El síndrome de Asperger forma parte del espectro autista y se caracteriza por diferencias en la comunicación social, la interpretación de normas implícitas y una forma particular de procesar la información. No es una enfermedad ni un trastorno que deba curarse, sino una condición neurológica que acompaña a la persona a lo largo de su vida y que requiere comprensión, apoyos adecuados y entornos accesibles.
En el marco de la conmemoración del Día Internacional del Síndrome de Asperger, especialistas señalan que esta condición del neurodesarrollo antiguamente se consideraba un subtipo de los entonces llamados trastornos generalizados del desarrollo (TGD). Desde el año 2013, a partir de la actualización del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5), el diagnóstico de síndrome de Asperger se integró dentro del espectro autista y ya no se considera una entidad separada.
Las personas que antes recibían el diagnóstico de Asperger suelen corresponder a individuos con condiciones del espectro autista sin discapacidad intelectual ni retraso significativo en el lenguaje, pero con dificultades sociales y patrones de comportamientos repetitivos o restringidos.
Las manifestaciones clínicas más comunes incluyen dificultades en la reciprocidad social (por ejemplo, problemas para iniciar o mantener conversaciones), alteraciones en la comunicación no verbal (contacto visual, gestos, y comprensión del lenguaje de manera literal), intereses intensos y restringidos, y comportamientos repetitivos. Estas dificultades en la reciprocidad social son más evidentes en la interacción con los pares y se van modificando a lo largo de la vida.
«El diagnóstico temprano y un abordaje individualizado son clave para que cada persona con diagnóstico de condiciones del espectro autista, incluyendo el tradicionalmente llamado Síndrome de Asperger, pueda desarrollar sus habilidades y adaptarse a su entorno. Nuestro objetivo es acompañar a las familias y educadores, brindando estrategias concretas y basadas en evidencia para favorecer el desarrollo social, emocional y académico de cada niño, adolescente o adulto”, destaca la Dra. Viviana Enseñat (M.N. 87.942), jefa de la Unidad de Pediatría del Desarrollo (UPD) del Hospital Británico.
En la infancia temprana es importante observar la falta de respuesta al nombre y un lenguaje que, aunque fluido, puede presentar características peculiares, como entonación neutra o monocorde y uso de palabras avanzadas para la edad. Al iniciar la escolaridad, pueden evidenciarse rigidez y dificultades para comprender normas sociales, a veces manifestadas como “problemas de conducta”.
Con el crecimiento, se intensifican las dificultades en la interacción social y puede aparecer evitación de actividades deportivas o escolares, debido a desafíos en planificación y coordinación motora. Las dificultades con cambios, transiciones y el procesamiento sensorial (sonidos, olores, texturas) pueden generar manifestaciones conductuales no siempre reconocidas en contextos educativos, sociales o laborales.
En adolescencia y adultez, pueden surgir síntomas emocionales como ansiedad y depresión, lo que subraya la importancia del reconocimiento temprano y el seguimiento a lo largo de la vida.
El diagnóstico requiere una evaluación interdisciplinaria basada en criterios del DSM-5, ya que no existen biomarcadores ni pruebas específicas; se fundamenta en la observación del comportamiento y entrevistas estructuradas. Es importante considerar asociaciones con otros diagnósticos del desarrollo, como ansiedad, TDAH y dificultades específicas de aprendizaje.
El abordaje es individualizado y depende de cada persona, considerando su contexto familiar, escolar y comunitario, así como la etapa vital. Los apoyos se diseñan para optimizar el potencial de la persona. Entre los mitos frecuentes se encuentran que todas las personas con Asperger tienen altas capacidades intelectuales, que carecen de empatía o que el síndrome es causado por factores parentales, ninguno cuenta con respaldo científico.
Las investigaciones recientes se enfocan en factores genéticos, intervenciones mediadas por padres y terapias adaptadas. Los tratamientos innovadores incluyen modelos de intervención temprana, adaptaciones educativas y enfoques conductuales, psicosociales, tecnológicos y farmacológicos, con evidencia variable según la edad.
Síndrome de Asperger: una forma distinta de percibir y habitar el mundo
