En un proceso que se acelera cada vez más, la consolidación de la surgente gran potencia asiática -que desde mediados de 2015 encabeza el nivel de su producto bruto interno a las mayores potencias- viene desplazando a Estados Unidos. Sin embargo, lejos de admitirlo, el presidente norteamericano Donald Trump acentuó su actitud agresiva. Y lo concretó por medio de una insólita “andanada de aranceles” y “amenazas” con el propósito de intentar atenuar la hasta ahora creciente presencia en el mercado americano de productos chinos. Obviamente, el gobierno de Beijing no vaciló en responder de idéntica forma. Los analistas más respetados señalan que en esa disputa los asiáticos no sufrirán pérdidas de importancia porque están en condiciones, sin mayor esfuerzo, de reorientar los flujos comerciales hacia otros destinos; ávidos de disponer a menor costo sus bienes.
Cabe recordar que antes hubo algunos incidentes, como fueron los enfrentamientos en las cercanías de Taiwán (1996) y el derribo de un “avión espía” yanqui en el año 2001. Pero ellos fueron muy esporádicos; mientras que ahora el gobierno que preside Trump se viene empeñando en tensar las relaciones. Al efecto, acusan a Beijing de supuesta apropiación ilegal de propiedad intelectual, invasión comercial y desmedida ansia de extender su liderazgo en Asia al ámbito ecuménico. En forma muy agresiva, casi insultante y en un tono no habitual para las relaciones diplomáticas, también los tildan de “violadores de los derechos humanos” y los sindican como un “rival ideológico y estratégico”. Por lo visto, en Washington no se admite que a partir de mediados agosto de 2008 -cuando se inició la crisis mundial-, el país del norte viene perdiendo en forma notoria su capacidad productiva mientras en China sucede todo lo contrario.
Si bien es cierto que China ya no logra alcanzar niveles de crecimiento tan elevados como hace una década, que lo hacía a un promedio de 10,4% anual, pues el ritmo bajó a alrededor de 6,5%, de todas maneras triplica las mejores marcas de Estados Unidos y contribuye a consolidar el actual liderazgo. En esa virtual “carrera”, aparece como vencedor indudable el gigante asiático que viene asumiendo la responsabilidad de ejecutar obras de gran importancia en todos los continentes sin interferir en el ámbito político de dichos países. El ejemplo más relevante es la construcción de la línea ferroviaria que unirá el “cuerno de África” y la costa sobre el Océano Indico en Etiopía con la costa de Senegal, próxima a Dakar sobre el Océano Atlántico. Cabe recordar que han formulado una propuesta concreta para hacer una obra semejante desde la costa noratlántica de Brasil hasta la de Perú sobre el Pacífico.
La puja actual
En los círculos políticos y académicos no disimulan su temor que la gran potencia americana pretenda interferir para no ser definitivamente desplazada ante el veloz y sólido encumbramiento de China, que no cesa de consolidar su continuado ascenso encarando la ejecución de obras monumentales que además financia en condiciones inigualables. Lo que está concretando también en nuestro país, con dos centrales hidroeléctricas localizadas en el sur de la provincia de Santa Cruz y que la intriga yanqui logró paralizar durante dos largos años. No solo eso, han hecho varias ofertas para multiplicar el número de emprendimientos de cierta importancia y alto valor estratégico. Pese a que su gestión externa en tal sentido recién se comenzó a manifestar con esa intensidad hace poco más de una década, sorprende que ya se haya constituido en el principal país inversor del planeta.
Mientras el presidente Xi Jinping confiesa que actualmente está cumpliendo “su sueño” de que el país se destaque como factor esencial de progreso a nivel universal; los especialistas de la Universidad de Harvard se han preocupado de analizar y evaluar cómo la hegemonía que tuvo hasta hace pocos años Estados Unidos viene siendo superada por una potencia en ascenso como lo es China. Al mismo tiempo, advierten que se corre el riesgo de que dichos protagonistas puedan “quedar atrapados en un peligroso proceso de gran rivalidad que incluso podría tornarse beligerante”. Más aún si se toma en cuenta que China está dando especial preferencia a las inversiones en áreas que impulsan ramas de última generación, como computación cuántica y en el amplio campo de la biotecnología. Es obvio que la nueva relación que debiera primar en tal escenario requiere plena adhesión y una importante dosis de buena fe por parte de ambos países; que enfatizan y casi ruega en dicha casa de altos estudios.
El gobierno de Estados Unidos es evidente que está muy preocupado por la referida puja en la que temen no solo ser los grandes perdedores sino también que a través de la inmigración hayan logrado entrar en su territorio agentes de quien consideran su “enemigo”. Por ello, el gobierno que encabeza Donald Trump ha incrementado y actualizado el poder de fuego de sus cuerpos armados destinados a guardar el orden interno; a la par que ha procedido virtualmente a rearmar con lo más sofisticado y actualizado en materia de equipamiento de sus tropas establecidas con bases permanentes en varios países “amigos” de Europa Occidental y Central. También intenta por todos los medios sumar gobiernos aliados proveyéndoles a relativo “bajo costo” implementos militares con que estos todavía no cuentan, tentándolos con condiciones de pago a muy largo plazo.
Vislumbrando el futuro y sus mayores riesgos
China no es contendor fácil y al reducir en términos relativos su dependencia de las exportaciones, ha reforzado su mecanismo y equipamiento militar; aunque procurando “no hacer el juego a Trump” como lo han dicho sin vacilar al tomar la decisión de “no “responder a las provocaciones”; tratando en esas circunstancias de mantener sin sumar nuevos factores agravantes. Estiman que la situación actual a la que pareciera que solo responden, como subrayaron, con una dosis incrementada de “paciencia china” es transitoria. Resulta obvio que suponen que el primer mandatario estadounidense no podrá extender y mantener sus incitaciones, dado que suponen que cuando se produzca el recambio gubernamental en Estados Unidos, a través de las próximas elecciones, las mismas favorezcan al Partido Demócrata. A su vez los analistas consideran que en las condiciones actuales la estratégica más adecuada debiera ser de coadyuvar para que China pueda crecer en un clima pacífico. Respecto a las relaciones económicas, creen que tampoco debieran entorpecer el normal desarrollo del comercio internacional siempre que sigan como hasta ahora, cumplimentando escrupulosamente todas las normas que rigen al respecto. Hay plena coincidencia que la estrategia adecuada debe ser la de no poner obstáculos a la expansión de la economía china lo cual tácitamente implica aceptar que prosiga extendiendo su radio de acción e influencia. Contra lo que está sucediendo actualmente, expresan su esperanza que “muy pronto” comiencen a cooperar recíprocamente superando el actual ámbito y rivalidad poco constructiva que impulsa Trump; procediendo a consolidar relaciones de paz y colaboración entre las dos Coreas que coexisten en dicha península.
