A veces las cosas se precipitan y algo que considerabas importante, a lo que casi nadie le daba bolilla o creían relicto del pasado, aparece como señal de época.
Eso sentí estos últimos tiempos frente a la combinación de discursos políticos y religiosos sobre la guerra, las estampitas digitales de Trump, y particularmente su intercambio con el Papa León.
Sucede que siempre consideré importante seguir estudiando los temas relacionados con secularismo, creencias, política, doctrinas y prácticas religiosas – “teología política”, digamos – aunque corrientes muy influyentes hubieran asumido la idea de un supuesto avance imparable del secularismo (en cualquiera de sus versiones: la reducción de todo trato con el mundo a una versión “naturalista” y científica; la eliminación de todo sentido en los eventos históricos; la contingencia de todo valor creado históricamente; la privatización de las creencias, etc.). Todo esto en el marco legítimo de la disponibilidad de las creencias y no creencias como opción no imponible.
Pero en ocasiones, el estudio de estos temas es uno de los únicos anticuerpos ante las opiniones poco formadas y sus peligrosas consecuencias.
Uno ejemplo en este sentido lo hallamos en las universidades estatales de países como Alemania, Inglaterra y los países nórdicos, que tienen Teología como una carrera de grado, donde estudian personas con y sin creencias religiosas. Hacen un aporte intelectual a las discusiones de los aspectos vinculados con las herencias de las comprensiones religiosas del mundo y sus efectos sociales, como también sobre el modo cómo contribuyen – o limitan – para una vida personal emancipada, respetuosa de los Derechos Humanos, y con mayor lazo social. No se trata precisamente de países famosos por su devoción ritual, aunque sí por la presencia de sus debates públicos con formidable fundamentación histórica, sociológica, filosófica y teológica en temas como éstos.
El Evangelio según Tarantino
Pero esos debates rigurosos no se hallan en todas partes.
Hace poco, Pete Hegseth, Secretario de Defensa de EEUU, comenzó en el Pentágono una reunión con una oración religiosa (ya un motivo para fruncir el entrecejo). Allí citó un texto bíblico (según él, de Ezequiel 25:17), que vio escrito en una base militar.
Lástima que el texto era una creación de los guionistas de Pulp Fiction, que Tarantino pone en boca del personaje de Samuel L. Jackson cada vez que va a liquidar a alguien.
Por su lado, el vicepresidente Vance ha corregido al Papa su interpretación sobre san Agustín respecto del “orden del amor”, diciendo que se refiere a quién hay que amar antes a los cercanos que a otros más alejados (y no, como la tradicional doctrina, a cuáles son los amores ordenados y desordenados).
Así buscaba aplicar el correctivo teológico a un Papa… de la Orden de San Agustín, con un doctorado sobre ese monumental filósofo y teólogo.
No le hizo falta al Papa ahondar en profundidades conceptuales sino, al estilo jesuano, recordar una simple parábola, un ejemplo cotidiano: la del Samaritano (un extranjero no israelita, hoy un palestino) que socorre a un total desconocido judío que había sido agredido y lo salva; ese es el orden del amor).
Esto puede sonar a banalidades frente a tanta muerte, guerra y destrucción. Pero denota algo estructural que vale la pena revisar.
Teología política
Carl Schmitt fue un extraordinario jurista alemán que postuló que las principales bases de los Estados modernos son conceptos e instituciones teológicas secularizadas: soberanía, representación, excepción. Y que al perder su fuente religiosa habían perdido la fuerza que las animaba.
Hay que decir que le impulsaba la tradicional desconfianza católica ante las instituciones de la modernidad. Desconfianza problemática, pero que, a la vez, es un anticuerpo frente a la credulidad naif sobre el progreso moderno.
A diferencia de otra tradición muy establecida, que ve en el avance “liberal” del cristianismo reformado la mejor evolución de la libertad moderna, Schmitt sospechaba algo problemático. Como suele suceder con los pensadores inteligentes de derechas, son excelentes semiólogos en sus descripciones, pero yerran feo en la etiología y todavía peor en la terapia (en el caso de Schmitt: su defensa de la dictadura).
Pero lo valioso de su descripción es la atención a que los recursos liberales de las democracias modernas, sus nociones de representatividad, la visión edulcorada de la soberanía, carecen de la fuerza del motor que movía el componente práctico de las comunidades, o mejor aún – para usar una palabra casi cancelada en Alemania por su historia – del pueblo.
Schmitt no solo tuvo opositores jurídicos (Kelsen y su visión normativa del derecho) sino también teológicos.
Erik Peterson le recuerda que el cristianismo es trinitario, lo que incluye un principio plural en la unidad. Pero, sobre todo, que San Agustín (el mismo de Vance) en su “Ciudad de Dios” establece tanto una separación de poderes como de jurisdicciones (hoy diríamos separación de Estado e Iglesia). Al punto tal que podía caer uno y sobrevivir la otra. Eso que estaba sucediendo ante los ojos del propio Agustín, que desde su ciudad sitiada al norte de África veía caer, en tiempo real, el imperio romano a manos de las tribus germánicas vándalas.
Repasar esa historia intelectual ayudaría a mejorar los debates. O al menos a darle el crédito a Tarantino.
