La caída de Maduro y el realismo brutal de la política internacional

La captura del presidente venezolano tras un ataque militar estadounidense en Caracas expone una lógica sin eufemismos: las potencias actúan cuando pueden y el derecho internacional queda subordinado al poder. Venezuela se convierte en un caso testigo del orden global actual.

Miles de ciudadanos venezolanos residentes en Argentina se concentraron en las inmediaciones del Obelisco.

Miles de ciudadanos venezolanos residentes en Argentina se concentraron en las inmediaciones del Obelisco.

Estados Unidos lanzó este sábado un ataque a gran escala en Venezuela que culminó con la captura del presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. Explosiones en Caracas, columnas de humo en el sur y el este de la ciudad, aviones sobrevolando a baja altura y la rápida confirmación por parte de Donald Trump marcan el inicio de una operación militar sin precedentes en territorio latinoamericano desde 1990, cuando Washington derrocó a Manuel Noriega en Panamá. La fecha, el pretexto y la mecánica se repiten: narcotráfico, bombardeos en la capital y extradición del jefe de Estado.

La vicepresidenta Delcy Rodríguez, en un mensaje televisivo cargado de alarma, exigió una “fe de vida” de Maduro y Cilia Flores. La incertidumbre sobre el paradero del presidente contrasta con la declaración inmediata de Trump, quien aseguró la captura de Maduro y celebró la operación como un triunfo de la “libertad”. Mientras tanto, el régimen chavista declaró el estado de emergencia y acusó a Estados Unidos de perpetrar una “gravedad agresión” sobre territorio y población civil.

La política estadounidense, cristalina en su crudeza, impone resultados antes que formalidades legales. Este sábado, la fiscal general de Estados Unidos, Pam Bondi, anunció que Maduro y su esposa responderán por narcotráfico y terrorismo en tribunales estadounidenses. El mensaje no dejaba lugar a interpretaciones: la justicia norteamericana se ejerce sobre quienes Washington considera enemigos, sin esperar mediaciones diplomáticas.

Dentro de Venezuela, las reacciones oscilan entre la movilización política y la denuncia de víctimas. Diosdado Cabello, ministro del Interior y brazo operativo del chavismo, aseguró que hubo venezolanos muertos durante los ataques y llamó a la comunidad internacional a pronunciarse sobre lo que calificó de “asesinato de civiles”. Nicolás Maduro Guerra, hijo del presidente, denunció a su vez en redes sociales un intento de apropiación de los recursos del país, planteando la narrativa clásica del ataque imperialista: la intervención no es solo política, sino económica.

Históricamente, los paralelos con Noriega son ineludibles. Ambos casos muestran que Estados Unidos sigue actuando cuando los intereses estratégicos y económicos coinciden con un pretexto legalizable: narcotráfico, terrorismo o ambos. La novedad, sin embargo, es la escala y la exposición: Caracas, capital de un país con reservas energéticas estratégicas y minerales críticos, se convierte en escenario de un teatro de poder donde los límites de la soberanía se diluyen frente al poder militar norteamericano.

Este ataque marca también un cambio en la lógica del reparto global. Mientras Washington actúa con decisión en su hemisferio, Asia y Europa se preparan para tensiones propias: Xi Jinping anuncia la “reunificación inevitable” con Taiwán, mientras que Ucrania sigue siendo un tablero de confrontación directa con Rusia, con advertencias explícitas de Trump sobre la continuación del conflicto. El mundo multipolar que algunos imaginan como equilibrado no se traduce automáticamente en autonomía de los Estados periféricos; al contrario, los poderosos definen los límites y los débiles sufren las consecuencias.

En ese sentido, la caída de Maduro es un recordatorio brutal del realismo que gobierna la política internacional. Las sanciones, los ataques y las operaciones militares no dependen de la retórica diplomática ni del derecho internacional: dependen del poder efectivo y de la voluntad de ejercerlo. Venezuela, este sábado, se convirtió en un caso de estudio viviente. Explosiones, captura de líderes, denuncias de civiles muertos y reacciones globales inmediatas demuestran que, en el orden internacional, los hechos siempre pesan más que los discursos.

Este es el año donde los fuertes harán lo que puedan y los débiles sufrirán lo que deban. Sin maquillaje ideológico, sin análisis de intenciones: realismo puro, crudo, directo. El mundo observa mientras las potencias reordenan los tableros. Lo que suceda en Caracas, y en los próximos meses en Taiwán y Ucrania, no es una anomalía; es la expresión concentrada de una ley internacional no escrita: quien tiene fuerza decide, y quien no, paga el precio.

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