De Córdoba a Lima: la receta de una pizzera cordobesa para reinventarse en la capital gastronómica de Latinoamérica

En el Día del Pizzero y Pastelero, la historia de Romina, una cordobesa que encontró en Lima una nueva forma de ejercer el oficio.

De Córdoba a Lima: la receta de una pizzera cordobesa para reinventarse en la capital gastronómica de Latinoamérica

Desde las cocinas de Barranco: una pizzera cordobesa celebra el día del Pizzero y Pastelero.

Cada 12 de enero se celebra el Día del Trabajador Pizzero y Pastelero, una efeméride que rinde homenaje a quienes se dedican a elaborar dos de los productos más elegidos en cualquier mesa: la pizza y las tortas. La fecha fue instituida en 1946, en coincidencia con la fundación del Sindicato de Trabajadores Pasteleros, Confiteros, Heladeros, Pizzeros y Alfajoreros (STPCHyA), con el objetivo de mejorar las condiciones laborales del sector y preservar sabores que forman parte de la identidad gastronómica argentina.

Aunque en Argentina la fecha suele pasar entre saludos, reconocimientos y recuerdos de jornadas pagadas doble, no en todos los países se vive de la misma manera. Romina Giménez, pizzera y pastelera oriunda de Córdoba, lo descubrió al instalarse en Lima, donde vive y trabaja desde hace dos años.

“La verdad es que no sabía que se celebraba este día. Acá no se festejan las efemérides gastronómicas como en Argentina”, cuenta entre risas. “Pero recibir algún saludo siempre es lindo, te recuerda eso tan nuestro de festejar todo”.

Su historia no es solo la de una migración laboral: es la de una cocinera que se sumergió en una de las escenas gastronómicas más vibrantes del mundo y descubrió que, para crecer, muchas veces hay que desaprender, adaptarse y volver a empezar.

Horarios, costumbres y sabores: el choque cultural

El choque cultural no tardó en aparecer, y el reloj fue uno de los primeros protagonistas. Acostumbrada a la nocturnidad argentina, Romina se encontró con una Lima que cena temprano y se apaga rápido.

“En Argentina es raro que las cocinas no estén abiertas hasta las dos o tres de la mañana. Acá la gente sale a comer a las siete, ese es el horario pico”, explica. “Yo salgo a las diez y media de la noche y es prácticamente imposible encontrar un lugar para sentarse a comer”.

Este cambio impactó no solo en su rutina laboral, sino también en su forma de habitar la ciudad. “En Argentina, una pizzería así estaría abierta hasta las tres”, compara, refiriéndose al local donde trabaja hoy, que combina pizzas, cervezas y mesas al aire libre.

Otro contraste fuerte fue el mapa pizzero. “Acá no existen las rotiserías de barrio”, señala. En su lugar, Lima presenta un escenario polarizado: grandes cadenas internacionales como Domino’s o Papa John’s conviven con propuestas gourmet y de autor.

Romina se desempeña en Indio, una pizzería de autor donde la creatividad es regla. Allí, los clásicos se reinventan con ingredientes locales y técnicas propias: una cuatro quesos con quesos de cabra y crema de cebolla caramelizada, o una pizza americana con choclo bebé y piña fermentada en casa: “Hay muy buenos ingredientes y se aprovechan a full”, resume.

Trabajar en Perú también implicó reeducar el paladar. “El ají es clave, no puede faltar si hay un peruano en la mesa”, dice. La proteína cambia de protagonismo —menos carne vacuna, más pollo— y las verduras y frutas sorprenden por su intensidad de sabor.

Otro aprendizaje vino del tamaño de las porciones. “Comen mucho”, reconoce. “Las guarniciones nunca son una sola: papa y arroz en el mismo plato, full carbohidratos”. Una ensalada sola, explica, suele percibirse como insuficiente.

En el universo dulce, el impacto fue igual de fuerte. “Son súper dulceros”, afirma. Le llamó la atención la cantidad de puestos ambulantes de postres y su rápido flechazo con los kekes, bizcochuelos que se consiguen en cualquier bodega.

Tras instalarse en Lima, Romina se integró a una de las cocinas más reconocidas del circuito gastronómico local. Indio Pizzería, ubicada en el barrio de Barranco, forma parte del ranking The Best Pizza y está liderada por el chef Diego Olivera Ríos, seleccionado entre los mejores pizzeros del mundo en 2025.

Fotos: pizzas en Indio, de Diego Fernando Olivera Ríos.

Aprender, enseñar y llevar la identidad a la cocina

Aunque en Perú el manjar ocupa el lugar del dulce de leche, para Romina no es lo mismo. “No son exactamente dulces de leche”, aclara. Por eso busca introducir sabores argentinos en la carta: ya sea adaptando el manjar local o preparando ella misma el dulce de leche, como gesto de identidad.

En los momentos de nostalgia, la cocina vuelve a ser refugio. “Cuando tengo tiempo preparo algo argentino y lo comparto. Hace poco hice alfajores de maicena para mis compañeros”.

Romina reconoce que extraña Argentina y Córdoba, y lo dice sin rodeos: “Siempre que alguien tiene algo de allá o hay ferias gastronómicas argentinas —suele haber varias— es necesario ir”. Para ella, esas instancias funcionan como una representación de su familia y de su país, un anclaje emocional en la distancia.

Expo argentina en Lima, Perú.

Su origen argentino también la convirtió, casi sin buscarlo, en referente dentro de la cocina cuando se trata de carnes. “Siempre me consultan a mí”, cuenta entre risas. Y aunque el ceviche peruano le “voló la cabeza”, no duda: en el fondo, siempre elegirá una buena milanesa de carne como su comida favorita.

Su sueño es claro: sumar un plato argentino al menú de Indio. “Ojalá ahora en verano”, dice.

La experiencia en Lima también amplió su formación profesional. “Se aprende en todos lados, desde un puesto callejero hasta un restaurante grande”, asegura. Su curiosidad la llevó a recorrer mercados y a trabajar con ingredientes desconocidos.

“En Argentina casi no trabajé con cosas marinas”, cuenta. En Perú aprendió a limpiar conchas y pulpo. “Capaz estás en una pizzería, pero el día que haga falta, vos lo sabés hacer. Y está bueno”.

Ese aprendizaje constante convive con el rol inverso: el de enseñar. “Cuando estás afuera también podés aportar mucho: técnicas, sabores y costumbres de tu país”, reflexiona.

El recorrido de Romina Giménez resume el espíritu del Día del Pizzero y Pastelero: un oficio atravesado por la tradición, pero también por la adaptación. Entre el ají y el alfajor, los horarios tempranos y la nostalgia nocturna, su cocina se volvió un puente entre culturas.

Lejos de casa, la identidad no se pierde: se transforma. Y en ese gesto cotidiano de compartir lo propio mientras se aprende lo nuevo, Romina sigue escribiendo su propia receta de crecimiento, en una ciudad que la desafía y la inspira todos los días.

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