En el diverso campo que llamamos filosofía, una pregunta que reaparece continuamente y se ramifica tiene que ver con el ser humano: ¿cuál es su rasgo esencial?, ¿cómo entender su relación con el mundo y con sus propias obras?, ¿hasta dónde se extienden los límites de su especie?, etc. No parecen preguntas menores cuando prestamos atención a situaciones como el racismo o las nuevas tecnologías.
La discusión sobre la humanidad y a quiénes abarca en su conjunto tuvo expresiones crueles y atroces en la historia. No sólo en la esclavitud o los modos de apartheid viejos y actuales, sino también en los persistentes desprecios por motivos de clase, color o pertenencia grupal.
A esta idea de humanos de primera y segunda hay que agregar un elemento nuevo, con crecimiento veloz y resultados inciertos. Las viejas preguntas generadas por la técnica, que nos llegan desde el mito de Prometeo, y los temores por sus efectos, se ven radicalizados con las posibilidades casi inauditas de nuestro presente. Sólo algunos casos: los xenotransplantes obligan a pensar los límites de nuestra especie, o las “tijeras” CRISPR, que permiten la edición genética y la manipulación del ADN, y prometen notables posibilidades y angustiantes riesgos.
Inteligencia Artificial
Entre todas esas situaciones que vinculan la pregunta por lo humano y los efectos producidos por el ser humano mismo, destaca la Inteligencia Artificial (IA). Las recientes opiniones de personalidades de la tecnoeconomía, como Gates o Musk, respecto de que profesionales como los médicos serán prontamente innecesarios, deben leerse a la par de la evolución de algunas ideas expuestas por Harari.
En el Foro de Davos de 2016 Harari afirmaba que por las nuevas tecnologías tendremos un grupo de “superhumanos” mejorados (obviamente según los recursos invertidos en ellos) y una masa despojada y con cada vez menos derechos (si pensamos en el modo elitista de algunas terapias, no hace falta hacer futurismo). Y en el último Foro señaló una doble crisis perfectamente comprensible desde esta evolución de la IA: crisis de identidad (no sabemos realmente quiénes somos los seres humanos) y una crisis migratoria (no de inmigrantes humanos sino de tecnologías inmigrantes, que eliminen los espacios de acción y trabajo ocupados por humanos).
Perfume de frutas y poemas imperfectos
Seguramente es una mala idea caer en las radicalizaciones tecnofílica o tecnofóbica. Sabemos que sin técnica los humanos hubiésemos desaparecido. Además, sabemos que la obra de nuestras manos transforma a sus creadores también; que les permite más o menos capacidades de agencia, que puede potenciar o despotenciar sus experiencias, su autonomía, su solidaridad.
Como docente, veo el uso de la IA en nuestras aulas. Como ya sucedió al inicio de la era digital, las posibilidades democratizadoras son enormes (no quiero confesar cuántos libros inhallables e incomprables obtuve de sitios non sanctos). Pero su capacidad de acumulación de poder y de eliminación de la experiencia personal también crecen a la par.
Hoy es posible ordenar a la IA redactar un poema dedicado a una persona querida. Quizás el resultado tenga un tipo de perfección superior a lo que hubiese resultado del intento siempre limitado o fallido de la persona misma. Pero ni la angustia quedará asentada, ni su receptor sabrá de los temores y ansias ante la hoja en blanco.
También es posible que una app nos diga si una fruta está madura. Pero, así como el poema por IA no habrá pasado por la experiencia – muchas veces molesta y fallida – de encontrar la palabra precisa, tampoco esa identificación de la fruta habrá experimentado y aprendido los matices del olor, la falta de perfume de la inmadurez o el desagrado de la fruta fermentada. Esa experiencia con la que un verdulero avezado puede educar a un comprador neófito.
Es que, junto a los riesgos sociales, políticos y económicos, crece el riesgo de una experiencia empobrecida, limitada, no acuciada por lo incomprensible y angustiante, aunque tampoco sacudida por el entusiasmo o el placer del aprendizaje.
La pregunta por lo humano parece imposible de responder de modo definitivo, pero tiene que ver con un modo particular de hacer y tener experiencias. De aprender y al mismo tiempo de ser creativos con ellas. De transformarnos en nuestra visión del mundo, de los demás y de sí.
En “Alphaville”, la película de Godard donde una computadora ordena la vida social eliminando todas esas particularidades incómodas de la experiencia humana, las palabras “amor” y “conciencia” generan una primera anomalía. Pero el golpe de gracia a esa inteligencia artificial llamada “Alpha 60” se lo da el investigador, cuando pregunta algo que sólo la experiencia poética puede comprender: “Eso que nunca cambia con la noche o el día, hacia lo que avanzamos en línea recta aunque, al final, se cierra sobre sí en un círculo”.
Ante la paradoja colapsa la IA, según Godard. Porque el riesgo de su victoria es eliminar experiencias, como el temblor ante la palabra, con que nos conmueve la poesía, o el perfume de la fruta, con el que nos educa el verdulero.
