Ha muerto Jürgen Habermas (1929-2026), un filósofo determinante durante los últimos 70 años.
La edad que alcanzó hace que su muerte no haya sido sorprendente. Pero impacta que sucediera en el momento actual – global y local – de conflicto e irracionalidad violenta de imposición de sectores e intereses sobre el resto.
Sería imposible siquiera enunciar aquí algunos de los logros intelectuales de este filósofo alemán. Por eso, prefiero tomar un detalle menor, aparentemente insignificante frente a la envergadura de su obra, para dar una clave de lectura personal de su obra.
Los daños del cuerpo y la historia
Habermas es sinónimo de “acción comunicativa”, un modo de diálogo en busca de consenso que él identifica como la estructura para cualquier discusión que realmente quiera llegar a un consenso. La capacidad humana de hablar, exponer razones e intercambiarlas con las razones de otros, sería algo característicamente humano y principio rector de toda comunicación.
Pero él mismo había tenido graves dificultades para comunicarse, por tener una fisura del paladar y el labio leporino de nacimiento. Menciono esta dificultad física en diversos reportajes.
Hay quienes dicen que lo que importa de los pensadores son sus ideas, no sus biografías. Pero hay casos donde la historia personal es el impulso tácito del pensamiento.
Pero, además del daño físico, le impulsó también el daño vivido históricamente. Su experiencia adolescente durante el régimen nazi y la posguerra, así como su afinidad con el marxismo primero y la democracia liberal y el Estado de bienestar después, le hicieron sentir la necesidad de una filosofía capaz de pensar y ofrecer respuestas a su tiempo.
La cuestión de la modernidad
Ese tiempo mostraba un primer sesgo pesimista. Habermas se hizo famoso como representante de la “segunda generación” de la Escuela de Frankfurt, esa configuración de autores que antes y después de la 2ª Guerra Mundial pensaron críticamente los modos de alienación humana y las posibilidades de emancipación, en un mundo caracterizado por la administración total y el dominio. Los primeros representantes de esa escuela habían concluido mayormente en una visión trágica y desesperanzada.
Para ellos, el proyecto de la edad moderna, que se había pensado desde la autonomía personal, la conciencia crítica y las posibilidades tecnocientíficas, como modo de liberación de las necesidades humanas y de la alienación entre humanos, habían terminado en la barbarie. El nazismo y el estalinismo, así como el sistema de dominación total capitalista, que con la razón instrumental somete la libertad humana al modelo de consumo (incluyendo la cultura), no fueron desvíos de esa modernidad sino su máxima expresión.
Habermas tenía plena conciencia de esa barbarie, pero no quería tirar el bebé con el agua de la bañera. Sí, la modernidad había tenido desvíos horribles, pero no podemos descartar esos aportes que nos permiten una vida más autónoma y socialmente cooperativa. En el fondo, debemos no descartar la racionalidad.
Racionalidad comunicativa
Hace 30 años, en una época donde el irracionalismo o las teorías de confrontación eran las cartas ganadoras de las discusiones, la propuesta de Habermas parecía incluso idealista o aburrida. Hoy parece revolucionaria frente a los modos de enfrentamiento político y de resolución.
Habermas piensa la comunicación lograda no como una discusión en la que se gana, aprovechando el instrumento comunicativo para vencer al otro, sino una discusión donde, siguiendo ciertas normas – y empezando por el deseo de alcanzar un acuerdo y reconociendo que el otro puede tener razón – se logra un consenso que abarque los intereses de todos los afectados por la decisión.
Ante la crítica por inocente o naif, y más allá de los límites que efectivamente pueda mostrar su propuesta, hay que responder que se trata de una regla, una medida, que se propone para evaluar hasta qué punto una comunicación tuvo esas características y por lo tanto resulta legítima. Y que si la consideramos insuficiente, hay que ofrecer otra mejor.
Su pensamiento entiende que la característica humana fundamental es la capacidad racional de comunicarse en busca de acuerdos legítimos, que incluyan a todos en la discusión y en los efectos. De ese modo, no sólo se corregirían las fallas de la historia, sino también las posibles fallas de nuestros acuerdos.
En los últimos años, Habermas hizo dos aportes notables. A sus 90 años escribió un libro de 1700 páginas, “También una historia de la filosofía”. Allí, Habermas, un no creyente, se dedicó a un tema “nuevo” en su obra: la relación entre creencia y conocimiento como clave de la historia de la filosofía. Muestra cómo ambos se desafían mutuamente, mostrando núcleos de racionalidad aceptables y corrigiéndose mutuamente en sus desvíos.
Finalmente, hace dos años publicó un libro revisando su obra de 1962 sobre la configuración de la opinión pública.
Su visión se volvió sombría. Ve en la transformación de la esfera pública, particularmente frente a la revolución digital, nuevos riesgos para la democracia, la vida emancipada y la socialidad.
Habermas parece terminar en el pesimismo de sus maestros.
Y, sin embargo, queda la tarea “no derrotista”. Como dice en una de las últimas entrevistas “las cosas deberían ser mejor”, en tanto “somos nosotros los que nos tenemos que unir”.
