Una apuesta por la imaginación política

Se estrena “La noche está marchándose ya”, gran película cordobesa que trabaja la precariedad de la vida contemporánea. Entrevistamos a sus directores, Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini.

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“¿Qué pasará mañana cuando te hayas ido?

¿A quién podré contarle que te siento lejos?

Mañana se dormirá el amor

Y guardará sus rosas para cuando brille el sol

Yo te diré, temblando la voz

El tiempo va deprisa y ese día que soñamos vendrá.

Apaga la luz, la noche está marchándose ya”

 

Qué pasará mañana, José Luis Perales (1982)

 

El Cineclub Municipal Hugo del Carril (Bv. San Juan 49) iniciará esta semana los festejos por su 25 aniversario con una actividad que podría escandalizar a los incautos: el estreno de una película que imagina el cierre de la propia institución. Se trataría por supuesto de un alboroto injustificado porque “La noche está marchándose ya”, el notable debut en largometraje de Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini, propone en realidad una discreta utopía en respuesta al escenario terminal que vive el cine argentino en la gestión de Javier Milei, que en la reforma laboral intentó liquidar definitivamente al Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) con la derogación de las asignaciones específicas que nutren al Fondo de Fomento Cinematográfico, única fuente de financiamiento del organismo -por cierto, su eliminación sólo se postergó para el 1 de enero de 2028-.

La película, que viene de ganar numerosos premios en festivales del mundo (como el de Mejor Película en DocLisboa 2025 o el  Premio Especial del Jurado en Valdivia), es también un sentido homenaje a la amada sala del microcentro cordobés, donde fue enteramente filmada junto a sus trabajadores en largas jornadas nocturnas de trabajo, cuando cerraba la actividad normal. Sus búsquedas, empero, trascienden la reivindicación del espacio fundado en marzo de 2001 por Daniel Salzano como también la aspiración a reflejar la crisis social y laboral que atraviesa nuestro país en espejo con aquél tiempo funesto, ya que Salinas y Sonzini se permiten imaginar un mundo alternativo al ideario neoliberal que campea a nivel global con sus consecuencias de precarización de la vida cotidiana. Un mundo bastante parecido al presente argentino, pero donde los vínculos no están necesariamente marcados por el cálculo mercantil ni por el mandato del rendimiento productivo, así como la cultura puede ser apropiada por todas las clases sociales.

“Para nosotros era muy importante hacer algo en el contexto en el que estamos, saliendo del lugar de víctimas, desde el cuál es muy difícil activar políticamente. Buscamos que la ficción nos permitiera imaginar una posible salida a la actual situación, por más que sea poética, romántica, en cierto sentido inocente”, afirma Sonzini en diálogo con Hoy Día Córdoba (HDC), donde enfatiza que “hay un gesto simbólico ahí que tiene que ver con abrir un espacio para juntarte con la gente que uno habitualmente no se junta, volver a creer en la posibilidad del diálogo para conectarte con personas que no dialogarías”. «Hay otra cuestión política en la película que genera mucha afinidad en todos los países por donde pasó, quizás porque trabaja un problema de época, que por un lado es la situación de precariedad en la que vive la mayoría de las personas pero también la tendencia a romper absolutamente todos los lazos que nos hacen formar comunidades que puedan ser un poco más diversas en pos de cuestiones individuales», completa Salinas.

Las referencias tienen que ver con la trama de la película, que sigue a uno de los proyectoristas actuales del cineclub haciendo un poco de sí mismo, Octavio Bertone (hijo del emblemático actor y director teatral Ricardo Bertone), en una ficción donde las autoridades del municipio capitalino han decidido practicar un fuerte ajuste en el espacio, que como primera medida incluye su despido. Arrojado a la intemperie, el Pelu (tal su apodo en la ficción) encontrará cobijo en el propio cineclub, donde primero asumirá el puesto de guardia nocturno y luego lo convertirá en su propio hogar clandestino, tras quedar en la calle por el aumento de los alquileres. De a poco, el Pelu irá abriendo el espacio a los naranjitas que habitan la noche céntrica cordobesa, con quienes formará una comunidad secreta organizada en torno a la solidaridad y los placeres culturales, como la cinefilia y la música popular, con la amenaza de la expulsión definitiva de fondo.

Filmada sin un peso del Estado, gracias a un presupuesto exiguo facilitado por la productora porteña GongCine y el trabajo solidario de la comunidad que habita la sala municipal, “La noche…” es al mismo tiempo una de las películas más ambiciosas en términos políticos y estéticos que haya dado el cine cordobés: en sus planos en blanco y negro de resonancias expresionistas, que construyen una mirada épicamente fantasmal del Cineclub Municipal, reverberan un sinfín de referencias cinematográficas y culturales que van desde el Hollywood de los años ´30 hasta el cuarteto clásico cordobés. “Es un cover de muchísimas otras películas”, define Salinas, quien destaca que “teníamos la idea de trabajar con películas norteamericanas de los años ‘30 porque nos parecía una etapa muy rica del cine, donde los géneros recién se están empezando a formar, por lo que las películas eran más diversas, más libres y más deformes, a la vez que son películas que están muy vinculadas con la Gran Depresión por el crack del ‘29, con un contexto social parecido al nuestro que retratan de una manera muy potente e imaginativa, muy corrida del realismo más crudo, por lo que abren puertas para hablar sobre un acontecimiento histórico concreto desde una perspectiva que puede ser muy libre”, completa.

Sin embargo, todo está dispuesto allí para promover el placer de los personajes y los espectadores, que desde el jueves podrán acceder en la misma sala de Bv. San Juan 49 a una película que se anima a mirar el drama humano más universal – “la tragedia de quedarte sin trabajo y caerte de tu clase social”, en palabras de Sonzini- con ojos de comedia, aún cuando los directores fueron los primeros afectados por la crisis del sector. “Todo lo que estamos viviendo desde hace unos tres años nos afecta personalmente como trabajadores pero también porque afecta a los espacios culturales donde vamos, de los que formamos parte, donde proyectamos nuestras películas. En ese sentido, sí hay una intensión muy concreta de meter todas esas cosas en este universo, porque el hecho de que la película se tuviera que producir de una manera tan precaria y contingente hacía que tuviera que hablar del presente en un sentido concreto”, explica Salinas, mientras Sonzini aclara que “al mismo tiempo, no estábamos tratando de registrar lo que está pasando con el Cineclub Municipal Hugo del Carril actualmente, ya que tiene una realidad completamente distinta a la que mostramos en la película… Lo que intentamos es encarnar una pesadilla: ¿Qué pasaría si un espacio como este, que es tan vital y tan fundamental para la vida de mucha gente, de repente cierra? El juego de la ficción de la película es mostrar una pesadilla que tiene mucho que ver con la manera de ver el mundo que están queriendo convertir en sentido común a nivel nacional y te diría mundial”.

HDC: Hay una cosa muy interesante en la película que es esta idea de la cinefilia abriéndose al exterior y a otras clases sociales…

Salinas (ES): Yo creo que, por un lado, pasa algo en relación a cómo es la cinefilia en Córdoba y cómo es en general en las provincias y en los lugares más alejados de las capitales, donde me parece que no es algo elitista. En general, creo que hay una experiencia bastante común en todos lados y es que los lugares de la cinefilia promueven un cruce muy grande de gente. Pero a la vez nosotros hacemos cine en Córdoba, en un momento donde hacer cine en Argentina se ha vuelto un oficio bastante elitista y para gente con mucho dinero, pero nosotros lo hacemos de otro modo: venimos de la universidad pública, somos gente de clase media, no tenemos ese corte social. Naturalmente las películas que queríamos incluir también hablan de un mundo donde estamos muy en contacto con el otro y donde uno se puede encontrar con el naranjita en la puerta y que ahí empiece una historia. Un poco eso tiene que ver también con “Los bajos fondos” (1936), de Jean Renoir, que es nuestra principal inspiración, y con las películas norteamericanas de los años ‘30, que tienen eso de presentar un cruce del cine con el mundo que es muy interesante, imaginativo y diverso, totalmente natural.

Sonzini (RS): En ese cine no era un hallazgo que una película hablara de lo que estaba pasando en la vida real, era algo muy común, muy orgánico. Pero creo que esto también tiene que ver un poco con la función social que ocupan los cineclubes y las salas de cine alternativa. Es decir, el Cineclub Hugo del Carril es un espacio increíble, es muy raro que exista algo así, pero en todos los cines artes, cineclubes o filmotecas en Buenos Aires, Nueva York, París, España, hay un público que es un montón de gente que van porque son lugares donde pueden estar por poco dinero y pueden pasarla bien, es una actividad muy accesible.

HDC: También hay algo muy hermoso de la película que tiene que ver con los vínculos entre los personajes…

ES: Hay una cosa que nos pasó naturalmente aunque en algún momento nos pareció un problema, que es que a lo largo de la película está la cuestión de la plata como un problema central. Pero en algún momento la plata deja de ser lo que más le importa a Pelu, el personaje principal. Eso ocurre un poco porque encuentra una manera muy precaria de arreglarse, que es lo que hacemos todos en nuestra vida diaria. Pero también hay algo de que la plata ocupe menos lugar en la película porque le empieza a importar menos a todo el mundo, porque los vínculos se empiezan a nutrir de cosas que no tienen que ver con la plata ni con salvar el día individualmente, sino con cosas que se hacen en conjunto. Para nosotros eso es una verdad absoluta, al punto que la película se hizo con un grupo de gente que nos quiere y aportó su trabajo pero no sólo por cariño sino porque en comunidad y trabajando somos más felices. Es algo que queríamos retratar en la película porque los protagonistas son amigos, son gente que queremos.

RS: Estamos viviendo un momento en el que se está convirtiendo en sentido común esta idea de que las cosas, para que merezcan existir, tienen que ser rentables económicamente. O sea, la idea de que el que tiene plata tiene la razón y eso no es así. Pero incluso es más grave porque se empieza a dar por sentado que pasarla bien no es un derecho que todos podemos tener, algo que es terrible. Para mí, es fundamental el deseo y el placer como guías de la vida, pero no hablo en términos personales: el deseo y el placer de todos, no el propio a costa de cualquier cosa. Y creo que en el tipo de vida que  llevamos, que apenas es de clase media, hay posibilidades de pasarla bien sin ser rico, sin gastar un montón de plata, con cosas simples como juntarse a comer algo, tocar la guitarra, ver cine o estar con amigos, porque es accesible y placentero. Teníamos la necesidad de pensar políticamente eso en la película.

HDC: Al mismo tiempo están las referencias culturales…

ES: Esta película es la segunda que escribimos juntos, entonces ya sabemos que tenemos ciertos intereses en común. Uno es la música, porque el cuarteto tiene una dimensión muy rica como relato popular, como relato de clase. Está lleno de historias, está lleno de elementos que nos llaman la atención porque justamente resuenan de alguna manera en el mundo en el que vivimos y porque es la música que escuchamos cuando estamos en grupo, cuando estamos de fiesta. Hubo algo de eso que empezó a ser como un centro de interés para nosotros: cómo esa música atraviesa nuestra ciudad y nuestra provincia porque uno la escucha desde que nace hasta que muere en casi todos lados y en muchos contextos, no importa si sos de clase alta o de clase baja, alguna vez la bailaste. Darle cuerpo a esa historia nos parece super interesante.

RS: Es un poco lo mismo que nos pasa con las películas, en el sentido de que son materiales que usamos para agregarle cosas a la historia y a su vez al usarlos nosotros también los estamos cambiando un poco. Aprender a amar el cine clásico, aprender a verlo y a entender qué es lo increíble de esas películas, es entender que se trata más de las emociones que del conocimiento bibliográfico de los directores. Esa idea me ayudó a apreciar el cuarteto: de repente me di cuenta que en Córdoba tenemos un género popular propio que tiñe nuestra manera de sentir. Jugando a la ficción, diríamos que Córdoba un poco siente como el cuarteto cuenta: es melodramático, siempre es un bajón, pero nos cagamos de risa; la tragedia se baila. Eso es como un tesoro que podemos usar.

ES: Además, nosotros no creemos que una película tenga que ser lo que ya existe solamente, sino que justamente tiene que abrir un horizonte de cosas que pueden existir, que hay que ponerlas juntas y ver cómo se hace para que existan y qué puede pasar para que existan. En eso hay muchísimas posibilidades, hay infinidad de matices que habitualmente no se nos pasan por la cabeza, que es lo mismo que pasa con el final.

HDC: La estética tan trabajada en blanco y negro ¿tiene que ver con estas referencias?

EZE: Nosotros ya tenemos un cierto oficio cinematográfico, Ramiro es montajista y yo soy director de fotografía desde hace un tiempo ya. Eso hace que tengamos una relación particular con las imágenes, justamente por este oficio que que venimos desarrollando desde hace años. Como cinéfilos también nos interesaba que el cine nos sirviera justamente para darle espesor a una realidad que conocemos, que es esta sala del Cineclub Municipal que nos parece la mejor sala del mundo. Pero para que sea la mejor sala del mundo en una película, hace falta trabajar la luz, las sombras, darle fuerza visual. En el mismo sentido, la gente que aparece en la película son amigos muy cercanos a nosotros: Octavio es el protagonista del primer corto que hice hace 15 años y retratarlo a él me genera mucho placer, me dan ganas de construir una épica sobre su cara, así como la otra gente que aparece en la película.

RS: De fondo, creo que está la idea de crear un mito, tanto de la gente que aparece en la película como de los espacios que filmamos. El director brasileño Adirley Queirós decía, en “Branco sai, preto fica” (2014), que quería filmar a su amigo y protagonista del filme (Marquim do Tropa) como si fuera Cary Grant, buscaba construir esa sensación que te dan las estrellas. Algo que también pasa con los espacios y las ciudades, imágenes que se vuelven iconos: ¿Por qué nunca en la vida fuiste a Estados Unidos pero sabes cuándo es Nueva York, cuándo es San Francisco, cuándo es Los Ángeles con sólo una imagen? Porque tienen una manera de filmar esos espacios que los vuelven icónicos. Entonces, con La Cañada nos parecía que podíamos lograr lo mismo. O acaso ¿quién no ha fantaseado con meterse a La Cañada? Debe ser la fantasía más común que hay en Córdoba…. si nosotros podíamos filmar eso, estábamos materializando una fantasía.

HDC: Algo parecido pasa con el propio cineclub, que en la película parece que fuera infinito…

RS: Al principio filmamos al personaje recorriendo el cine solo de noche un poco de forma desordenada…. Al montar, nos parecía que faltaba algo, de hecho habíamos llegado a un principio de acuerdo de que íbamos a re-filmar algunos planos. Pero ahí Ezequiel se puso a jugar y encontró la idea de los fundidos, mezclando un espacio con otro, haciendo que el personaje entre por un plano y salga por otro, pudimos darle cuerpo esa idea de que el cine era como una especie de laberinto infinito. De hecho en ese juego empezaron a entrar espacios que no son de aquí, como el túnel que descubre el personaje que hace que el Cineclub parezca un castillo gótico con esa vida subterránea monstruosa que terminaba en La Cañada, a la que filmamos además por dentro.

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