Puentes generacionales y ritos sagrados en el segundo día del Cosquín Rock

Tras un sábado marcado por el romance del Día de los Enamorados, el domingo desplegó su mística de resistencia bajo un cielo paciente pero finalmente indomable.

León Gieco y Trueno interpretaron juntos Tierra Zanta y Cinco siglos igual en el Cosquín Rock.

León Gieco y Trueno interpretaron juntos Tierra Zanta y Cinco siglos igual.

La vigesimosexta edición del Cosquín Rock concluyó en el Aeródromo de Santa María de Punilla con una jornada de domingo que desafió los sentidos y las etiquetas, consolidándose como un espacio donde la tradición y la vanguardia convivieron bajo el mismo cielo cordobés.

Si el sábado 14 de febrero el predio vibró bajo el aura del Día de los Enamorados, con el pop de Lali y el magnetismo de Babasónicos marcando el pulso afectivo de la multitud, el domingo 15 propuso una mística diferente: la de la resistencia y el encuentro generacional frente a la furia de la naturaleza.

Con una asistencia que redondeó las 90.000 personas durante todo el fin de semana, el segundo día comenzó bajo un sol abrasador que los asistentes bautizaron como un sauna, enfrentando el calor serrano con gorras, cabezas mojadas y protector solar.

La música se encendió temprano con una carga emotiva difícil de igualar. En el escenario Montaña, el grupo Beats Modernos —integrado por Rosario Ortega, el Zorrito Von Quintiero y Fernando Samalea— dio inicio a un sentido homenaje a Charly García. La sorpresa fue absoluta cuando León Gieco subió a escena para unir su voz a clásicos como «Los Salieris de Charly» y «El fantasma de Canterville». Gieco se convirtió en el gran hilo conductor del día. Más tarde aparecería junto a la murga Agarrate Catalina para cantar «Solo le pido a Dios» y, ya entrada la noche, se fundiría en un abrazo generacional con Trueno.

El pulso del rock nacional más clásico tuvo uno de los momentos más controvertidos del festival con la aparición de Gustavo Cordera. En una postal que generó reacciones encontradas, el exlíder de Bersuit Vergarabat se reunió con Oscar Righi y Alberto Verenzuela para interpretar “Yo tomo”, desatando la euforia de una parte del público.

Pero el momento también estuvo atravesado por cuestionamientos y críticas, tanto en el predio como en redes sociales, que volvieron a poner sobre la mesa una discusión incómoda, persistente y necesaria: ¿Es posible separar a la obra del artista? ¿Dónde traza el público (y la industria) ese límite?

Casi en paralelo, Juanse transformó el escenario Sur en un altar para Pappo, disparando versiones potentes de «Sucio y desprolijo» y «Hombre suburbano», no sin antes lanzar una queja rebelde contra la organización por las presiones del reloj: «Nos estan diciendo que nos vayamos. Entonces, explicale al muerto que organizó esto que es rock & roll».

A medida que el viento empezaba a encapotar el cielo, la tarde se volvió mística con la presencia internacional. El estadounidense Devendra Banhart ofreció un set íntimo donde confesó su devoción por Atahualpa Yupanqui, mientras Bandalos Chinos hacía bailar a la multitud bajo una fina lluvia que refrescaba el predio.

Al caer el atardecer, Fito Páez se adueñó del escenario Norte con un show impecable. Vestido de blanco, el rosarino recorrió su historia desde la apertura con «Folly Berghet» hasta un «nocaut» final de hits como «El amor después del amor» y «Mariposa Tecknicolor».

Era imposible no romantizar la escena. Bajo un cielo gris oscuro, apenas atravesado por algunos rayos de sol, Fito entonó “11 y 6”. Al terminar, destacó la fuerza del público argentino: “Me alucina escuchar cuando vienen los gringos o cualquiera y se sorprenden del público de Argentina; yo lo disfruto desde hace 50 años”.

Mientras tanto, en el extremo opuesto, la «Aplanadora del Rock» hacía honor a su nombre. Divididos desplegó un set volcánico que incluyó banderas de todo tipo y una Wiphala colgando de los amplificadores. El trío rescató el espíritu de Sumo con «La rubia tarada» y «Crua chan», cerrando con una versión de «Ala Delta» que dejó al público en un estado de trance eléctrico.

En medio de este despliegue de leyendas, la cuota internacional encontró su brillo propio en el escenario Montaña. A las 20:20, la banda colombiana Morat desembarcó ante una multitud, desatando un fanatismo en su máximo esplendor. Con una propuesta de sonidos dulces que convivió con la aspereza del rock serrano, los colombianos se convirtieron en una de las propuestas más convocantes de la noche, sorprendiendo al público con una versión de “Nos siguen pegando abajo”, clásico de Charly García.

La noche dio paso a la «nueva ola» con una energía arrolladora. Airbag reafirmó su masividad saliendo a escena con máscaras y logrando uno de los momentos más virales del festival: la ejecución instrumental del Himno Nacional Argentino en la guitarra de Patricio Sardelli. El escenario Norte también tembló con los sismos de YSY A, quien mezcló trap con tango invitando a «Cucuza» Castiello, demostrando que el género urbano sigue buscando sus propias raíces y saliendo de su zona de confort.

El hip hop copó el mando en el Escenario Sur de la mano de Trueno. Mateo Palacios, uno de los artistas más contestatarios de la jornada, irrumpió en escena a las 21:30 encapuchado y lanzando las rimas de «Grandmaster» bajo un juego frenético de visuales. 

El momento más conmovedor y simbólico de su set ocurrió cuando el rapero de La Boca tendió un puente hacia las raíces de la canción social al invitar a León Gieco. Juntos, en un cruce transgeneracional que fue de los más comentados de la noche, interpretaron «Tierra Zanta» y «Cinco siglos igual». 

Además, durante la interpretación de «Fuck el Police», el rapero reforzó su mensaje contra la violencia institucional. Fue en este contexto donde Trueno lanzó la frase «El que no salta es hijo de la policía», una expresión que generó una inmediata controversia en las redes sociales, dividiendo opiniones entre quienes apoyan su postura crítica y quienes la consideran excesiva. 

Lo cierto es que este artista siempre deja mucho para hablar: conmueve, incomoda, denuncia y conecta todo en una misma puesta en escena. Cuenta historias de resistencia, empodera, emociona y hace que el público reflexione sobre su propia historia.

Esa misma fuerza de las historias compartidas se respiraba en el escenario Montaña a las 22:20, cuando Las Pastillas del Abuelo tomaban el mando. Cada canción es un diario íntimo porque la banda no invita, empuja. Empuja al baúl de los recuerdos, a la emoción, a la catarsis compartida. Las Pastillas siempre aparecen para tocar memorias.

En el escenario Paraguay, ya casi finalizando la jornada, apareció Francisca Agustina Cuello, conocida artísticamente como Six Sex. Poseída por la sexualidad, el deseo y la corporalidad, la artista sorprendió al público con su presencia magnética y su performance intensa. Durante su show, reconoció que no se sentía cómoda con algunos de los artistas con los que compartía el line up.

El cierre fue épico y accidentado por el clima. Cuando la tormenta, que había esperado agazapada todo el día, finalmente se desató, el festival se dispersó entre la electrónica de Peces Raros y Mariano Mellino, el rock barrial de Guasones y el debut en el escenario Norte de Caras Extrañas bajo la lluvia. Con las últimas notas de Louta resonando en la madrugada, el Cosquín Rock 2026 bajó el telón, dejando en el recuerdo de 90.000 almas una edición marcada por el respeto a los próceres y la fuerza imparable de los nuevos ídolos.

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