Hay entrevistas que empiezan con la primera pregunta. Esta empezó bastante antes. La videollamada encontró a Miguel «Botafogo» Vilanova en la cocina de su casa, preparando un batido con leche de almendras, semillas de calabaza y girasol, peras y yogur griego. La escena, lejos de ser un detalle menor, terminó anticipando buena parte de la conversación. Mientras hablaba de alimentación, de cómo hace más de cuarenta años eligió el vegetarianismo y de los cuidados que incorpora con el paso del tiempo, aparecía una idea que volvería una y otra vez durante la charla: la necesidad de seguir aprendiendo. O, como él mismo prefiere decir, de «reeducarse».
Y que evidentemente mucho se ha escrito sobre Vilanova. Su historia junto a Pappo, los escenarios compartidos con figuras internacionales, sus giras y sus discos forman parte de la biografía de uno de los grandes referentes del blues argentino. Pero esta conversación fue encontrando otros caminos. El músico habló del placer de enseñar, de los libros que escribió para que los jóvenes del interior pudieran estudiar sin tener que mudarse a Buenos Aires, de la inteligencia artificial como herramienta, de la importancia de registrar la propia obra y, sobre todo, de una preocupación que sostiene desde hace décadas: el reconocimiento del músico como trabajador.
Lo que sigue no busca recorrer una carrera que ya fue contada muchas veces. Más bien intenta detenerse en el presente de un artista que, a los 70 años, continúa grabando canciones, escribiendo nuevos materiales para sus alumnos y defendiendo una idea que atraviesa toda la entrevista: el entusiasmo no es un estado de ánimo, sino una forma de vivir.
Hoy Día Córdoba (HDC): En otras oportunidades has hablado de esa necesidad de seguir aprendiendo, pero también de compartir lo que uno sabe. Y ahí aparecen tus aprendices, esos músicos que en algún momento siguieron su camino y que muchas veces, como vos mismo contás, también terminaron enseñándote a vos.
Miguel Vilanova (MV): Sí, absolutamente. Yo la verdad que empecé como todo el mundo tocando rock callejero. Después tuve la suerte inmensa de conocer a Pappo, empecé a tocar con él y seguí en esa. Pero después tuve muchos años en España y gracias a un productor muy importante, que un día me dejó un trabajo para que yo grabe y no lo pude grabar, eran dos pavadas escritas en una partitura y yo no lo pude hacer. Y cuando el tipo volvió y me dice: «¿Y qué tal? ¿salió bien?», digo: «No, no pude hacer nada porque no pude leer». Ahí decidí que iba a estudiar. Entonces, cuando volví a Buenos Aires en el 85, arranqué a estudiar con un amigo que me inspiró y me acompañó mis primeros pasos, Gustavo Gregorio. Él me inició y después yo seguí. Me hice fanático del estudio, le descubrí todo, pero cuanto más aprendí fue cuando me puse a enseñar. Ahí empecé a atar cabos porque un alumno me decía: «Bueno, pero ¿y cómo lo voy a aplicar esto?». Yo decía: «Ahora qué le digo porque yo lo aprendo de memoria». Y eso me obligó a revisar todo. Volver siempre para atrás. Esa es la clave. El repaso constante. No es que estudiaste algo hace diez años y ya está: volvés constantemente a ese punto.
HDC: Claro, y a raíz de eso has escrito libros.
MV: Sí, montones de libros y tengo alumnos gloriosos que me dejan satisfecho de decir “no estaba mal lo que yo pensaba porque qué sé yo, hoy por hoy, tenés un grupo como The Black Crowes. Bueno, el guitarrista es un guitarrista argentino, se llama Nico Bereciartua. Es el hijo de Vitico, el bajista de Riff y compañero de Pappo. Y me lo trajo a mi casa cuando era un niñito, le empecé a enseñar, a enseñar y hoy es el guitarrista de The Black Crowes. Es un pibe tan noble, siempre me nombra como su maestro y todo. Después otro es Lucas Sedler, fue el guitarrista de los 10 últimos años de la Memphis. Y así tengo muchos más, pero un montón. Montones de alumnos que han estado tocando por todos lados y están haciendo su carrera.
Entonces, me siento contento de que mis conclusiones en el estudio le sirven al otro, que es siempre fue mi berretín ese. Yo decía en los años 80: «¿cómo hace un pibe que vive en Catamarca o mismamente en Córdoba?», Bueno, Córdoba siempre tuvo más información. De hecho, la primera universidad que hubo fue en Córdoba. Pero yo decía a un pibe allá, no sé, en Jujuy, en Salta, La Rioja ¿cómo hace para estudiar con alguien que él admira por ahí? Tiene que dejar su terruño, venir a Buenos Aires que es un loquero, gastar plata, no sé, vivir en una pensión todo para estudiar. Entonces, dije: «Ya sé, un libro puede viajar, viaja en correo y llega a la puerta de la casa». Entonces, hice mis primeros libros y funcionan. Y ando dando vueltas mucho por el país y siempre me encuentro con pibes. Y eso me pone muy feliz. Me pone muy contento porque realmente fue la motivación.
Todos saben que no te hacés rico vendiendo libros, pero siempre la motivación fue compartir la información. Siempre admiramos a los ingleses, a los norteamericanos, pero los tipos estudian. Hay quienes no estudian, tocan, les va bien y se hacen ricos. Pero también están los grandes/grandes, grosos que se matan estudiando y aprendiendo de alguna manera, por ahí no académicamente, pero todos estudian, todos aprenden. Y entonces dije: «Acá falta eso, que la muchachada tenga disponible directrices». Porque acá cuando arranqué, por ejemplo, una vez tenía un maestrito, un super guitarrista de folklore que me enseñaba los primeros pasos de teoría, solfeo, leer música. Y un día le llevé el primer disco de Pappo’s Blues y le dije: «Mire, yo quiero tocar así», porque lo que el tipo me hacía practicar decía: «No, esta es una técnica muy americana que acá todavía no ha llegado y no sé qué».
Entonces, ahí apareció ese tocadiscos que ves ahí. Gracias a ese tocadiscos toda mi generación aprendió a tocar porque tiene un dispositivo que hacía que bajes la velocidad del disco. Entonces al bajar la velocidad, vos podías estudiar tranquilo, escuchar y no cambiaba la nota. Se ponía más grave, pero eran las mismas notas. Ahora eso YouTube lo tiene. Bueno, eso mismo primitivamente apareció así en nuestra vida y así aprendimos a tocar muchos toda mi generación. Entonces, dije: «bueno, la muchachada tiene que tener información». Y adiós gracias que recibo constantemente, que eso también es una bendición, porque muchas veces uno hace algo, te morís y no te enterás qué pasó. Yo realmente me estoy enterando todos los días desde hace mucho tiempo, hace 30 años que empecé a hacer mis primeros libros, de pibes que me dicen que gracias a ese libro, que esto y todas cosas lindas.
Vos fíjate entonces, un sueño, un berretín, unas ganas de compartir información, porque a mí me parece que eso es lo que corresponde. Muchas veces hay gente que no quiere compartir, no quiere decir sus secretos, sus cosas, pero yo considero que la música es como la matemática.
HDC: Claro. Además, un libro en nuestra lengua, situado y de un argentino tiene su peso también.
MV: Pero, por ejemplo, la última vez que yo estuve en Medellín (Colombia) había en mi camarín una fila de 15 pibes, de los cuales la mitad tocaban en ese festival de blues con sus bandas y los hice entrar al camarín a los 15. Tenían todos mi libro, todos habían estudiado con mi libro en Colombia. Entonces, es una parte mía de la que me gusta, no es que me crea nada, hay muchos colegas que hacen lo mismo. Pero lo que yo pensé, lo pude concretar. Eso ya es una alegría. Me siento contento con eso. Y después, la música mía, quiero decir, lo que yo puedo hacer, que lo pude cristalizar en obras, en grabaciones, en tocar, en salir de gira.
HDC: Sí, sobre eso. Escuchaba en otros espacios que hablabas de la importancia de registrar. Contabas que cuando volviste a Argentina, empezaron con Durazno de Gala y que una de las condiciones era como «Bueno, hay que grabar todo». Y me parece que también eso está reflejado en los libros, reflejado en las grabaciones.
MV: Claro. Y bueno, yo ya te digo, tengo ese muchachito que estudió conmigo y toca con The Black Crowes, pero Sting toca con un guitarrista argentino. Y hay muchos, las orquestas sinfónicas de todo el planeta tocan Piazolla hoy por hoy.
HDC: Hablando de la creación, que vos bueno tenés muchísimos años de experiencia, has vivido miles de tecnologías nuevas. Bueno, el cambio del vinilo, el CD, hoy en día las plataformas, creo que eso también cambia un poco la forma de hacer música. No sé si para vos, pero quizás antes un álbum se pensaba de punta a punta, tenía una idea que quizás la unía, había un eje transversal y hoy en día las bandas, en general, lanzan una canción suelta, un single. Y en este sentido, también de lo que más se habla en este momento es en la inteligencia artificial, que si bien existe hace muchos años, hoy casi toda la sociedad la usa. Y bueno, se usa para crear. Yo quería saber qué pensabas vos con respecto a eso, en relación a la música, en relación a la escritura también.
MV: Sí, me parece una herramienta bastante útil en lo poco que yo sé usarla, yo apelo mucho a Google y ahí hay una inteligencia artificial, le pregunto cosas y por ejemplo con respecto a mi alimentación, muchas veces digo, me invento una comida, entonces le pongo: «estoy haciendo esto, ¿qué le parece nutricionalmente? ¿Cómo me influencia en el colesterol, en los niveles de glucosa?» y te da todo un reporte buenísimo. También le suelo contar mis sueños. Yo sueño algo, lo escribo y lo mando y el tipo te hace un análisis alucinante. Lo tengo chequeado con una licenciada en psicología que es amiga, es la esposa del baterista de mi banda.
Pero, por ejemplo, le mando la letra y le pido que revise si tengo errores en los tiempos verbales. Y por ahí me corrige. También le podés pedir que te haga diez preguntas sobre vos mismo y después te devuelva un análisis. Yo siempre le pido que me analice desde el punto de vista junguiano, porque a mí me gusta mucho más la psicología de Carl Jung. Después te hace toda una devolución. Se la mostré a una licenciada en Psicología y me dijo: «Es increíble, Miguel. Nos van a dejar sin trabajo».
HDC: Pienso que no igual. Es decir, un poco sí pero a la vez no porque….
MV: No, de ninguna manera. Creo que es un ingrediente más y que se puede usar bien. Y todo esto de poder subir a Spotify, para un músico como yo, a lo mejor con mis años de trayectoria, es un poco un premio consuelo, pero para uno que recién empieza puede ser un aliciente importante.
Y democratiza un poco eso de que la gente se entera del trabajo solamente porque hay un tipo que te hace un disco y te pone en la radio. Ahora cualquiera puede grabar bien con un par de microfonitos y un par de aplicaciones. Se graba con la misma calidad que grabo yo, que tengo un estudio. Y por ese lado está bueno. Hay algo de lo que quizás vos, veo que conocés bastantes cosas que yo pienso. Sigo pensando que hay un descuido por parte de los encargados de la cultura en Argentina. En Argentina, sí, voy a hablar de Argentina. Puedo compararlo con otros lugares porque he estado en otros lugares y he visto cómo tratan a los músicos.
Acá se sigue pensando que el músico es un vago, que no quiere trabajar, que le gusta estar de jodas y no es verdad. Eso suele suceder, pero eso sucede también en el Congreso de la Nación y en las comisarías y en las fábricas y entre los CEOs de las empresas, así que eso no es del rol.
HDC: Entiendo, es más de parte de la humanidad que de la profesión.
MV: Pero a veces suena esto que yo digo, que quiero vivir subvencionado por el Estado. No. Yo lo que quiero es vivir protegido, como está protegido el obrero de la construcción, sin ir más lejos. Una construcción arranca y el tipo que dirige la construcción tiene que dejar que venga el sindicato a ver si ese obrero tiene el cinturón de seguridad, el casco, los zapatos con puntera de acero, los guantes, bla, bla, bla. ¿Por qué? Porque hay antecedentes de que, por ese tipo de descuido, han muerto muchachos en una obra, por ejemplo.
Ahora, el músico va a un escenario, se puede quedar electrocutado y nadie se hace cargo de nada. El músico puede tocar música en vivo, pero hay diez mil discotecas que ya no contratan más músicos y viven de la música.
Ponele que la hagan o no. Pero lo que sí es cierto es que yo entro a una discoteca y no están en silencio, leyendo libros y conversando. La gente está escuchando música a alto volumen y no hay un trabajador de la música tocando en ese lugar, porque el Estado todavía no nos ve como trabajadores; nos ve como drogadictos que no quieren trabajar. Es increíble.
Yo tengo fe en las nuevas generaciones. No sé, que un día vos seas secretaria de Cultura. Ya no tenés el concepto vetusto de un politiquero.
Entonces, bueno, tengo fe en eso. Pero, por ejemplo, yo voy a Estados Unidos y trabajo mucho en parques, toco en festivales muy prestigiosos, pero una gran parte de lo que hago es trabajar en parques. Allá todos los parques tienen un administrador artístico, que es algún vecino de la zona, algún vecino notable, alguien decente, y tiene un presupuesto que le da el municipio. Le dicen: «Bueno, mire, don Fidel, usted se va a encargar de contratar números artísticos para que vengan al parque y el vecindario pueda ver espectáculos de manera gratuita». Y el tipo lo hace. No hay corrupción, no hay nada. Yo termino de tocar y viene el señor —o muchas veces una señora— con mi sobre, con mi plata, me la da, yo firmo un recibo y le entrega el sobre a cada músico.
Y eso se podría hacer acá, porque eso no significa un gasto astronómico para un municipio. Se gasta muchas veces mucho más —ni hablar de la corrupción— en pavaditas o en pautas para las radios.
Bueno, si vos podés tener viernes, sábado y domingo músicos tocando en todos tus parques —y no digo solo músicos, también actores, gente que vaya a leer poesía, todo lo que tenga que ver con el arte y con bajar el arte al pueblo—, se genera una economía circular.
Entonces, eso no lo ven. No lo ven.
La música y todo lo que genera
La conversación vuelve una y otra vez al mismo eje: la música como una forma de conocimiento, de encuentro y de transformación. Desde ahí, después de hablar sobre el trabajo de los músicos y el lugar que ocupa el arte en la sociedad, el diálogo vuelve a una dimensión más personal.
