Durante los años neoliberales y de globalización financiera, escuchamos sobre la necesidad de “independencia” de los bancos centrales respecto de los gobiernos, como si eso fuera el Santo Grial de la macroeconomía.
En realidad la mentada “independencia” nunca existió.
Su conducción por “técnicos profesionales” implicaba una influencia decisiva de los grandes bancos, fondos de inversión, sus administradores, etc. que limitaban el poder de los gobiernos, imponiendo disciplina fiscal -regulando la cantidad de moneda, sus tasas de interés, sus tipos de cambio, etc.- que les procuraban grandes negocios financieros, muchas veces fundados en información privilegiada, en detrimento de la economía real.
En la realidad los bancos centrales –sea la Reserva Federal de EEUU, el Banco Central Europeo o la mayoría de los Bancos Centrales- eran y son gobernados directa o indirectamente por las entidades financieras, por lo no son verdaderamente independientes.
El Consenso de Washington (1989) fue el documento liminar de esa tendencia neoliberal, recomendado por el Banco Mundial, el FMI, el Tesoro de EEUU, etc.
Eso produjo una gran concentración de la riqueza en los poseedores de riqueza financiera, y si bien redujo la inflación, cada vez que hubo crisis financieras los bancos fueron rescatados por los gobiernos de turno -2001 en la crisis de las puntocom, 2008 crisis de los derivados hipotecarios, etc.- y sus Bancos Centrales a través de lo que se denominó ambiguamente “flexibilización cuantitativa”, o sea emisión.
Las instituciones financieras tienen 4 funciones que cumplir: 1) Política monetaria (emisión, tipo de cambio y tasas de interés); 2) Prestamista de última instancia; 3) Regulación bancaria; y 4) Superintendencia y control de los bancos.
En EEUU, las dos primeras las ejerce la Reserva Federal (FED) que también regula a sus bancos miembros que son jueces y parte- y las dos restantes se distribuyen entre, la FDIC (la entidad que asegura los depósitos), la OCC que depende del Departamento del Tesoro, la SEC (que regula los mercados de valores) y la NCUA (para Cooperativas de Crédito), mientras que una multitud de entidades regulan los seguros.
En Argentina el sistema es aún peor. El BCRA (Banco Central de la República Argentina) cumple o debiera cumplir las 4 funciones simultáneamente. Desde la sanción de la Ley de Entidades Financieras (21526/77) de Martínez de Hoz y la dictadura, el BCRA fue gobernado por los gobiernos y exfuncionarios de entidades del sistema –salvo en la primera parte del gobierno de Néstor Kirchner que puso a Martín Redrado como Presidente “para ganar confianza de los mercados”, según sus propias declaraciones-.
Hoy en Argentina el Ministro de Economía y el Presidente del Banco Central son amigos y socios, aunque la relación entre gobierno y Banco Central no es exclusiva de Argentina y con más o menos disimulo, casi todos los Bancos Centrales son controlados por los gobiernos, tienen intervenciones decisivas en ellos o fuertes conflictos con los “controladores independientes” que los conducen.
Así ocurre en EEUU con el conflicto entre Jerome Powell y Trump en el que este último le ha iniciado un proceso legal por el costo de las reformas a los edificios de la Reserva Federal, que encubre su interés en reemplazarlo pronto.
En Brasil el Tribunal de Cuentas está cuestionando judicialmente por la liquidación del Banco Master que habría tenido incumplimientos legales. En el propio Banco Central Europeo se cuestiona a su Presidenta, Cristine Lagarde por su remuneración.
La decisión de Trump y el Congreso de EEUU, de impedir que la Reserva Federal emita cripto dólares, ha valorizado las cripto existentes –Bitcoin, Ethereum, etc.- y Stablecoins que se respaldan en Títulos del Tesoro aumentando su cotización y bajado las tasas de interés que paga el gobierno, mientras los BC advierten del riesgo de su difusión sin control, cuyo riesgo ha aumentado, es otro conflicto poco visible entre los gobiernos nacionales y los globalistas del sistema financiero.
En cualquier caso, la discusión sobre quien controla la emisión de moneda, las tasas de interés y en algunos países el tipo de cambio o las restricciones a la entrada y salida de divisas –lo que llamamos “cepo”- es una discusión en la que los ciudadanos estamos fuera, somos meros espectadores o en el peor de los casos, sus víctimas. Sea quien sea quien gane.
Es así que una emisión de moneda descontrolada genera inflación, pero también lo es cuando los BC benefician a los bancos o Administradoras de fondos privadas –JP Morgan, Goldman Sach, BlackRock, etc.- que participan directa o indirectamente de su conducción, o cuando aumentan las tasas de interés a valores usurarios que destruyen empresas productivas, o retrasan artificialmente el tipo de cambio favoreciendo la salida de divisas.
Pero el problema puede ser aún peor, si se generaliza el uso de criptoactivos que no respetan fronteras, aumentan la evasión impositiva y las estafas -$Libra promovida o promocionada por Javier Milei es uno de esos casos-, en cuya disputa los Bancos Centrales de los países desarrollados pretenden liderar, eliminando la soberanía monetaria de los países, siempre bajo el control de globalistas.
Así en un mundo “patriota” liderado por Trump, los gobiernos dejarían de tener las restricciones a la emisión que han tenido en las últimas décadas aumentando la inflación –que afecta más a quienes no tienen riquezas reales- o en su defecto, los globalistas podrían controlar todo el dinero en circulación incluido el de tus cuentas, sin que los países y ciudadanos puedan evitarlo –salvo que compres bienes reales o lo tengas atesorado bajo el colchón o caja de seguridad-.
De allí, se entiende la ley “de inocencia fiscal”, que pretende introducir al mercado esas divisas acumuladas por un par de millones de ahorristas independientes que no parecen muy convencidos de hacerlo, dada nuestra historia cada vez que confiamos en el sistema financiero y bancario nacional, en el que no confían siquiera el Ministro de Economía y el Presidente del BCRA que tienen sus ahorros afuera.
