El asesinato del ayatolá Ali Jameneí, líder supremo de Irán durante más de tres décadas, no solo sacudió al sistema político de Teherán: expuso con crudeza la peligrosa deriva hacia la lógica de la guerra preventiva que hoy domina en Medio Oriente.
La operación militar que lo eliminó, atribuida al Estado de Israel, fue presentada como un golpe “quirúrgico”. Pero el saldo, una cúpula militar descabezada, cientos de muertos y la región al borde de un conflicto mayor, pone en duda esa narrativa.
Según fuentes militares israelíes, el ataque se realizó con apoyo de inteligencia de la CIA y apuntó al complejo de mando central en Teherán. En el bombardeo murieron también el jefe del Estado Mayor, Abdorrahim Musaví, el ministro de Defensa Aziz Nasirzadeh y decenas de altos mandos. La ofensiva dejó víctimas en ciudades como Tabriz e Isfahán, confirmando que la “precisión” proclamada no evitó daños masivos.
Un precedente que erosiona el derecho internacional
Más allá del debate sobre el rol de Irán en conflictos regionales, la eliminación selectiva de un jefe de Estado o líder supremo en territorio soberano abre interrogantes inquietantes. Expertos en derecho internacional advierten que legitimar este tipo de acciones como instrumento político puede convertir el magnicidio en herramienta habitual de la diplomacia armada.
El nuevo presidente iraní, Masud Pezeshkian, denunció el ataque como una declaración de guerra. La respuesta no tardó: el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica anunció ataques contra bases estadounidenses y objetivos israelíes. Explosiones y cierres de espacios aéreos en Doha, Kuwait y Dubái evidenciaron la fragilidad de una región donde cualquier chispa puede desatar un incendio.
La retórica belicista tampoco ayudó. El secretario de seguridad iraní, Ali Larijani, prometió venganza. Y del lado occidental, la respuesta política no fue menos incendiaria.
Washington y Moscú, dos lecturas opuestas
Desde Estados Unidos, el expresidente Donald Trump celebró la muerte de Jameneí y advirtió a Irán con una represalia “nunca antes vista”. Sus palabras refuerzan la idea de una política exterior basada en la disuasión extrema, aun a costa de multiplicar la inestabilidad global.
En contraste, el presidente ruso Vladímir Putin calificó el hecho como una violación del derecho internacional y pidió frenar la escalada. La división internacional deja en evidencia la ausencia de consensos mínimos en un mundo cada vez más polarizado.
El precio de la escalada
El magnicidio puede haber eliminado a un adversario estratégico, pero difícilmente haya resuelto los conflictos que atraviesan la región. Por el contrario, profundiza la lógica de retaliación permanente y debilita cualquier intento de negociación futura.
En Oriente Medio, la historia demuestra que los golpes “decisivos” suelen ser solo el preludio de guerras más largas y costosas. La muerte de Jameneí no solo abre una crisis en Irán: deja al descubierto una verdad incómoda. Cuando la diplomacia se reemplaza por drones y misiles, la estabilidad deja de ser una meta y se convierte en la primera víctima.
Medios israelíes aseguran que el líder supremo Khamenei murió tras los ataques
