El horizonte de los viajes en auto

Este fin de semana me prestaron un auto eléctrico para probarlo. Entusiasmado, hice un pequeño viaje a las sierras. Quedé deslumbrado con la facilidad de esta nueva conducción hiper tecnologizada. Envuelto en esa burbuja de silencio y lucecitas led, que dobla y frena sola, recordé con añoranza muchas de las travesías rodantes que tanto disfruté como acompañante de mis padres en los 80s, y como conductor desde los 90s.

El horizonte de los viajes en auto

Foto de archivo.

El futuro sobre ruedas

Hace unos días Sebastián Parra -dicho sea de paso, el mejor vendedor de autos de Latinoamérica y autor de la frase “este auto no es para vos, Pancho” (que habla de su honestidad)- me prestó un BYD. Se trata de un coche que por fuera es similar al que tengo, pero rotundamente distinto en su corazón y entrañas. Aunque tiene capó, puertas y baúl, su cerebro nos ofrece un andar infinitamente más seguro, ecológico e inteligente.
Pero ese ascetismo -por contraste- reflotó todas esas anécdotas con gomas de auxilio inexistentes en zonas desérticas, la reticencia a encender la luz de noche en zonas peligrosas, y el calor extremo con ventanillas fijas en la parte trasera de un vehículo dos puertas, todas tragedias que se han vuelto aventuras imprescindibles para trayectos ruteros.

Vacaciones con el tanque lleno

Hubo un tiempo cuando la distancia del viaje vacacional de una familia se medía con la métrica del aguinaldo. En el que los preparativos para emprender una travesía a la costa, o visitar a los tíos en otra provincia, empezaban varias semanas antes: había que debatir la conveniencia de la mayonesa en los sandwichs, conjurar la fe en que las cubiertas Fate tiraran una ruta más y garabatear los resultados de muchas consultas en un mapa de papel.

En esas épocas, el tiempo recorrido en la caja de una F100 con palanca al volante y una chapita que prometía “DeLuxe” en una bagueta, extendía la amistad hasta el infinito en un ejercicio paralelo a las líneas de la ruta. Cobijados por el viento, en la parte de atrás de la chata, dos niños partíamos de vacaciones mirando cómo otras familias lo hacían en vehículos cuyas gomas tenían un grosor apenas superior al de una bici. Fue en los 90s cuando muchos autos duplicaban su altura con torres de valijas en el portaequipaje que hacían de la aerodinámica una ciencia abstracta.

Que no se entere mamá

De los bólidos que me vieron nacer como turista del asiento de atrás, fue una Break R 12 azul, con tapizado de pana gris, el que dejó una vivencia indeleble: mi papá lo manejaba como si fuera una lancha de alta velocidad, tanto por la actitud al conducir, como en la sensación aérea que producía su absoluta falta de agarre.

Justamente, con esa nave azul, recuerdo el regreso de una visita a los tíos santafesinos, con una cantidad de niños -nada compatible con las tres plazas traseras- que circulaban entre el asiento de atrás y el baúl rural donde, además de las criaturas, había valijas, una jaula con varios pájaros cardenales, gran diversidad de dulces caseros e incluso una olla con locro sobrante. Al rayo de un sol tremendo, con la aguja del velocímetro rogando piedad en el cuadrante de los 140 km/h y con la sed de nafta ingresando por los carburadores, una de las ruedas decidió separarse de su conjunto y huir a la fresca espesura de un campo sembrado con trigo. Ruido, chispas y todos los niños bajo el mismo efecto de gravedad cero que muestran los astronautas por unos segundos. El Renault necesitó más de cien metros para detenerse, dejando una zanja a manera de huella en el pavimento hirviente.

La lluvia de locro llegó desde el fondo, y hasta el parabrisas, un segundo después. Desde ese momento el tapizado del 12 adquirió una nueva trama atigrada que imposibilitaría guardar el incidente en secreto paterno.

Lo más increíble del caso fue que, una vez recuperada la goma independentista, mi papá la reinstaló y la aseguró -para perplejidad de toda la industria automotriz- con una desenfrenada dosis de martillazos (¿por qué mi papá tenía un martillo en el auto?). Pocos minutos más tarde estábamos surcando la poética vial de la región centro.

Primeros amores al volante

Cuando pude independizarme automovilísticamente, la cosa no mejoró: el parque vehicular del S. XXI avanzó y, mientras algunas familias habitaban unos glamorosos Peugeot 505, muy menemistas y marcadamente superiores en materia de confort que sus antecesores, yo intentaba adelantarlos en VW escarabajo del 69. Con tres décadas de servicio, “cantaba” cuando ponía la cuarta y su motor trasero arrancaba más veces gracias a un empujón de los muchachos, que con la llave.

Gran fumador de aceite, la lealtad del escarabajo -y de todos los coches siguientes-, se concentraba en el placer de ir hasta otro sitio y no de sólo llegar. El recorrido, lleno de historia y emociones, era mucho más importante que la llegada porque el rítmico suceder de postes y carteles (muchos de los cuales eran ignorados) incluían información vital sobre esa rotonda. Sí, esa que mal tomada podía estirar la llegada muchas horas por una ruta equivocada.

La cultura del viaje en auto se basa en dejar que el horizonte se meta por la córnea hasta lo más profundo del corazón, que la intimidad se haga cómplice de los asistentes junto con el resoplar metálico, y que la risa se contagie sin explicación sobre el ronronear de las cubiertas domando el paisaje.

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