompieron con el rock más progresivo y mostraron que podían erigirse en un número internacional muy potente, en la línea de Saxon, AC/DC o Barón Rojo. Pero en su mejor momento, la incomprensión hirió gravemente el proyecto.
Aunque para entonces, la semilla ya había germinado. Las puertas del hard rock y del heavy metal quedaron abiertas en la Argentina. Llegaron numerosas bandas, como Boxer, V8, Hermética, Almafuerte, Malón, Rata Blanca, Logos u Horcas, entre tantas que tomaron ese camino.
Y el tributo que fuimos a ver y escuchar tiene algo singular. Reúne a músicos que, en distintas camadas -todas posteriores a Riff-, fueron grandes protagonistas de ese movimiento.
Mientras se acomodan, recibiendo el aplauso de los rockers instalados en Pétalos, repasamos. “Pato” Strunz fue el baterista de Hermética que tocó en sus álbumes más importantes, entre ellos Ácido Argentino y Víctimas del Vaciamiento. Luego integró Malón. Bracalente tiene un recorrido vastísimo: Lovorne, Jerikó, entre otras formaciones. “Castor” Simcic fue guitarra líder en la reconocida Horcas y participa en numerosos proyectos de alto nivel. “Chino” Gorosito comparte presente en Ithaka con Strunz y Bracalente, además de haber tocado en bandas como Candente y ser un reconocido maestro y productor.
Cuando brota por los parlantes -y conmueve las almas de todos- el recitado del Carpo que anticipa el tremendo Dios Devorador, ocurre una especie de ajuste de cinturones. Empieza el recorrido por un repertorio inmortal.
Los músicos suman oficio interpretando en alta performance canciones como Ruedas de Metal, Necesitamos más acción, La ciudad del gran río, La espada sagrada, Sube a mi voituré, Debo seguir buscando y Lily Malone, entre una decena de clásicos. Por momentos uno tiene la impresión de que cualquiera de ellos pudo haber tocado en Riff sin desentonar. Hay química, profesionalismo, pero sobre todo una aguda comprensión de las partituras que interpretan. Letras y músicas que tenían un contexto, un sentido, que por cierto no han perdido: hoy podrían expresar la misma rebeldía y fastidio, la misma ilusión y alternativa, la misma búsqueda.
El público acompaña con entusiasmo y respeto. Pero cuando suenan Susy Cadillac y Que sea rock, sabemos que no habrá más. El aliento troca en una despedida.
La noche sigue en el subsuelo de Pétalos, aunque algunos preferimos la vereda. Las conversaciones discurren, entre amigos, sobre músicas e historias de vida. Llegará el momento oportuno del regreso a casa, mientras un segundo turno de noctámbulos baja a la esquina en búsqueda de diversos destinos.
Son muchos los géneros musicales en los que la Argentina posee una inequívoca identidad. Con seis décadas de constante producción, el rock es uno de ellos. Semejante patrimonio merece ser revisitado e interpretado por figuras de primer nivel, como ocurre con el tango o el folklore, donde nadie se horroriza si artistas de este tiempo deciden versionar a los clásicos.
No hay sensiblería, nostalgia exagerada ni oportunismo. Solo ganas de tocar (bien) y escuchar buena música. Y mientras dejamos la esquina por detrás, con las tipas de La Cañada como testigos y el flemático tempo del arroyo acompañando, queda la sensación de que el rock argentino -como en aquella canción de Riff- todavía tiene mucho por hacer, a partir de sus grandes páginas.
