Por Federico Fernández de Buján
Universidad, su nombre evoca un lugar de encuentro. Una reunión de personas y conocimientos, para que éstos penetren en aquéllos y se irradien en la sociedad. Así, su doble misión es cultivar la ciencia y transmitir el saber. Un día me propuse definirla en setenta palabras. Y me surgió esto, que reproduzco sin pretensión de dogmatizar: «Espacio físico, denominado también Academia, delimitado por un ámbito intelectual y cobijado por una bóveda ética, en el que crece el árbol de la ciencia y al que acuden unos estudiantes que anhelan aprender y se acercan a unos Maestros que cultivan el saber, generándose entre ellos una convivencia amable de tal intensidad, que aquellos encuentran en éstos no sólo un caudal de conocimientos sino también un modo de ser».
Si una Universidad no investiga se desnaturaliza. La ciencia está en constante avance. Investigar es para Cajal «descubrir los arcanos de Dios». Una labor estudio se convierte en investigación, cuando es el precipitado de muchas lecturas. Hoy se escribe demasiado, para lo poco que se lee. La escritura debe ser «sobreabundancia de lectura». Y para investigar es imprescindible que alguien dirija. En el universo científico no existen los autodidactas. ¡Cuántas horas y cuánto esfuerzo resultan infructuosos si quienes comienzan no han recibido la guía y la formación previa de sus directores! La realidad universitaria está presidida por relaciones desiguales, no debido a categorías administrativas sino en atención a distintos grados del saber. Se necesitan grupos humanos, unidos por intensos lazos, en los que un maestro dirige y unos discípulos están en disposición de ser instruidos, lo cual no anula su iniciativa, sino que la encauza. Eugenio d`Ors subraya: «¡Bienaventurado quien ha conocido maestro!». Y yo añado: «¡Bienaventurados también los maestros en los saberes de sus discípulos!». Es bella y sugestiva la imagen del labrador que recorre el campo para esparcir la buena semilla. Y lo hace con gesto medido, solemne, impregnado de sacralidad. El retrato está tomado de la parábola evangélica del sembrador y lo considero trasladable a la actividad formativa en la Universidad.
Maestro es quien sabe y quien quiere compartir; quien derrama su ciencia y experiencia en el discípulo, a fin de que construya, sobre base segura, con cimientos ajenos. Esto exige convertir lo complejo en sencillo y entregarlo a los que comienzan, ejercitándolos de acuerdo con sus singulares inquietudes y capacidades. Todo magisterio fecundo requiere tintes de prodigalidad, de generosa entrega, pero recibe abundantes y gozosas compensaciones. Señala López Ortiz: «Reservarse un saber es hacerle perecer, confiarlo a los discípulos es salvarlo para siempre». Y afirma Cajal: «Aún miradas las cosas desde el punto de vista egoísta… importa al sabio proceder a su multiplicación intelectual… Crecerán sus desvelos, pero aumentarán también sus venturas».
Los universitarios dejan estela en su propia obra científica. Pero para que un acreditado investigador reciba el nobilísimo título de maestro, es necesario que se proyecte en sus discípulos, proporcionarles una determinada «genealogía intelectual», al situarlos en comunidades de pensamiento denominadas «Escuelas». Y, además, como subraya Marañón: «Las Universidades decaen cuando los maestros olvidan que el rastro de sus ideas es como el de la nave en el agua y el de su conducta es como el del arado en la tierra». Por ello, el auténtico maestro, del que nunca podrá prescindirse, moldeará, en parte, la personalidad de sus discípulos. Su vida habrá pasado a otras vidas, siendo su legado un modo de comportarse y una forma de «ser universitario».
Artículo publicado en abc.es
