De la memoria y la lucha docente

A partir de la histórica carta de Rodolfo Walsh y las distopías de Huxley, el texto analiza cómo las políticas de exclusión del pasado resuenan en el presente. El aula se consolida así como un espacio crítico para ejercitar la memoria frente a los intentos de disciplinamiento social.

docente

Una batalla tras otra

Fue hace unos tres años. Los y las docentes habíamos perdido el ingreso por el Fondo Nacional de Incentivo Docente (Fonid) y teníamos los sueldos congelados en el marco de una devaluación tremenda que, a falta de un mejor eufemismo, los medios de comunicación y la clase dirigente habían denominado “sinceramiento”.

Después de una seguidilla de medidas de fuerza, en clases, hablamos con varios estudiantes sobre el panorama que se avecinaba.

-¿Van a seguir los paros, profe?

-Espero que no. Pero no depende de nosotros.

-Si quieren, pueden dar clases…

-No se trata solo de querer.

-¿Cuánto cobra?

-Es la misma pregunta que me hiciste en quinto (año), cuando salimos de la pandemia.

-Y sí. Ahí cobraban sin dar clases.

-¿No dimos clases?

Cada vez que inicia un ciclo lectivo, quienes ejercemos la docencia debemos prepararnos para dar respuestas en diferentes frentes. Por un lado, está la cuestión pedagógica, que requiere de ingenio y adaptación a los cambios vertiginosos en materia tecnológica. Entonces exploramos el mundo de las IA para ver cómo transformarlas en herramientas, para que no fomenten la evasión del conocimiento. Preparamos clases y evaluaciones para que los estudiantes aprendan y el saber escolar genere intereses insospechados. Tratamos de construir secuencias didácticas entretenidas, a veces sorprendentes incluso para nosotros mismos.

Al mismo tiempo, y con los recursos más o menos limitados que tenemos, intentamos acompañar a los chicos y chicas que sortean problemáticas familiares, económicas, vinculares. Porque no todos se duermen en el banco porque la clase es aburrida; no todos se inician en el mundo del trabajo en la infancia o la adolescencia porque les gusta. Porque no todos cenan.

Como si fuera poco, la decisión política de los gobiernos -nacional y provincial- de precarizar nuestras condiciones laborales exige que más de la mitad de quienes nos dedicamos a la educación busquemos otras alternativas de trabajo. En vez de tener “un gesto” para con la clase dirigente, quienes no dan clases particulares se convierten en choferes de las aplicaciones de viajes, o se capacitan para adiestrar mascotas, o hacen tareas de cuidado de personas mayores, o se dedican a vender cualquier tipo de productos.

Algunos, incluso, seguimos de cerca las finanzas, atentos a los rendimientos de las billeteras virtuales que pronto gastamos en medio kilo de carne molida.

El incremento en el costo de vida nos convierte en emprendedores improvisados que persiguen el éxito de llegar a fin de mes. Sin guion adaptado, libramos una batalla tras otra

Memoria

En el punto 5 de la Carta a la Junta Militar, Rodolfo Walsh -periodista secuestrado y desaparecido por la última dictadura en 1977-, expresa que en la política económica del último gobierno de facto está la mayor violación a los derechos humanos. Más violenta que la censura, el secuestro, la desaparición de personas, la planificación de la miseria castiga al pueblo argentino en base a exigencias de las grandes empresas del exterior y el Fondo Monetario Internacional.

En estos días, cuando leemos en clases las afirmaciones de Walsh, hay algo que invariablemente llama la atención de los y las estudiantes. ¿Cómo puede ser más grave un proyecto económico que la tortura?

Dice la Carta:

“En un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores al 40%, disminuido su participación en el ingreso nacional al 30%, elevado de 6 a 18 horas la jornada de labor que necesita un obrero para pagar la canasta familiar, resucitando así formas de trabajo forzado que no persisten ni en los últimos reductos coloniales. Congelando salarios a culatazos mientras los precios suben (…), elevando la desocupación al récord del 9%, prometiendo aumentarla con 300.000 nuevos despidos, han retrotraído las relaciones de producción a los comienzos de la era industrial.”

¿En qué sentido esa orientación económica representa una atrocidad?

En sí mismas, las cifras se reducen a un dato histórico, a una evaluación de algo que ocurrió hace medio siglo y concluyó con el advenimiento de la democracia. Ahora bien, resulta necesario abordar la Carta de Walsh en otras materias además de Lengua y literatura, en áreas como economía, sociología, filosofía, historia y en todas aquellas asignaturas en las que se abordan los derechos (en especial los laborales). ¿A quiénes beneficia y a quiénes perjudican semejantes decisiones? ¿Se puede reducir al ser humano a un mero trabajador?

¿A qué se parece la política económica de la última dictadura? ¿Por qué recaen sospechas, antes y ahora, ante cualquier tipo de reclamo?

Al contrastar el pasado con el presente, al analizar por qué ciertas prácticas vuelven a aparecer en el entramado social, la memoria funciona como un baluarte contra la impunidad y se convierte en un recurso para luchar contra la repetición de las violencias históricas. En este sentido, el aula se presenta como un espacio privilegiado para reflexionar sobre el pasado reciente y sus efectos en la propia realidad.

Un mundo feliz

En una entrevista de 1958, el escritor británico Aldous Huxley habla sobre la distopía, un género literario que creció al calor de las guerras del siglo XX. Allí consideraba que las dictaduras del futuro serían distintas al nazismo o el estalinismo en tanto prescindirían, progresivamente, de la violencia como requisito indispensable para afirmarse en el gobierno.

“Si quieres preservar tu poder indefinidamente, debes obtener el consentimiento de los gobernados. Y esto lo conseguirán, en parte, por las drogas (…), y en parte por estas nuevas técnicas de propaganda. Lo harán evitando el lado racional del hombre y apelando a su subconsciente y a sus emociones más profundas, su fisiología incluso, haciendo que realmente amen su esclavitud.”

Si la última dictadura militar argentina, con su régimen opresivo orientado a sembrar terror en la sociedad, parece profetizada en la distopía orweliana, 1984, las palabras de Huxley adquieren un significado profético para leer el presente.

“Este es el peligro” dice el autor de Un mundo feliz, “que las personas realmente pueden ser felices, de alguna manera, bajo el nuevo régimen, pero serán felices en situaciones en las que no deberían serlas.”

Gran parte de la docencia aún no se resigna a ser feliz en condiciones precarias, que nos invita a autoexplotarnos, que desacredita la lucha colectiva. Y tal vez allí radique su importancia: en sostener una memoria que incomoda y una práctica que se niega a naturalizar lo injusto.

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