La Noche de los Lápices: una devastación de la identidad y la democracia

Cincuenta años después, La Noche de los Lápices todavía guarda preguntas detrás de sus ausencias. ¿Qué sucede cuando quienes deben garantizar los derechos comienzan a decidir quién puede tenerlos? Desde la mirada de Hannah Arendt, filósofa y política alemana, pensamos cómo en aquella noche se vinculó tanto la identidad, el poder, la ilegalidad y la democracia argentina.

La Noche de los Lápices: una devastación de la identidad y la democracia

La Noche de los Lápices: la memoria como campo de batalla y la lección arendtiana sobre lo que se pierde cuando el Estado deja de ser de todos.

El 16 de septiembre de 1976 en La Plata, un operativo coordinado por la policía bonaerense, secuestró a un grupo de estudiantes de colegios platenses. Algunos nunca volvieron. Francisco López Muntaner, María Claudia Falcone, María Clara Ciocchini, Claudio de Acha, Horacio Ungaro y Daniel Racero permanecen desaparecidos. Otros sobrevivieron al cautiverio y, décadas después, sus testimonios permitieron reconstruir una parte de aquello que la dictadura intentó ocultar.

Cinco décadas más tarde, la pregunta ya no es únicamente qué ocurrió aquella noche. También es ¿qué significa que un Estado haya podido hacer desaparecer personas, negar sus destinos y administrar el silencio como parte de su política de terror?

Y allí Hannah Arendt nos ofrece una perspectiva.

Cuando la ilegalidad se vuelve un método

En «Los orígenes del totalitarismo», Arendt analizó cómo «los regímenes de terror», aquellos que destruían la «libertad política». Explicaba, como los mismos, pueden construir una apariencia de legalidad mientras producen, en la práctica, una ruptura radical con el derecho. Su concepto de “ilegalidad totalitaria” permite pensar una paradoja primordial: el Estado no desaparece cuando comienza la violencia clandestina; por el contrario, puede utilizar sus estructuras, su autoridad y sus recursos para organizar aquello que formalmente niega.

La última dictadura argentina llevó adelante una arquitectura de represión que combinó disposiciones oficiales, secuestros clandestinos, centros de detención, torturas, asesinatos y desapariciones. La clandestinidad no significaba ausencia de Estado. Era, precisamente, una de sus formas de actuación.

La desaparición forzada llevó esa lógica hasta un extremo todavía más profundo. No se trataba solamente de quitar una vida, sino de interrumpir la posibilidad de saber qué había ocurrido con ella. Sin cuerpo, sin explicación y sin reconocimiento oficial, la víctima quedaba atrapada en una zona donde el Estado negaba aquello que había producido.

Para Arendt, perder los derechos no significa únicamente perder determinadas garantías jurídicas. Existe algo anterior. El “derecho a tener derechos”, es decir, la posibilidad de pertenecer a una comunidad política en la que la propia existencia sea reconocida. La desaparición atacaba justamente ese punto.

No borrar solamente una vida, sino también quién era

La historia de La Noche de los Lápices también revela otro problema: cómo recordar a quienes fueron perseguidos sin reducirlos a una única identidad.

Durante los primeros años de la democracia se consolidó una narración que presentó a los estudiantes principalmente como jóvenes inocentes perseguidos por reclamar el boleto estudiantil. Esa representación ayudó a instalar socialmente el caso, pero también produjo una simplificación.

Las investigaciones posteriores, entre ellas las de Sandra Raggio y los testimonios de sobrevivientes como Emilce Moler, mostraron una realidad más compleja. Algunos de aquellos jóvenes participaban de organizaciones políticas, tenían militancia estudiantil y, en algunos casos, habían asumido posiciones vinculadas a la resistencia política.

Esto no modifica el crimen cometido contra ellos. Lo vuelve, en cierto sentido, todavía más revelador.

Porque si la dictadura necesitó construir la figura del “subversivo” para justificar su persecución, la democracia necesitó durante un tiempo construir la figura de la “víctima inocente” para volver narrable ese crimen. Entre ambas operaciones quedó una pregunta fundamental: ¿quiénes eran realmente aquellos jóvenes?

La respuesta importa

Arendt sostuvo que la identidad de una persona no puede reducirse a una categoría. El “quién” aparece en lo que cada individuo hace, dice y construye junto a otros. La identidad, entonces, no es una etiqueta estática, se revela en la acción y en la relación con los demás.

Por eso recuperar a los estudiantes únicamente como “víctimas” también puede ser una forma involuntaria de quitarles aquello que el terrorismo de Estado intentó destruir.Su condición de sujetos políticos, sus nombres, sus voces, sus ideas, sus vínculos y sus decisiones forman parte de la historia.

El crimen contra la pluralidad

Para Arendt, la política existe allí donde seres diferentes pueden aparecer ante los demás, hablar, actuar y participar de un mundo común. La pluralidad no es un detalle de la democracia, es una de sus condiciones fundamentales.

Desde esa mirada, perseguir a estudiantes por su participación política no significó únicamente reprimir determinadas organizaciones. Significó atacar el espacio mismo en el que una sociedad puede producir nuevas voces.

Así, podemos entender como la dictadura no solo persiguió personas. Persiguió la posibilidad de que esas personas actuaran públicamente como ciudadanos.

Ese aspecto permite conectar dos fechas que, a primera vista, podrían parecer separadas. El 15 de septiembre, apenas un día antes de esta efeméride, se conmemoró el Día Internacional de la Democracia. La cercanía entre ambas fechas funciona casi como una advertencia histórica.

La democracia no consiste solamente en votar periódicamente. También supone la existencia de un espacio público donde nadie tenga que pedir permiso para pensar, disentir, organizarse, reclamar o participar. Cuando ese espacio desaparece, la democracia comienza a vaciarse.

Los lápices y la batalla por la memoria

La expresión “Noche de los Lápices” terminó convirtiéndose en una de las denominaciones más reconocibles de la represión dictatorial. El libro de María Seoane y Héctor Ruiz Núñez y, posteriormente, la película dirigida por Héctor Olivera en 1986 contribuyeron decisivamente a instalarla en la memoria colectiva.

Pero la memoria tampoco es inmóvil. Como mostró Raggio, las formas de narrar aquellos hechos fueron cambiando. El relato del boleto estudiantil, la militancia política, los testimonios de sobrevivientes y las investigaciones posteriores fueron agregando capas a una historia que nunca pudo reducirse completamente a una sola explicación.

Esa discusión no debilita la memoria. La vuelve más rigurosa.

De esta manera, recordar significa aceptar su complejidad y disputar aquellas interpretaciones que, por diferentes motivos, a veces, vuelven a quitarles a los protagonistas una parte de lo que fueron.

Emilce Moler, secuestrada el 17 de septiembre, sobrevivió al cautiverio y años después reconstruyó públicamente aquella experiencia. Pablo Díaz también convirtió su testimonio en una pieza central para conocer lo sucedido. Sus voces permitieron que una historia diseñada para permanecer clandestina ingresara al espacio público.

Cincuenta años después

La Noche de los Lápices no recuerda solamente aquello que una dictadura fue capaz de hacer. También obliga a pensar cómo una sociedad puede llegar a convivir con la pérdida de derechos cuando el poder consigue presentarla como necesaria, inevitable o incluso legítima. Allí reside una de las claves de la mirada de Hannah Arendt, el problema político no aparece únicamente cuando la violencia alcanza su forma extrema, sino cuando se deterioran las condiciones que permiten reconocer al otro como alguien que tiene derecho a existir, hablar y participar.

La desaparición fue la expresión más brutal de ese mecanismo. No alcanzaba con eliminar físicamente a una persona. Había que volver incierto su destino, negar su existencia jurídica y quebrar los vínculos que permitían reconocerla.

Por eso los estudiantes de La Noche de los Lápices no deberían quedar encerrados en la categoría de “víctimas”. Recuperar sus nombres implica también recuperar sus identidades, sus ideas y su condición de sujetos que actuaban con otros. Devolverles aquello que el terror quiso destruir, la posibilidad de aparecer ante los demás como quienes eran.

Quizás allí se encuentre el sentido menos evidente de la efeméride. Recordar que una democracia representativa, como la nuestra, necesariamente discute, confronta y cambia. Por lo tanto, resulta inaceptable que la diferencia convierta al otro en alguien sin derechos, que la arbitrariedad sea presentada como autoridad o que el Estado deje de estar sometido a las reglas que debería garantizar.

Arendt ayuda, entonces, a desplazar la pregunta, no solo qué ocurrió aquella noche, sino qué condiciones hacen posible que algo así vuelva a parecer aceptable.

A cincuenta años, recordar La Noche de los Lápices es sostener justamente esa incomodidad. Entender que la democracia no se define únicamente por la existencia de elecciones, sino por la posibilidad de que cada persona conserve un lugar en esa sociedad compartida. Y que defenderla también implica no esperar a que aparezca la tragedia para reconocer aquello que, mucho antes, ya había comenzado a dejar de ser como tal.

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