La profundización de la crisis energética en Cuba está empujando a miles de familias a retomar prácticas ancestrales para poder cocinar. Ante la escasez de gas licuado y los reiterados cortes de electricidad, el uso de leña y carbón volvió a instalarse como una necesidad cotidiana en distintos puntos de la isla.
En La Habana, la escena se repite en numerosos hogares. Celeste Domínguez, una mujer de 66 años, enciende cada mañana un fuego improvisado con ramas que recoge en su patio o en zonas cercanas. Desde hace dos años dejó de depender del denominado “gas de balita”, cuya distribución se volvió irregular y, en los últimos meses, prácticamente inexistente. “Antes lo recibía cada 11 días, ahora hace más de seis meses que no”, lamenta.
La situación se agravó a partir de enero, tras nuevas medidas impulsadas por el presidente estadounidense Donald Trump, que incluyen sanciones a quienes envíen petróleo a la isla. Según denuncian las autoridades cubanas, este endurecimiento del bloqueo impactó de lleno en el suministro energético, incrementando los apagones y limitando el acceso a combustibles básicos.
En este contexto, el carbón vegetal se convirtió en un recurso clave. En localidades como Aspiro, en la provincia de Artemisa, productores como Víctor Carmona aseguran que la demanda creció de manera exponencial. “La gente llama desesperada porque no tiene gas y no puede cocinar con electricidad”, explica. Su producción, que antes abastecía a vecinos cercanos, ahora llega incluso a la capital, a más de 80 kilómetros.
La realidad también golpea a familias como la de Danilaide Mondúy, madre de dos niños, quien debe ingeniárselas para conseguir carbón en pequeñas cantidades o mediante envíos de familiares desde la provincia de Pinar del Río. La preparación de alimentos, advierte, se volvió más lenta, sucia y compleja.
A la par, los apagones modificaron la rutina diaria de muchos trabajadores. José Luis Hernández relata que debe levantarse de madrugada para cocinar cuando hay electricidad disponible. Cuando el suministro se interrumpe, recurre a una hornilla casera alimentada con carbón y restos de combustible. “No es lo mismo abrir la llave del gas que encender carbón a esa hora”, resume.
Las consecuencias no son solo logísticas. El uso intensivo de leña y carbón también afecta la salud y las condiciones de vida. El humo invade los hogares, la ropa se impregna de hollín y los espacios cerrados se vuelven peligrosos, especialmente para niños y adultos mayores.
Desde el Gobierno cubano atribuyen la crisis al recrudecimiento del embargo estadounidense, mientras que especialistas advierten que la infraestructura energética local, basada en centrales termoeléctricas con más de cuatro décadas de uso y escasa inversión, agrava el panorama.
Sin alternativas inmediatas, la población se adapta como puede. En la Cuba actual, cocinar volvió a ser una tarea compleja, marcada por la improvisación y el regreso forzado a métodos del pasado.
