Quien tiene el poder de definir las palabras y establecer los términos de una discusión controla el marco narrativo. Esto determina qué argumentos son considerados válidos y cuáles quedan fuera de la realidad aceptada, tal como se analiza en debates sobre comunicación política. Por ello Alain de Benoist dijo: «Quien controla el poder de definir las palabras… controla también.
Por ejemplo, los globalistas son una elite que impulsan y sostienen que “el mundo tiene que ir hacia un gobierno global que gobierne por sobre los países. Ellos buscan empatizar con la población que entiende que la globalización es inevitable y usan herramientas desarrolladas durante décadas –tarjetas de crédito, internet, sistemas financieros, redes sociales, Inteligencia artificial– para capturarlos para su causa, asimilando los términos globalista y globalización.
Por su parte los progresismos –son varios- suelen criticarla “globalización” que incluiría el libre comercio, las cadenas de suministros globales, la pérdida de soberanía nacional, la homogenización cultural, las migraciones, la agenda climática, los organismos supranacionales, la hegemonía del dólar, etc.
Así el término globalista es todo y no es nada, por lo que es imposible debatir sobre él con ninguno de ellos, que así solo dejan la posibilidad de aceptarlo o rechazarlo sin análisis, ni posiciones intermedias que dejarían fuera a los “ismos”.
Como he dicho otras veces, las ideas son en principio buenas, cuando se convierten en teorías permiten establecer sus límites y posibilidades, el problema es cuando se convierten en ideologías que tratan de explicar todo bajo su único cristal y son realmente dañinas cuando se convierten en prescripciones que guían dogmáticamente gobiernos y sociedades.
Que aceptemos o inclusive utilicemos las herramientas globalizadas o progresistas, no nos convierte en ismos de unos u otros, salvo que adoptemos acrítica y dogmáticamente las ambiguas definiciones de las palabras que definen los “ismos” para poder controlar nuestras mentes tal como señala Alain de Benoist.
Allí está la verdadera Batalla Cultural que el globalismo parece estar ganando aunque aparezcan aquí y allá quienes se oponen a eso.
La globalización es un proceso histórico –no una ideología, no un plan, no una conspiración- de integración entre economías, culturas y sociedades a través del intercambio de bienes, servicios, personas, ideas, tecnologías, etc.
Los imperios, español y portugués del siglo XVI, holandés –con la Compañía de las Indias Orientales- del siglo XVII, británico de los siglos XVIII y XIX o el estadounidense del siglo XX, fueron procesos de globalización. También la integración al comercio del sudeste asiático del siglo XXI que redujo la pobreza extrema del 36% en 1990 al 10% en 2015 mientras que simultáneamente los países desarrollados han ido perdiendo empleos.
O sea, la globalización no es ni buena ni mala, es un proceso con ganadores y perdedores que los gobiernos deben administrar para el conjunto de su población.
El globalismo no es la versión intensificada de la globalización, sino una ideología, una visión normativa del mundo que sostiene que “los problemas globales requieren soluciones globales”, por lo que es necesario construir estructuras supranacionales con autoridad real sobre los estados nacionales que puedan imponerles normas, estándares y políticas por sobre los parlamentos nacionales.
La Unión Europea (UE) es una de ellas. También el tecno feudalismo de las empresas tecnológicas. La globalización dice que las sociedades tienden a integrarse, el globalismo dice que “deberían hacerlo bajo una estructura que (ellos) diseñarán”. Uno describe y el otro prescribe.
Tú puedes, viajar por el mundo, comerciar con él o copiar ideas de otros y no ser globalista en absoluto. Porque creer en lo global, no es creer en un gobierno global y defender que las decisiones se toman en instancias en las que ningún ciudadano ha votado nunca.
Michael Mandelbound –ex asesor del Departamento de Estado norteamericano- dijo “el proyecto de gobernanza global no surge de la voluntad popular de ningún país, sino de élites trasnacionales que comparten una visión común y que utilizan instituciones internacionales –como el FMI y el Banco Mundial que condicionan sus préstamos a cambios estructurales que los parlamentos nacionales nunca habrían votado por sí mismos– como excusa, como vehículos para implementarla.
En 1944 cuando se crearon esas instituciones, se enfrentaron Keynes (inglés) y White (estadounidense) por definir bajo qué régimen monetario se ordenaría el mundo. Keynes que perdió al no poder imponer una moneda multinacional regulada por ellas, nos dejó los fundamentosrespecto a que a los problemas globales le corresponden soluciones globales.
Dani Rodrick –de Harvard- afirma que “no puedes tener simultáneamente híper globalización económica, soberanía nacional real y democracia, sino solo dos de ellas”.
El globalismo ha elegido la híper globalización económica y la gobernanza global dejando de lado la soberanía y la democracia, Milei ha elegido la híper globalización y una forma de democracia limitada, cediendo soberanía. Los BRICS y sus países miembros, eligieron la soberanía nacional y la democracia –o las formas de gobierno que cada país elige- dejando de lado el plan de híper globalización, que les prescribiría “lo que deben hacer”.
El mundo está conectado, por sistemas financieros, cadenas de abastecimiento, migraciones, ideas y culturas. Eso es un hecho, ya está resuelto y es lo que ha hecho crecer países.
La pregunta hoy es: ¿Quién gobierna esa conectividad? ¿Gobiernos electos por sus pueblos o estructuras supranacionales que ningún pueblo eligió? ¿Bajo qué reglas y bajo qué mecanismos de control democrático? o ¿A quién se puede votar si sale mal?
La respuesta a esta última pregunta no puede ser “a nadie”, porque los gobiernos que votamos están sometidos a un híper globalismo diseñado por elites, para que nuestra opinión no importe, aunque propongan una renta universal (de supervivencia) que puede convertir una “protección” en un corral del que nunca podamos salir.
Cuando alguien utilice el término globalización –sea globalista o progresista- sepamos si está hablando del proceso histórico o del plan de las elites para gobernar el mundo. Solo eso nos permitirá romper esa ambigüedad de los “ismos” y decidir nuestro destino con claridad y a conciencia.
