La británica Sarah Mullally fue investida como la 106ª arzobispa de Canterbury, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar el cargo más alto de la Iglesia de Inglaterra desde su creación.
La ceremonia se llevó a cabo en la Catedral de Canterbury, uno de los templos más emblemáticos del cristianismo anglicano, y contó con la presencia del primer ministro Keir Starmer y los príncipes de Gales, Príncipe William y Catherine, Princesa de Gales, junto a líderes religiosos de distintas partes del mundo.
El acto marcó el inicio público de su ministerio como líder espiritual de la Comunión Anglicana, una red global que reúne a más de 100 millones de fieles.
Un discurso atravesado por el reconocimiento a las víctimas
En su primera intervención, Mullally puso el foco en uno de los temas más sensibles que atraviesan a la institución: los abusos dentro de la iglesia. En ese sentido, llamó a no minimizar el daño causado y a sostener un compromiso activo con quienes lo padecieron.
“Llevamos a las víctimas y supervivientes en nuestros corazones y en nuestras oraciones, y debemos seguir comprometidos con la verdad, la compasión, la justicia y la acción”, afirmó durante la ceremonia.
Además, subrayó que el sufrimiento no debe ser ignorado ni relativizado, y que la iglesia tiene la responsabilidad de actuar con transparencia y empatía frente a estos hechos.
El peso simbólico de ser la primera mujer
La designación de Mullally no solo representa un cambio institucional, sino también un fuerte gesto simbólico en una iglesia históricamente liderada por hombres.
“Reconozco el significado de ser la primera mujer arzobispa, pero también soy consciente de las mujeres que me apoyaron en mi ministerio. Es completamente posible seguir los sueños de lo que querés hacer”, expresó, en un mensaje que puso en valor el camino recorrido por otras mujeres dentro de la institución.
Su nombramiento se inscribe en un proceso de transformación progresiva: la Iglesia de Inglaterra ordenó a sus primeras sacerdotisas en 1994 y recién en 2015 consagró a su primera obispa.

De la enfermería al liderazgo religioso
Antes de su carrera eclesiástica, Mullally desarrolló una destacada trayectoria en el ámbito de la salud. Fue enfermera oncológica y llegó a convertirse en jefa de enfermería de Inglaterra a los 37 años, siendo la persona más joven en ocupar ese cargo.
Recién a los 40 años inició su camino religioso, que la llevó a ser nombrada obispa en 2015 —una de las primeras mujeres en alcanzar ese rango— y posteriormente obispa de Londres en 2018, uno de los puestos más relevantes dentro de la iglesia.
Un liderazgo que comienza en medio de tensiones
Mullally asume el cargo tras la renuncia de Justin Welby en 2024, quien fue cuestionado por su manejo de denuncias de abuso dentro de la institución.
En este contexto, su gestión comienza atravesada por desafíos clave, entre ellos la reconstrucción de la confianza pública, la respuesta a los escándalos de abusos y las tensiones internas en torno al rol de las mujeres y la inclusión de personas LGBTQ+.
Su liderazgo, que ya es considerado histórico, se proyecta así en un escenario de cambios profundos para la Iglesia anglicana, donde las demandas de mayor igualdad, transparencia y apertura ocupan un lugar central.
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