Ley de Tierras: mejor hablar de ciertas cosas

La falta de votos en el Congreso fue el motivo formal, pero la rápida masa crítica alcanzada en redes y amplificada por figuras de la cultura demostró que las mayorías parlamentarias no operan en el vacío.

Dilom, Licha Martinez y Emilia Mernes fueroon algunos de los artistas que se pronunciaron en contra de la Ley de Tierras.

Dilom, Licha Martinez y Emilia Mernes fueroon algunos de los artistas que se pronunciaron en contra de la Ley de Tierras.

La semifinal contra Inglaterra fue nuestra final del Mundial. Los jugadores de la Selección desplegaron en la cancha una bandera con el mensaje: «Las Malvinas son argentinas». El gesto encendió algo que excede el fútbol: la certeza de que ciertos temas —la tierra, la soberanía, lo que es «nuestro»— todavía movilizan. No hay que forzar demasiado la comparación para entender por qué, días después, la discusión por la reforma de la Ley de Tierras encontró terreno tan propicio para crecer.

La Libertad Avanza terminó retirando el capítulo que eliminaba los topes a la compra de tierras rurales por parte de extranjeros. La explicación oficial fue aritmética pura: no estaban los votos. Pero reducir el episodio a una cuenta de diputados deja afuera algo importante: el rol que volvió a jugar el espacio público en la construcción de esa decisión.

Más allá del Congreso

Durante días, la discusión se corrió de los pasillos del Palacio Legislativo. Organizaciones ambientalistas, medios y figuras de la cultura —Lali Espósito, Dillom, Dolores Fonzi, entre otras— multiplicaron el alcance de un tema que aún no había interpelado la oreja del argentino común.

¿Alcanzó esa presión para torcer el resultado? Sergio Caletti, periodista y docente argentino, viene discutiendo hace años la idea de que lo público no se agota en el Estado. Para él, el espacio público es sobre todo eso: el terreno donde la sociedad civil produce visibilidad y opinión, muchas veces al margen —o en contra— del poder de turno.

Algo de eso pasó. Lo que empezó como un inciso técnico dentro de un paquete legislativo mucho más grande terminó ocupando el centro de la agenda nacional en pocos días. Ninguna de esas publicaciones redactó un dictamen ni reemplazó el trabajo de los senadores, pero hizo algo igual de efectivo: subió el costo político de insistir con el proyecto.

Las redes sociales dejaron hace rato de ser simples carteleras de difusión. Ahí también se disputan interpretaciones y se construye —o se destruye— legitimidad. Con la Ley de Tierras pasó eso: la conversación digital convirtió un expediente legislativo en una discusión sobre soberanía y modelo de país.

Esta idea no es nueva. Ya la había planteado Hannah Arendt, y después la retomó Habermas: el espacio público moderno nace, justamente, cuando la sociedad empieza a intervenir sobre el Estado a través del debate.

El retiro del proyecto es un buen ejemplo de esa dinámica.

¿Casualidad o causalidad?

Sería lineal e incompleto atribuir la caída de la reforma exclusivamente al impacto de las publicaciones de artistas. La causa directa residió en la intransigencia de los bloques dialoguistas, cuyos votos eran indispensables para la aprobación.

Sin embargo, ambos planos están interconectados:

Un tablero político con multiples escenarios

Hoy la política se juega en la interacción simultánea de tableros que se retroalimentan: el Congreso, la calle, los medios tradicionales y la conversación digital. Una iniciativa puede contar con aval gubernamental, pero si pierde la batalla del sentido público en cuestión de horas, el margen político para aprobarla se reduce drásticamente.

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