Solemos quejarnos de los dirigentes que elegimos o sostenemos dirigentes que no nos satisfacen, solo porque no identificamos otros mejores. Yuval Noah Harari, un historiador y escritor israelí de origen judeopolaco, profesor en la Universidad Hebrea de Jerusalén nos describe las causas científicas de ese comportamiento, según su visión desde la intelectualidad.
El señala que, con cada vez más frecuencia, encontramos que los líderes que nos dirigen son impulsivos, narcisistas y a veces intelectualmente limitados. Y entonces se pregunta ¿Cómo llegaron allí?, en una sociedad que dice valorar la educación y la inteligencia.
Según él, la biología evolutiva y la psicología nos ofrecen una respuesta más objetiva que las que nos damos frecuentemente. Que se trata de errores de la democracia, las dictaduras o la casualidad.
Según él no es un error, es una característica del diseño de nuestra especie. Las personas con exceso de confianza y ausencia de dudas gobiernan porque la especie ha priorizado la certeza por sobre la veracidad, que es compleja.
Comienza explicando cómo fue hace 70.000 años cuando la especie humana estaba comenzando. En la sabana africana se escucha un ruido detrás de los arbustos. El sabio piensa “pudiera ser un león, pero también el viento o una gacela” y se pone a investigar mientras que el intelectualmente menos pensante grita “es un león, síganme”.
Si hubiera sido el viento o una gacela, no habría pasado nada. Pero si era un león, el sabio y los que se quedaron con él hubieran sido su almuerzo. Mientras que los que siguieron al menos reflexivo se salvaron.
Así, la evolución no optimizó nuestro cerebro para la precisión intelectual, sino para la velocidad de decisión y la cohesión social. Evolucionamos para seguir a aquellos que no dudan, porque en un entorno primitivo, la duda era mortal que se tradujo en un fenómeno psicológico denominado Dunning-Kruger, por el que “la ignorancia les otorga a los líderes, la confianza necesaria para actuar rápido y sin reflexión” aunque eso los condene junto a sus seguidores.
Mientras tanto los reflexivos “saben lo que no saben”, “analizan críticamente” y buscan soluciones subóptimas a problemas complejos, por lo que no pueden hacer afirmaciones categóricas, ni prometer resultados que saben no alcanzarán.
En una competencia por el liderazgo electoral, si un candidato dice “el problema es complejo requerirá de años de esfuerzo de todos y resultados inciertos” y otro dice “yo lo arreglaré todo en una semana porque soy el mejor”, el segundo gana las elecciones.
Porque el resto, que busca seguridad y protección, se siente automáticamente atraído por el segundo, aunque su afirmación sea mentira y/o estúpida, porque hemos confundido la seguridad en uno mismo con la capacidad de gestión.
Por ello, el proceso de selección de dirigentes es un sistema invertido que descarta a los sabios que dudan y promueve a los que creen sus propias simplificaciones y mentiras.
Afirmaciones tales como “el Estado presente soluciona todos los problemas” o “yo sé cómo repartir mejor la riqueza” de CFK, “la inflación es lo más fácil de resolver” o “sé cómo disminuir la pobreza” de Macri, “no hace falta planificación” de Alberto Fernández, “el Estado es un pedófilo en un jardín de infantes” o “el libre mercado es justo” de Javier Milei, o “hacer América grande otra vez (Making América Great Again o MAGA) de Donald Trump son muestras de ese comportamiento dirigente.
Las afirmaciones pueden ser fruto de la ignorancia o de un relato que no creen pero reiteran todo el tiempo, aun cuando la realidad los contradiga, cambiando las argumentaciones o mintiendo.
Está claro que esto no se aplica solo en la política, los vemos en los ejércitos y en las religiones. El líder exitoso, en términos evolutivos no es el que tiene el diagnóstico más preciso de la realidad, sino el que es capaz de convencer a la tribu de que “él sabe adónde ir” con un argumento o relato simple.
Para gobernar a millones de personas, no necesitas verdades, necesitas mitos. Si aceptamos que la confianza ciega vende más que la duda razonable ingresamos en la segunda causa de nuestras elecciones colectivas.
La cooperación en grandes números requiere de visiones o mitos compartidos que suele ser blanco y negro, no gris como plantea el reflexivo. Por ello, el loco, el populista o el demagogo tiene ventaja cuando dice “el problema son los ricos (o los inmigrantes)” y promete eliminarlos aunque sea imposible hacerlo.
Si haces demasiadas preguntas, si ves demasiados matices, las instituciones humanas –partidos, ejército o iglesias- te excluirán del liderazgo, porque te conviertes en un obstáculo para la acción colectiva. Si cuestionas el dogma de la institución, mientras que el populista no lo hace, aunque pueda contradecirse tres veces en una misma frase sin avergonzarse, eso es una ventaja cuando la comunicación no se sostiene más de 30 o 45 segundos.
Así ingresamos en el tercer factor que explica el comportamiento de las mayorías en la elección de los dirigentes. Hemos creado un entorno mediático que premia la simplicidad blanco-negro, el entretenimiento y convierte la política en un reality-show.
Votamos por el que nos entretiene, no por el que nos conviene. Esa es la base de nuestro comportamiento, que quienes manejan el mundo detrás de bambalinas o desde las redes sociales, entienden perfectamente y promueven en su favor.
Por ello, y por nosotros mismos que exigimos soluciones simples y rápidas a problemas complejos, las personas competentes dejan los lugares de poder en manos de los más incompetentes y emocionalmente desequilibrados que pueden declarar una guerra desde un tuit a las 3 de la mañana en el baño, por la relación directa que establecen en las redes con sus seguidores.
¿Es esto inexorable? La biología evolutiva, nos dice ¿Por qué estamos aquí? Pero no nos dice cómo podemos evolucionar ni nos obliga a ello. Entenderlo es el primer paso para iniciar un proceso en el que reconozcamos nuestras tendencias de comportamiento que nos llevan a líderes populistas y al precipicio.
Por lo que Harari dice “si elegimos a un líder irresponsable, nosotros también seremos responsables del problema y la solución. Tenemos que reconocer nuestros límites y tendencias de comportamiento casi suicidas y hacernos cargo de lo que nos toca”.
¿Quién de nosotros está dispuesto a eso? ¿A dejar de solamente buscar placer y exculparnos de los problemas culpando a otros, negarlos o minimizarlos?
No somos los únicos responsables de lo malo que nos pasa, pero somos el primer paso de la solución.
